Amparito Sebastiá: "En mi obra siempre hay una parte de provocación"

Revista Plaza Principal

Moda y estilismo

El proyecto Culos ha situado a Amparito Sebastiá en el foco: después de València, viajará a Madrid y se convertirá en libro. Mientras tanto, la fotógrafa valenciana sigue fotografiando moda, construyendo imágenes y reivindicando una belleza menos perfecta y más humana

La conocida comedia musical ¡Mamá, quiero ser artista! que Concha Velasco estrenó en Madrid en 1986 podría haber sido, con cierta licencia, el teaser de la vida de Amparito Sebastiá. Partimos de una buena base de antroponimia: tanto el nombre como el apellido —Amparito Sebastiá— parecen tener también algo de nombre artístico, casi de vedete. Aunque hay una diferencia fundamental: en su caso, la frase se la dijo a su padre.

La valenciana ya apuntaba maneras en la compañía de teatro de su colegio y llegó a actuar en Mérida. Sus padres, siempre respetuosos con sus aspiraciones, nunca intentaron apartarla de ese camino, aunque su padre le propuso estudiar Comunicación Audiovisual. La idea era que conociera desde dentro el mundo al que quería pertenecer y, una vez terminados los estudios, decidiera si seguía queriendo dedicarse a la interpretación.

Amparito aceptó. Al fin y al cabo, junto al folclore y el teatro, siempre le había atraído todo lo relacionado con la creatividad: las manualidades, la estética, la imagen. Y fue precisamente allí donde encontró la fotografía.

Su carácter nervioso tuvo bastante que ver. Pronto descubrió que el audiovisual (el cine y la televisión) exigía grandes dosis de paciencia: esperas interminables en los rodajes, parones, repeticiones… La fotografía, en cambio, tenía algo que encajaba mucho mejor con ella: era inmediata. A eso se sumaba una pasión que venía de lejos. La moda le había fascinado desde pequeña, tanto que en casa la apodaron la Ratita presumida. Así que, cuando llegó el momento de elegir destino Erasmus, se marchó a Milán para estudiar fotografía de moda.

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Después de Italia llegó Berlín, donde quiso vivir de cerca las tendencias, y finalmente el regreso a València.

Han pasado doce años y Amparito Sebastiá ha hecho de la moda y la publicidad su forma de vida. Aunque ella pone contexto a esa afirmación: «Es cierto, pero la mayoría de nosotros no trabajamos exclusivamente en la moda. Lo que ocurre es que, como nos gusta tanto, siempre imprimimos esa parte en nuestros trabajos y por eso nos buscan», explica.

En su trayectoria aparecen marcas y cabeceras como Marie Claire, New Balance, Estrella Damm, Ulanka, Babé, Closca o 24 Bottles. Un recorrido que habla de encargos comerciales, pero también de una mirada suficientemente reconocible como para dejar huella en ellos.

El éxito de Culos

La serie que, sin embargo, ha colocado a Amparito Sebastiá en el centro de la conversación no nació de un gran encargo ni de una estrategia de marca. Surgió de una fotografía entre amigas y de esa clase de impulsos que, precisamente por no estar demasiado pensados, terminan convirtiéndose en algo más grande.

Un día, un amigo fotógrafo acostumbrado a compartir bastante contenido personal en redes sociales publicó una fotografía del culo de su mujer. Sebastiá le preguntó si podía hacer una serie a partir de aquella idea. La respuesta fue sí. Y ella hizo lo que mejor sabe hacer: reunir a un grupo de personas y crear un espacio donde dejar que las cosas sucedan.

Invitó a quince amigas a su casa, una vivienda preciosa en plena huerta valenciana. Allí empezó todo. Entre ellas surgió la idea de montar una exposición. Lo que parecía una ocurrencia íntima terminó convirtiéndose en una muestra con una excelente acogida en una galería valenciana. Después llegaron las entrevistas  y nuevas propuestas expositivas. Sevilla y Madrid están en el horizonte y, además, el proyecto tendrá forma de libro.

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La historia no termina ahí. Sebastiá prepara también un Más Culos: una convocatoria abierta en Madrid a la que puedan acudir todas las mujeres que quieran participar.

«Eso es lo que más me gusta de Culos. Que me estoy dejando llevar, que no he planeado nada. Y creo que agrada porque es muy visceral. Solo quería mostrar la belleza de la gente que tengo a mi alrededor. Eso está creando una emotividad que lo artificial no puede conseguir».

