Opinión

Revista Plaza Principal

La vida a cara o cruz

Pelapieles

Publicado: 04/05/2026 · 06:00
Actualizado: 04/05/2026 · 06:00
  • Ilustración Pelapieles.

Ser original, creativo, generar ideas y hacer lo que sea de manera diferente, rápida, eficiente y de forma organizada, entendiendo por qué y para quién lo hago y prestando atención a cualquier detalle, porque el resultado tiene que ser perfecto. Esto, que suena a recomendación del Linkilín, podría ser la excusa para que cada día me ponga en marcha, y a lo que venga.

Durante este mes he tenido un par de encuentros numerosos en mi casa. El primero, con amigos del sector artístico y ojos vidriosos. Algún músico callejero, algún poeta que promete libro, ilustradores y gente así, perdedores que lían porros. Mucha tertulia, proyectos paranoicos, ziscarnos en Trump, que anda jodiéndolo todo, y malvivir a trompicones o como se pueda. Participo en las charlas y defiendo mis teorías absurdas, a sabiendas de que no hay por dónde cogerlas.

El segundo, con ese club de élite de amigos de rebuch guay. Los hay abogados, algún arquitecto gafapasta, profes universitarios, científicos, especuladores, expatriados y otros que ni idea de a qué se dedican pero que me caen de puta madre. Gente que conoce a gente, que no sabes bien por qué los conoces pero son buena gente. Fuman puros, hablan de Trump como el gran libertador neoliberal y opinan de política basándose en prejuicios y experiencias personales, y de vinos como si fueran sumilleres. Acaban bailando y karaokeando. En estas no participo, me dedico a sonreír y observar cómo disfrutan.

A los dos les lancé la misma trampa: una evolución mutante de una cazuela de patatas a la riojana. Además de cebolla hembra de la que te hace llorar, ajo frito, pimentón listo para esnifar, caldo de santo cocido y un surtido de chorizos picantes, dulces, ahumados, compango, incluso morcillas de arroz, de cebolla y de sangre, que saben a gloria, y hasta algunos chorrongos de sobrasada, que tiran patrás. ¡Variedad de embutidos que hacen que cada cucharada sepa diferente y cada bocado, un desafío! Un destarifo de plato.

Les digo que es típico de un pueblo de cuyo nombre no me acuerdo, de por Badajoz, y se lo zampan. Repiten que no veas. También lleva laurel.

Me tocó currar. En el primer encuentro me puse a pelar patatas como un campeón hasta que mi brazo dijo basta. Así que, gracias a ese talante creativo y resolutivo que me caracteriza, pensé: aquí el secreto está en deslizar con contundencia el pelador sobre la patata, o lo que es lo mismo, mover la patata sobre el pelador, y rebañar la máxima piel. Entonces, ¿qué más da con qué mano sujete cada cosa si lo que importa es friccionar con energía? Física y pura lógica. ¿Qué puede fallar?

Pues falló. Ni media patata llevaba cuando ¡escuché al pelador! Zas... la falangina del índice de mi mano derecha con un tajo de centímetros de epidermis. Piel colgando donde antes había un dedo, y si no llego a parar a tiempo, ¡la monda de piel humana habría llegado hasta el codo!Nada que no arregle un buen chorro de agua oxigenada, gasa con cinta americana y las vacunas del tétanos, difteria, tos ferina, antitetánica, inmunoglobulina, viruela, rubeola y no sé cuántas más. ¡Joder qué sensación la de despellejarme vivo!

Los comensales de la primera se lo zamparon todo y con aplausos. Los de la segunda, también, pero esta vez pasé del pelador asesino. Las refregué con un estropajo metálico hasta arrancar lo que vendría a ser la epidermis de su piel.

A la próxima probaré con Netol, que seguro da sabor y las deja niquelás.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 135 (abril 2026) de la revista Plaza

Recibe toda la actualidad
Valencia Plaza

Recibe toda la actualidad de Valencia Plaza en tu correo

El derecho a la indiferencia
La discreción