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Sociedad

Cónsules en València: honor y diplomacia

Portavoz, representante, gestor de documentación…, la función de cónsul abarca múltiples facetas. En València desempeña ese puesto medio centenar de personas. La mayoría ha nacido en la Comunitat Valenciana y compagina esa tarea casi filantrópica con su labor remunerada particular; en cambio, una minoría se dedica profesionalmente a la diplomacia

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El cónsul, como su etimología latina indica, destacaba por su rol de consultor o deliberante. Además, acaparaba la máxima potestad en la Roma clásica, aunque debía compartirla con otra figura a su mismo nivel y rango y tratar sus decisiones con el Senado. Disponía de un poder casi omnímodo, aunque no de manera totalmente plenipotenciaria. 

En la actualidad, quien recibe esa acreditación consular ha heredado la función representativa que se le otorgaba, aunque con la misión de ejercerla por parte de un país en otro, o en una región. En la práctica, es su portavoz y el enlace con sus expatriados. En València desempeñan ese puesto 51 personas, agrupadas en un multinacional cuerpo consular que sobresale por la heterogeneidad de sus vertientes y vínculos. 

Leopoldo López Máñez, doctor en Derecho Económico y de la Empresa, representa, en su función de decano, a un cuerpo consular en València conformado, sobre todo, por profesionales liberales autóctonos que atienden las cuitas (desde tramitación de pasaportes y distintos certificados a repatriaciones o acompañamiento en visitas de cargos del país) de sus conciudadanos de adopción.

  • Leopoldo López, cónsul de Chile. -

En este caso se trata, principalmente, de los cónsules ad honorem, u honoríficos, que ejercen sin contraprestación económica. En total, ese grupo se halla conformado por 38 de los 51 citados, a diferencia de los restantes trece, de carrera diplomática, profesionales. Algunos de esa cincuentena cubren Valencia, otros extienden su labor al conjunto de la Comunitat Valenciana o solamente a una segunda provincia (suele ser Castellón); alguno incluso llega a Murcia. Y un país, Noruega, cuenta con uno específico en Alfàs del Pi para su colonia local. Los últimos en llegar, en cuanto se refrende su incorporación al cargo —cuando dispongan de su exequatur o autorización oficial—, serán los de Georgia y Eslovaquia.

Persona con un elevado grado de conocimiento de la sociedad autóctona, López Máñez adquirió rango de cónsul de Chile en 1990, año en el que asumió una función de la que en València consta como primer antecedente el del representante francés que, en 1777, ejercía esa labor consular. Han transcurrido casi 250 años desde entonces y el cargo ha evolucionado. Sin llegar a la activa vida social o de toma de decisiones de los embajadores, sí que han conformado un cuerpo cohesionado que podría emular al que refleja la histórica película 55 días en Pekín, producida por Samuel Bronston.

Festivales y días señalados

En València, organizan concursos o festivales y celebran conjuntamente fechas señaladas como el Día de la Hispanidad o el de Europa. Desde 2015 el cónsul de Chile lidera, como decano, a esta corporación de legados internacionales. Aporta su experiencia de 36 años ininterrumpidos representando al país andino en la Comunitat Valenciana. «He estado con todos los presidentes de la democracia chilena», señala con el fin de ejemplificar su extenso recorrido diplomático, que le ha permitido, además, formar parte del núcleo europeo que agrupa a estos cancilleres.

Su céntrica oficina le sirve tanto para atender a sus clientes como abogado como para ofrecer servicio consular. Por su rango de ad honorem, aporta recursos propios y sin retribución al bienestar de la comunidad chilena asentada en la autonomía valenciana y que, en la actualidad, la conforman entre seis mil y siete mil personas. 

«Las cifras exactas siempre resultan difíciles de calcular, porque existen algunos residentes que no se dan de baja al marcharse y otros que se hallan en situación irregular o no inscritos», especifica, para añadir que la regularización iniciada por el Gobierno español ha incrementado su labor. Dedica, calcula, unas tres horas de media diarias a la suma de sus tareas de cónsul de Chile y decano colegial.

Entre sus potestades, dispone del conjunto de facultades consulares, lo que significa que puede estampar su firma en todos los documentos, por ejemplo. No siempre tienen los cónsules esa prerrogativa. Existen otros casos en los que centran su función en el acompañamiento de cargos de su país de representación o en ejercerla ellos mismos, como puedan ser las de Mónaco o islas Seychelles.

Precisamente en ambos ejemplos el acceso al cargo ha sido a modo casi —cada nombramiento ha de ser ratificado— de legado familiar. No resulta sencillo para muchos países contar con un portavoz en regiones de otros, de ahí que esa fórmula, con el beneplácito oficial de ambas partes y de España, no sea inusual. Francisca Juliá actúa en nombre del Principado de Mónaco, y Carmen Trullenque, en el de las citadas islas del océano Índico. Vicente Soriano, por ese mismo linaje, representa a Brasil. O José Blom-Dahl, a Noruega.

