El 17 de noviembre de 2024, cuando militares, bomberos, voluntarios y coches embarrados transitaban de un lado a otro por la provincia de Valencia, el infame Carlos Mazón iniciaba su particular reconstrucción en su equipo de gobierno. Lo hizo nombrando a Susana Camarero como portavoz de su Consell en sustitución de Ruth Merino. El mezquino personaje necesitaba a una persona con carácter, porque la ex de Ciudadanos, flamante fichaje del expresident, no parecía cómoda en las ruedas de prensa y eso que lo de la Dana no había entrado en la ecuación. Camarero era la voz, única, del mazonismo. Es verdad que el individuo atendía fugazmente a los medios, cuando lo perseguían, pero entre que no daba tiempo a profundizar y que él mentía más que hablaba, apenas daba para nada. Y, claro, a quien se le podía preguntar con calma era a la vicepresidenta, que aguantaba estoicamente, con frialdad, con serenidad, con impasibilidad, las incómodas preguntas que le llegaban por todos lados.
Como se suele decir, era ella quien se quemaba día a día. En realidad, se autoinmolaba. Porque seguía la directriz del vil engaño. ¿Se acuerdan? Lo de que Mazón habló con alcaldesas y alcaldes aquel día 29 de octubre, que repitió hasta que la Ser le sacó los colores. O la bola aquella de que Mazón estuvo, por la tarde, en su despacho del Palau trabajando, «porque no tenía información para otra cosa», que llegó a decir Camarero, mientras que el ínclito se pasaba la emergencia por el forro de los pantalones y su móvil yacía en la mochila. Hay más, decenas de falsas afirmaciones que lanzaba sin mover un músculo de su rostro. Pero los caracteres son inescrutables.
Evidente era que, tras la salida del maquiavélico Mazón, Pérez Llorca, diez mil veces más listo que ese tunante, la alejara de los focos que acabaron chamuscándola. Que se mantenga en el Consell es tinta de otro escrito.
También fue movido de posición el ahora conseller de Hacienda José Antonio Rovira. Seguramente porque aún perduran los incendios que originó en Educación, donde alcanzó un hito que tiene pocos precedentes: poner a todos de acuerdo. En su contra, claro. Lo más amable que escuché de él fue que era nefasto. Y no me lo dijo un rojo pancatalanista. A eso se une su carácter, su mal carácter, y las faltas de respeto, por las que ya era conocido en el burladero parlamentario cuando ejercía en la oposición. Gestos, bravuconadas y demás que, incluso, le han costado, ya como conseller, reproches de hasta sus socios de Vox. El síndic de este partido, José María Llanos, llegó a decir que Rovira actuaba en el pleno como si estuviera en casa. Suave, pero significativo.
Lo cierto es que Pérez Llorca, que no iba a desmembrar el Consell de Mazón por motivos varios, también se dio cuenta de que había que evitar que Rovira siguiera echando gasolina. Pero lo cierto es que este señor tuvo, además, un comportamiento inaudito, por ser magnánimo, durante la gestión de la Dana.
Rovira aquel día decidió irse a su casa por cuestiones personales, y porque el Gobierno central, dijo él, no había dado suficiente información, habiendo generado una falsa tranquilidad. Una tranquilidad que había llevado a alcaldes y alcaldesas a suspender las clases en localidades como Utiel o Torrent, por poner algunas gobernadas por el PP. Encima descargó toda la responsabilidad en los ayuntamientos como si con él no fuera la cosa. Educación no puede suspender la actividad lectiva, pero sí recomendarla. Y si ves que hay rescates y que mandan a la chavalería a casa, ¿tú qué narices haces largándote un martes al mediodía a tu casa? Es de ser un caradura. No sabemos qué hizo esa tarde, pero sí sabemos lo que suele hacer con el dinero público. Pegarse unas buenas comilonas, porque, como bien denunció Compromís, Rovira se gastó casi doce mil euros en 84 comidas y cenas con dinero público. Mariscadas incluidas, y cenas, muchas cenas, algo poco habitual para reuniones de trabajo, y sospechoso, algunas, además, en domingo y cerrando garitos a la una y media. ¡Reuniones de trabajo! Jajaja. Pero no quedó ahí la cosa. Recuerden que el día en el que murió un operario en un centro educativo de Massanassa, en el que se hacían trabajos por la Dana, Rovira no apareció, aseguró, porque tenía que estar con la familia. Pues bien, según los nacionalistas, al día siguiente se gastó 99 euros en una cena en València, y esa misma semana, 240 euros en una comida en un restaurante de lujo. Todo pagado por el dinero de los ciudadanos que donde mejor está es, lo dice el PP, en esos bolsillos, y claro, Rovira lo aplica pero a su manera. Jeta.
Es normal que con este aquelarre, Camarero y Rovira se hayan distanciado de la primera línea. Y que huyan, en la medida de lo posible, de polémicas. En cualquier caso, aun entendiendo la necesidad política de mantenerlos en el pleno del Consell, bien hubieran hecho en marcharse por su propio pie del Gobierno. Quién sabe si, desde la barrera, Camarero reconocería que mentía a sabiendas en medio de una tragedia y un dolor inimaginable y Rovira diga que fue tan miserable y mezquino como su amigo Carlos. Me pregunto a qué estrella Michelin irán la próxima vez.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 135 (abril 2026) de la revista Plaza

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