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Ferran Archilés: «Nos gustaría creer que la cultura es una barrera contra la barbarie, pero no es cierto»

Ferran Archilés Cardona (Castellón de la Plana, 1971) es profesor de Historia Contemporánea en la Universitat de València, además de ensayista, poeta y autor de dos lúcidos y muy sugestivos dietarios: Dues o tres pintes més tard y Ofici de moralista. Ahora acaba de concluir la redacción de una tercera parte cuyo título, aún provisional, podría ser Ganivet contra el temps

  • Ferran Archilés

De la lectura de los diarios de Archilés, que funcionan como una estimulante e impagable guía de lecturas, viajes y perplejidades diversas, se infiere de inmediato que estamos ante un lector de proporciones descomunales, con la virtud añadida de que es capaz de abrirnos las puertas de su vastísimo universo libresco sin exhibicionismos, pedanterías ni afectaciones, sino con la pasión contagiosa de un verdadero hedonista de las palabras. Habitualmente fuera del foco mediático mainstream, sus certeras reflexiones constituyen una invitación a pensar sobre aspectos tales como el papel de la cultura o la tecnología en la sociedad actual.

— La tercera parte de sus dietarios, a la que acaba de poner punto final, ¿contiene alguna novedad estilística o temática respecto a las anteriores o sigue la misma tónica?

Yo diría que no hay ninguna novedad, y esa es la razón por la que considero que he llegado al final de un ciclo. Me he dado cuenta de que es un tipo de escritura en el que no quiero incidir mucho más, porque creo que ya no puedo hacer nada diferente con este formato. Para mí, la clave de estos dietarios es que fuesen un ensayo, aprovechando, eso sí, la flexibilidad enorme que te proporciona este género. El caso es que, efectivamente, acabo de terminar, es decir, que he abandonado ya a su suerte, un tercer volumen que, en principio, cerraría una trilogía y creo que será, al menos por un tiempo, mi último dietario. Espero que no mi último ensayo, porque me gustaría ensayar, y, perdón por la redundancia, alguna cosa nueva, aunque aún estoy en la oscuridad. De momento, sigo leyendo…

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— «Viure és llegir i potser escriure». Precisamente así arranca su obra Ofici de moralista. Se trata de una afirmación contundente y toda una declaración de principios en un mundo que sitúa entre sus valores supremos el movimiento constante, la aceleración y la actividad frenética.

Es que para mí leer es hacer. No es en absoluto lo contrario a la acción, porque ser lector es un oficio y un trabajo; es una actividad creativa, no es pasiva en ningún caso. En mi experiencia como docente trato de hacer entender al alumnado que cuando leen están creando y transformando el texto, están dialogando y debatiendo con él. No hay ninguna contraposición entre el que lee y el que hace y, para mí, llevando el agua a mi molino, leer es una actividad política en el sentido etimológico y noble de la palabra, no en el sentido partidista. Leer es un acto de formar parte de una sociedad, no es aislarse, sino dialogar con las ideas. Esa es mi firme convicción. Yo leo para pasármelo bien, pero no solo por eso, sino porque leer es mi forma de estar en el mundo y de actuar en el mundo.

— ¿De dónde le viene la pasión lectora y cómo llega a los libros?

Sin biblioteca familiar, me convertí en lector de biblioteca de ciudad de provincias. ¡Esta combinación es, naturalmente, imbatible para forjar a un lector de piedra picada!

— ¿Quiere decir que debido a esa circunstancia los libros tenían un valor añadido que los convertía en un bien preciado, en una conquista?

Desde luego, para mí el libro físico fue siempre un objeto de valor por encima de cualquier otra cosa. Mi padre era lector; mi madre tuvo menos oportunidades y no lo era, pero en mi casa cuando vieron que me gustaba leer hubo un enorme respeto y en ningún momento me pusieron pegas o me miraron como a un bicho raro. Cuando eres lector de biblioteca de provincias significa que entras en los placeres y en la tragedia del autodidactismo porque acabas leyendo cosas, en fin… espectaculares. Como no tienes a nadie que te pueda orientar, te obligas a la autodisciplina de leerlo todo hasta que te vas formando un criterio o encuentras gente que pueda ayudarte. Ya decía Gil de Biedma que «lo normal es leer», y eso es algo que siempre me ha hecho mucha gracia, porque lo que viene a señalar es que escribir es algo que pasa cuando pasa, pero que lo normal es leer.

«El libro en papel es más sostenible que cualquier formato digital»

 

  • Ferran Archilés -

— Sin pretender incurrir en el socorrido tópico de que «cualquier tiempo pasado fue mejor», sí parece evidente que la preponderancia hegemónica de la tecnología ha inaugurado un mundo hiperconectado y una nueva era gobernada por la inmediatez y la simplificación de los discursos. ¿Qué perdemos con ello? ¿Qué futuro tiene en este nuevo contexto la lectura, una actividad solitaria, introspectiva, silenciosa y que requiere tiempo?