La Ruta de la Seda

Mientras, Uzbekistán, epicentro de la Ruta de la Seda, ha logrado reclutar en València, ciudad históricamente vinculada a ese tejido con instituciones tan emblemáticas como el Colegio del Arte Mayor de la Seda, a José María Chiquillo en calidad de cónsul honorario. Las confluencias existenciales llegan al punto de que el también expolítico resida en pleno barrio de Velluters, eje de la expansión de telares y maestros sederos en los siglos XVII y XVIII.

  • José María Chiquillo Barber, cónsul honorario de la República de Uzbekistán. -

El nexo de este abogado valenciano con el país al que representa y que visita en media decena de ocasiones al año surgió, precisamente, de la política. Además del rol de portavoz de la comisión de Asuntos Exteriores del Senado, que le permitió trabar relaciones con países de Asia Central, fue designado, en 2015, representante de España en el Programa de la Ruta de la Seda.

Al concluir ese periplo, el Gobierno de Uzbekistán le ofreció vincularse como cónsul en València, el único honorario que tiene este país en España junto al de Barcelona. Las rúbricas de apoyo a su candidatura del exministro José Manuel García Margallo; de Ana Pastor, expresidenta del Congreso, y del presidente de la Cámara de Comercio de Valencia, José Vicente Morata, ratificaron la aceptación del ejecutivo español.

Desde septiembre de 2022 ejerce ese cargo y atiende y representa a una pequeña colectividad de uzbekos en la Comunitat Valenciana, que ronda el centenar de nativos. No obstante, su labor no retribuida se centra, principalmente, en impulsar encuentros culturales y en «unir dos ciudades como València y Samarcanda, con un legado secular de seda». Con espíritu autonomista, Chiquillo recalca igualmente que su posición le permite «promocionar y proyectar internacionalmente» el territorio valenciano.

De Marruecos a Campanar

En el otro plato de la balanza consular se sitúa Said Drissi El-Bouzidi, cónsul general de Marruecos en València. Actúa en nombre de su reino para prestar servicio a los aproximadamente cien mil compatriotas suyos que residen en las tres provincias de la autonomía valenciana.

Su labor la centraliza en unas modernas y amplias oficinas ubicadas en el barrio nuevo de Campanar, en las que trabaja una veintena de personas bajo su mando para tramitar desde partidas natalicias hasta actas matrimoniales o de defunciones. «Acompañamos desde el nacimiento; queremos que perciban que siempre estamos a su lado para lo que requieran», explica con elocuencia para recalcar que el número de marroquíes de segunda generación crece de manera exponencial.

Gestado en la pequeña localidad de Taounate, cerca de Fez, pocas pistas le daban sus posteriores estudios universitarios en gestión administrativa sobre el futuro profesional como diplomático que le deparaba la vida. Hasta que, en 2010, Said Drissi El-Bouzidi entró en el Ministerio de Asuntos Exteriores y, en 2016, inició una etapa ya foránea en la vertiente de consejero en la Embajada de Marruecos en Madrid. 

  • Said Drissi El-Bouzidi, cónsul general del Reino de Marruecos. -

Conocía València como cualquier turista que la visita y repite. Y, al igual que a tantos otros, le gustó. Ese recuerdo le animó a pedir la plaza vacante de cónsul general, después de volver a su país para seguir trabajando en el mismo ministerio donde comenzó. Y, en septiembre de 2023, se incorporó a la legación en la urbe del Miguelete con el fin de iniciar su periodo de cuatro años, el establecido en cada destino para estos cargos profesionales.

Antes de llegar, se estuvo formando durante meses con el objetivo de conocer «todos los niveles de cooperación», participando en estudios y entrevistas que le permitieron compartir tiempo con expertos en diferentes áreas. «Para un puesto de cónsul resulta necesario contar con mucha información sobre ambos países», apostilla el representante marroquí. 

Aunque el 80% de la tarea de su consulado se centra en trámites administrativos, el resto está circunscrito a la colaboración con diferentes administraciones, al impulso de las misiones comerciales —en este punto subraya que el 40% de las exportaciones valencianas que no tienen como destino la Unión Europea va a Marruecos—, a difusión cultural, con encuentros literarios o musicales, e incluso a suscribir convenios universitarios.

En este punto, Said Drissi, uno de los doce cónsules generales de Marruecos en España, hace hincapié en el florecimiento de la colonia de jóvenes procedentes de su país, que acude a la Comunitat Valenciana para desarrollar su etapa de enseñanza superior. «El clima, la tranquilidad o la amplia oferta de universidades públicas y privadas son factores que inducen a que familias que antes enviaban a sus hijos a estudiar a Francia ahora lo hagan a España, y, en particular, a València», afirma.