La serie tiene algo de manifiesto y algo de juego. Hay humor, complicidad y una voluntad evidente de mirar el cuerpo sin demasiadas solemnidades. Pero, sobre todo, hay una intimidad que resulta difícil de fabricar cuando una imagen nace de un encargo.

Minimalismo y colores cálidos

El universo visual de Sebastiá también tiene sus propias reglas: minimalismo y el uso de una paleta específica de colores. «Mmmm… minimalismo, sí, porque es verdad que mis fotos son muy limpias. Creo en la belleza de lo simple. La paleta de colores, tal vez, porque todos tenemos una preferencia. Los tonos cálidos son mis tonos». Además, añade otro: la provocación, «pero no en el sentido sexual».

Provocar es una palabra que aparece varias veces cuando habla de su trabajo. La usa como sinónimo de despertar algo en quien mira; hacer una imagen que no pase completamente desapercibida.

Cuando le pedimos que escoja su fotografía favorita, duda. Dice no tener demasiada memoria y, en lugar de buscar en el archivo, termina recorriendo mentalmente algunos trabajos que sí conserva especialmente presentes. Entre ellos está una campaña para una marca alemana de mochilas fotografiada en un escenario extraordinario: las Bardenas Reales, en Navarra. Un paisaje árido y casi cinematográfico que durante décadas ha servido de decorado natural para películas —concretamente westerns— y que, frente a la cámara, ofrece una belleza casi irreal.

Pero también una de las fotografías que hizo para una campaña de New Balance que terminó en una lona gigante en la calle Colón de València. «¡Imagínate a gran tamaño en tu propia ciudad! Nos hicimos una foto abajo, la modelo y yo, en plan: nosotras. ¡Guauuuuu!».

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Si hay algo que Sebastiá no quiere en un shooting es tensión —«mal rollo», lo resume ella—. Por eso prefiere trabajar rodeada de un equipo de confianza, gente con la que pueda sentirse «entre amigas».

En aproximadamente el 90% de los casos es el propio fotógrafo de moda quien decide quién le acompaña en una sesión. A veces, sin embargo, el cliente introduce a algún profesional. No supone un problema siempre que exista entendimiento. «Por ejemplo, cuando Marta Lozano sacó su marca de cosmética, Glowfilter, ella nos trajo al maquillador de Madrid. Y, sin problemas. Aunque no suele ser lo habitual».

La confianza, para ella, no es un detalle menor. Forma parte del resultado. Porque una fotografía puede estar perfectamente iluminada, tener una localización espectacular y responder a todas las exigencias de un briefing, pero si delante de la cámara no existe comodidad, algo termina notándose.

Doce años detrás de la cámara dan para asistir a varias revoluciones. La profesionalización del sector, la aparición de nuevos perfiles de modelos, una mayor diversidad corporal y generacional o la irrupción de la inteligencia artificial han transformado las reglas del juego.

Sebastiá celebra especialmente la evolución hacia una representación más inclusiva: «En casi todas las sesiones tengo alguna chica curvy o mujeres de cincuenta o sesenta años, cuando antes era impensable». Pero también la nueva edición en posproducción, que «ya no busca esa perfección artificial».

Mientras cambia la fotografía, también cambia la manera de construir una carrera alrededor de ella. La imagen de marca ya no pertenece exclusivamente al trabajo. Ahora también incluye a la persona que lo firma.

«Antes solo importaba tu perfil profesional, mientras que la gente ahora quiere conocer más a la persona». Y ahí está ella, también, aprendiendo a habitar esa nueva exposición: «Me veo cada día subiendo contenido sobre mí, cuidando mis redes…».

La inteligencia artificial es el gran interrogante que queda sobre la mesa. «Es un momento complicado, pero como cualquier otro en el que aparece un cambio importante, como el caso de internet, que pensábamos que se acababa lo analógico, o cuando apareció la televisión, que creíamos que moriría la radio y no ha sido así». Todavía es demasiado pronto, dice, para conocer el alcance real de la tecnología. «Es algo tan nuevo que aún no sabemos hasta dónde va a llegar. Yo no soy de las catastrofistas. Desde luego van a cambiar las reglas del juego, pero veremos su alcance».

Hay, sin embargo, algo que cree difícil de sustituir: la mirada humana. Y quizá ahí esté también la clave para entender el éxito de Culos. «Creo que la IA no va a poder sustituir esa visión humana. La emotividad, lo que hemos conseguido con Culos no lo puede lograr».

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 140 (octubre 2026) de la revista Plaza

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