Como estamos todavía inmersos en este nuevo ciclo que señala, difícilmente podemos ver sus contornos. Algunas de las amenazas más terribles que en ocasiones parece que nos van a caer encima tal vez no se produzcan y seguro que alguna de las virtudes que se han pronosticado tampoco llegan a serlo. Pero parece que, en efecto, estamos ante un cambio profundo. La lectura y el objeto libro han experimentado muchos cambios a lo largo de los últimos siglos. No es la primera vez que se pronostica el fin de la lectura, y sin embargo ha resistido. Hoy hay más lectores en el mundo, y en nuestra sociedad, más que nunca. Por ejemplo, a pesar de las dificultades ¡hoy existen más lectores en valenciano que en toda la historia! El libro en papel no ha desaparecido y de hecho el ebook sigue siendo minoritario. Pero lo preocupante es que la lectura como habilidad intelectual y el libro como objeto o repositorio de conocimiento sí que están en crisis. Es lógico, porque los cambios tecnológicos ponen a nuestro alcance posibilidades impensadas hace diez, veinte años. Pero el discurso antiintelectual contra los libros me resulta políticamente muy sospechoso. El descrédito del libro como repositorio de conocimiento, que por ejemplo entre el alumnado universitario de humanidades es frecuente, resulta triste. Leer es una actividad intelectual muy compleja y exigente y muy creativa. Confundir leer con obtener información, como cuando se consulta la red o cuando nos lo da hecho la inteligencia artificial, es una pérdida. Las redes no son más democráticas que los libros. No deberíamos cansarnos de repetirlo. Y, por cierto, el libro en papel es más sostenible que cualquier formato digital, puesto que el coste energético de los repositorios donde se alojan los libros digitales es altísimo. Pero, en fin, aún no sabemos. Siempre que alguien nos dice cómo será el futuro miente. Lo que nos dice es cómo quiere que sea y seguro que para su beneficio. Así que wait and see… En cualquier caso, creo que habita en mí un antiguo ludita… Pero que no salga de aquí…

— Hablando de luditas, ¿no cree que las máquinas actuales, su diseño y sus mecanismos, nada inocentes, condicionan las formas de percepción y modifican las capacidades del individuo en la medida en que esa sucesión ininterrumpida de estímulos atenta contra la concentración y la lectura entendida como esa actividad compleja, exigente y creativa a la que aludía?

Nos lo tendrán que decir los neurólogos y los especialistas y he leído opiniones muy diversas al respecto. Por mi experiencia en clase, creo que tomar apuntes con un bolígrafo no es un trabajo tan pasivo como pueda serlo picar en la pantalla lo que se está diciendo, y me parece una buena idea ejercitar esa función, de la misma forma que leer con un lápiz en la mano es también una buena idea. A mí lo que me preocupa es que se planteen cosas como quitar los libros de texto de las aulas o no encargar trabajo de lectura porque tenemos la pantalla. Creo que hay que trabajar con el libro y también con la pantalla porque vivimos en un mundo de pantallas. Lo que no entiendo es por qué una cosa tiene que sustituir a la otra, especialmente cuando estás en una etapa formativa en la que debes desarrollar unas determinadas habilidades. Eso me parece un error. Otra cuestión es que detrás de todo esto hay una industria muy poderosa que no es políticamente inocente. Hemos cedido todas nuestras posibilidades y capacidades a unas estructuras empresariales, y todas nuestras instituciones y prácticamente todo lo que hacemos está supeditado de plataformas digitales. Toda nuestra vida depende de unas estructuras sobre las que tenemos muy poco control y eso me parece tremendamente inquietante. Todo ese entramado está en manos de unas empresas privadas que gestionan todo lo público, porque les compramos los programas, las actualizaciones, los repositorios. Además, al mando de esas empresas no estamos encontrando maravillosos filántropos y personas que merecen el Premio Nobel de la Paz, sino a unos personajes, como mínimo, preocupantes.

— Y luego está el tema que mencionaba, también problemático, de la sostenibilidad de toda esa estructura tecnológica.

Desde luego. El que inventó el concepto de ‘la nube’ merece el Premio Nobel de Literatura porque no existe tal nube. Se tiene la idea de que la información está flotando, pero no está flotando en ningún sitio, está físicamente establecida en unos repositorios que consumen una cantidad extraordinaria de energía y de agua para el refrigerado. El credo en las instituciones públicas reza que hay que digitalizarlo todo, cuando resulta que es mucho más sostenible un libro en papel que en formato digital. Las máquinas a través de las cuales leemos no son nada sostenibles y eso es grave, porque hemos aceptado acríticamente que esta mejora tecnológica es una forma de liberación y no lo es. Para mí el libro es un pequeño objeto de resistencia. Tal vez esté equivocado y, por cierto, estaría encantado de estarlo. Que el entorno en papel es potencialmente no sostenible es un hecho, pero que el entorno digital no lo es, también.  