Ese núcleo estudiantil aumenta en importancia dentro del número global de marroquíes en la urbe de La Lonja, aunque sigue manteniendo su pujanza el que agrupa a trabajadores del sector agrícola e industrial —«más dispersos en pueblos y menos visibles en grandes ciudades», según indica el cónsul— y el que aglutina a segundas generaciones, consagradas en mayor medida a profesiones liberales y que abarca desde ingenieros hasta personal sanitario, profesores o abogados.

Nostalgia desde Ecuador

Quizás cuando abandone València lo haga con la misma sensación de nostalgia que transmitía en sus diferentes despedidas su homóloga de Ecuador hasta diciembre del pasado año, Marcela Velastegui, que llegó, en su cuatrienio en València, a alcanzar el vicedecanato del cuerpo consular. Ha retornado a su país de origen para instalarse en un cargo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana, aunque no sin antes recibir emotivos homenajes. 

En ellos ha insistido en «la riqueza en tradición, historia y cultura» de la metrópoli en la que ha residido —y que ha podido conocer bien por su participación en numerosos actos sociales— en el último cuatrienio y ha concluido sus intervenciones con un sentido «¡Viva València!». La participación a distancia de la comunidad ecuatoriana en los procesos electorales o su implicación ante la Dana de octubre de 2024 han sido dos de los retos destacados que hubo de afrontar.

La relación familiar con Mónaco

Durante estos cuatro años ha coincidido en múltiples ocasiones con la empresaria valenciana Francisca Juliá, cónsul de Mónaco, un cargo que ya asumieron su padre y, anteriormente, su abuelo (ambos de nombre Santiago). Cada uno de los tres con la preceptiva ratificación de los gobiernos monegasco y español. Esa vinculación nació, como relata la actual representante del Principado, «de la amistad entre mi abuelo —por entonces presidía la Cámara de Comercio de València—, y Luis II, padre de Carlotta, la madre de Rainiero II y la abuela de Alberto III». 

  • Francisca Juliá, cónsul de Mónaco y tercera en la saga familiar que ejerce este cargo. -

La evocada amistad llegó hasta el punto de que durante la Segunda Guerra Mundial, con Mónaco sumida en el conflicto bélico, «mi abuelo enviaba por valija diplomática a Luis II productos que necesitaban desde España, y que disponía de ellos por su neutralidad», detalla Francisca Juliá, matizando, por si surge cualquier duda, que «todo era legal».

Ella ejerce la representación de Mónaco en la Comunitat Valenciana y Murcia —ad honorem, como la mayoría de componentes del cuerpo consular— desde hace unos veinticinco años, después de ser vicecónsul. En su caso, no cuenta con ciudadanos monegascos asentados en tierras autonómicas; no obstante, sí vela por proporcionar la máxima atención a aquellos que las visitan. Y esa circunstancia puede producirse desde en actos pasados, como la Copa América, o la participación de un miembro de la familia real en una competición de hípica, hasta la reciente estancia de unos días de un grupo de 45 alumnos y cinco profesores. 

También se desplaza a Mónaco para actos internacionales que, como indica, «suelen concluir con una misa, porque es uno de los escasos países donde la católica sigue siendo la religión oficial consagrada por la Constitución». Francisca Juliá atesora una larga experiencia consular, casi equiparable a la de Ernesto Bonet, legado de Guatemala en la provincia de Valencia, ya que el país centroamericano cuenta con Manuel José Rodríguez-Murcia en Alicante. Bonet desarrolla también las tareas de secretario en la junta de gobierno del cuerpo consular, en la que le acompañan como decano el anteriormente citado Leopoldo López, y en puesto de vicedecano, Ramón Sentís (Polonia).

Cada cual relata una historia diferente, un nexo con un país en el que, en la mayoría de los casos —por lo que respecta a cónsules honorarios—, no fue alumbrado aunque le liga una relación que suele extenderse durante décadas. Así germina un apego que le induce a emerger como portavoz y referente de esa nación en la Comunitat Valenciana, tanto para acudir a actos oficiales como cuando les llaman desde alguna comisaría del Cuerpo Nacional de Policía para comunicarles que un ciudadano de la nacionalidad a la que representan ha sido detenido. 

Alegrías y sinsabores (de estos últimos ha aprendido a marchas forzadas en los últimos años el cónsul de Ucrania, Pablo Gil) de una labor que destaca por su estatus o simbolismo y por su vocación por encima de otros factores. Y, desde luego —tal como indica el sustantivo que suele acompañar al cargo—, por el honor que supone para quienes la desempeñan. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 136 (mayo 2026) de la revista Plaza

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