  • Archilés es autor de dos dietarios, Dues o tres pintes més tard y Ofici de moralist -

«La lectura debería ser una posibilidad de exponernos a lo diferente, de ponernos en riesgo, de cuestionarnos»

— Usted es historiador profesional y reitera, para evitar malentendidos, que no es crítico literario, una circunstancia que quizá contribuye a soslayar el riesgo de diseccionar una obra literaria con la frialdad aséptica de un forense y permite adentrarse por unos derroteros en los que entran en juego motivaciones y resortes que van más allá del mero análisis académico. Dicho de otro modo: ¿la lectura de ficción implica asumir un cierto pacto de credulidad, por decirlo de alguna manera, un cierto juego con el autor y con nosotros mismos?

Absolutamente. Lo que he escrito creo que debe enmarcarse en el género del ensayo, en cuanto a su forma, y en el de la crítica cultural en su intención. Por mi formación de historiador, no de filólogo, me interesa el impacto que toda obra tiene en la sociedad y me interesa cómo
surge de la propia sociedad. Toda obra abre o cierra posibilidades que son políticas en el sentido más etimológico de la palabra. Además, cada libro es una tesela en un mosaico de referencias y de producciones y no solo una obra aislada. Las posibilidades que la ficción o la no ficción, o cualquier forma híbrida, pueden abrir en el imaginario social me fascinan.  

— Josep Pla dijo que leer novelas a partir de los treinta años era una ingenuidad y que a partir de esa edad había que leer ensayo o crónica.

Bueno, por supuesto hay que leer a Josep Pla siempre, pero no hay que hacerle caso nunca. Si leer novela antes de los treinta debería ser obligatorio por ley, seguir leyéndolas después, con el bagaje de experiencias ya a cuestas, debería ser como cumplir con el IRPF. Y ya que estamos, leer ensayo debería formar parte de la dieta mediterránea…

— A pesar de que la lectura sigue gozando de prestigio en el imaginario colectivo y se ponderan sus virtudes, no conviene olvidar que tampoco es ninguna panacea salvadora si abordamos el asunto con cierta perspectiva. Por citar algunos casos bien conocidos: Stalin amaba la poesía, Goebbels era un lector ávido, Heidegger un nazi declarado y Pol Pot estudió en la Sorbona. Walter Benjamin escribió que «no hay ningún documento de la cultura que no lo sea también de la barbarie».

Claro, nos gustaría creer que la cultura es una barrera contra la barbarie, pero no es cierto. Cantaba Francesco de Gregori «Mussolini ha scritto anche poesie, i poeti che brutte creature, ogni volta che parlano è una truffa». La barbarie comienza en la cultura. Pero nos queda la esperanza de que la resistencia a la barbarie pasa también por la cultura. Esta es una lucha y hay que ganarla. Las guerras culturales son la prueba de que la cultura sirve tanto para destruir como para pensar un mundo mejor. Alguien dijo que se empieza quemando libros y se acaba quemando personas. El aforismo puede leerse al revés también. Lo que es seguro es que toda cultura en llamas genera pestilencia. La lectura debería ser una posibilidad de exponernos a lo diferente y de ponernos en riesgo, de cuestionarnos. Leer como una manera de entender a los demás, de acceder a experiencias que nunca tendremos y, por ello, dotar de sentido a las que hemos vivido. La lectura entendida como actividad crítica es lo que deberíamos proponer, ¿no? Y el formato en el fondo no importa tanto.

  • Ferran Archilés -

— Acaba de decir, siguiendo la estela de Walter Benjamin, que la barbarie comienza en la cultura, una afirmación que puede resultar sorprendente para muchos.

Si estamos convencidos de que en la cultura reside, definiendo cultura en un sentido muy amplio aunque también intelectualmente riguroso, un territorio para la emancipación, tenemos que estar convencidos de que si es así es porque puede no serlo, y si puede no serlo es porque también sabemos que puede ser el terreno de la barbarie. Si tiene fuerza en un sentido es porque lo tiene en el contrario.

— ¿Quiere señalar con ello que también la cultura puede alimentar relatos perversos y peligrosos?

Absolutamente. Dentro de la cultura de los discursos éticos y estéticos, si es que no son lo mismo, dentro de lo que es toda la producción de los imaginarios sociales, hablamos siempre de una creación humana donde se juega la posibilidad de lo mejor y también de lo peor, claro. Por eso la cultura es el espacio en el que es posible la emancipación y su contrario. En mi opinión, no hay manera de separar un extremo del otro y por eso las guerras culturales son clave, porque en esas guerras te estás jugando un elemento que no es menor, sino el núcleo duro del asunto.

— Para terminar, díganos tres filias y tres fobias, literarias, claro.

Entre las filias: James Joyce, Seamus Heaney, Thomas Bernhard, Antònia Vicens, Bob Dylan y Virginia Woolf. Habría dicho que no tengo fobias, pero eso, claro, no puede ser.  Borges, Faulkner, Cioran y Vila-Matas y… Y no es que no me gusten, pero algo hay en ellos que… ¡qué se le va a hacer!

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 137 (junio 2026) de la revista Plaza

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