Nada da más pena que ver que donde había un cine, un bajo comercial o un bar de toda la vida, ahora aparece un negocio de alquiler de bicicletas o, en el peor de los casos, un Airbnb. La gentrificación ha provocado que grandes negocios de la ciudad de València cierren sus puertas sin plantearse siquiera el nombre de un heredero o mantener el negocio con un traspaso. Salas de teatro emblemáticas como Ultramar o espacios especializados como la tienda de cómics Imágenes han cerrado sus puertas por la puja de alquileres o por el mero agotamiento de sus fundadores. Aunque, como en todo en esta vida, hay excepciones, y algunas de ellas son muy buenas.
Tres espacios culturales valencianos se presentan ahora con una nueva imagen, nuevas caras y la ilusión de continuar con el propósito de los negocios emblemáticos de València. Dedicados en vida y alma al séptimo arte, los cines Babel presentan ahora su nueva imagen: tanto visual como gráfica. Lo hacen con una renovación de sus webs y sus redes sociales y un cambio del espacio de su bar, y todo pasa por las manos de sus nuevos dueños: Guillem Beltrán López (València, 1992) y Leví Navarro Navarro (Serra, 1984). Siguiendo el hilo de una bobina hasta el centro, se encuentra el negocio familiar Rosebud, una tienda de cine especializada, ahora liderada por Ángela Saiz Melià (València, 1993), en la que se pueden encontrar cientos de artículos de mercadotecnia que rodean al mundo de las películas. Ángela vende desde pósters hasta bandas sonoras originales, pasando por réplicas reales de grandes iconos como el muñeco de Chucky. Trabaja con el cine que se ve, se escucha y se puede hasta tocar.
Y donde estuviera la tienda Stringfield, ahora se alza Pedrones Guitars, especializada en venta de guitarras, bajos, amplificadores y un sinfín de productos más, así como servicio de lutier. Un negocio que mantiene la promesa de los anteriores dueños y que pertenece ahora a Samuel Escribano (Orihuela, 1995) y Kike Mas (Alicante, 1997), músicos e integrantes de la banda valenciana Mateo Morral, técnicos de sonido y lutiers. Ahora están al frente de un negocio del que fueron clientes fieles, tanto que sus dueños les confiaron el local junto con la promesa de mantener su propósito inicial. Estos cinco perfiles son la prueba de que un negocio cultural puede seguir adelante, siempre y cuando se le pongan ganas y cariño.

- La cafetería de los cines Babel. -
- Daniel-García Sala
Cines Babel, la segunda versión original
La ruta de esta nueva València cultural comienza en los cines Babel, el único cine de València que no huele a palomitas, porque no permiten que su ruido entorpezca las funciones. Este espacio, que sigue llevando por lema «en versión original desde 1996» pertenece ahora a Guillem Beltrán y Leví Navarro, que empezaron a formar parte del proyecto en septiembre del 2024, manteniendo como tercer socio al fundador de los Babel: Antonio Such García, fiel amigo y compañero de Navarro y también presidente de la Asociación Valenciana de Empresarios de Cine (Avecine) hasta abril del 2023, donde trabajaba junto a Navarro.
«Aprendí muchísimo de cine de Such, éramos muy afines y actuábamos de manera muy paralela en Avecine. Nuestra forma de trabajar cuadraba muy bien y confiaba mucho en mí, tanto que, tras la pandemia, me hizo ver que se estaba planteando cerrar el cine o traspasarlo —explica Navarro—, a lo que yo le propuse negociar. Al ver que entraban otros empresarios en la conversación y había más negociaciones, me di cuenta de que necesitaba apoyo, y ahí fue cuando contacté con Guillem». En este momento de encaje de bolillos, Navarro y Beltrán, que ya habían trabajado en cines de Torrent y Godella respectivamente, vieron que era posible hermanarse para conseguir negociar por los Babel.
No fue un camino fácil, pero, tras cuatro años en conversación con Such y varias negociaciones, consiguieron hacerse con los Babel manteniendo a su fundador como socio, «porque es la persona que le ha dado forma y personalidad al espacio». Al entrar en los Babel como dueños y no como espectadores, vieron que la cafetería del espacio —ahora Bar Babel, liderado por Javier Blasco en cocina— tenía que tener «otro toque» y que había que trabajar también en parte de la insonorización de las salas y en el diseño e identidad visual de los Babel, que llevaban siendo los mismos desde 1996.

- Guillem Beltrán y Leví Navarro, al frente de los cines Babel. -
- Daniel-García Sala
Todo esto lo hicieron junto a su público, y manteniendo el cine siempre abierto para mostrar el proceso de sus cambios en un ejercicio de transparencia de lo más curioso: «Empezamos a trabajar en los Babel a puerta abierta. No hemos cerrado en ningún momento, así que los espectadores han podido ver los trabajos que estamos haciendo. Mantenemos la esencia original del cine y sus lemas, pero hemos cambiado la cafetería para que tenga una imagen más moderna, el diseño y la web para que sean más intuitivos», explica Beltrán. En su bar, donde antes se pidiera un sándwich mixto —por el que siguen preguntando muchos nostálgicos—, ahora hay una carta con varias opciones veganas. Se puede pedir una gilda, un café con leche vegetal y están en ruta a una alimentación mucho más plant based, algo que no se estilaba tanto cuando el cine abrió sus puertas en 1996.
¿El motivo? Atender a sus nuevos públicos, aunque nunca dejando de lado a los clientes más fieles. Las actividades del cine y su cartelera siguen siendo las mismas, y las nuevas se enfocan para acoger a nuevos perfiles como la poetisa Elsa Moreno, que impartirá en los cines un taller de escritura, y perfiles, clave para entender el cine que nos rodea como el de Clara Gorria o el tándem de Las Entendidas, formado por Alexia Guillot y Adriana
Cabeza. «Nos centramos en mantener las actividades que funcionan en el cine y aprendemos de otras que vemos alrededor del mundo en otros cines que nos gustan. Lo que queremos es ir puliendo la programación del cine y aumentar la frecuencia de las actividades que realizamos», explica Beltrán.
Rosebud, una tienda de película
Viajando de las butacas de los Babel al centro de València —justo al lado de la Estación del Norte—, tras el mostrador de Rosebud se encuentra Ángela Saiz Melià, bien acompañada por Anne Muñoz, una de sus trabajadoras, y por Amparo Melià, su madre y una de las encargadas de catalogarlo todo. Saiz entró oficialmente a Rosebud en el año 2017, aunque la tienda la abrió su padre, Juan Ángel Saiz, «a principios de los noventa», con una fecha exacta sin determinar porque vagaba vendiendo todo tipo de artículos sobre cine entre los rastros y el local. «Recuerdo que mi padre era un forofo máximo del cine y que le encantaba estar por los rastros y comprar y vender de todo. Él es el máximo apasionado por el cine y su hija es un poco la consecuencia», comenta.

- Ángela Saiz está detrás del mostrador de Rosebud. -
- Daniel-García Sala
La “consecuencia” empezó a trabajar y ayudar en la tienda desde bien joven y durante los veranos, aunque nunca existió una propuesta oficial de traspaso. Hasta que llegó 2017 y todo cambió, Juan Ángel decidió pasar el relevo a Ángela para que le diera una nueva vida y forma a la tienda. El punto fuerte es que cuando Saiz tomó la tienda tenían una clientela muy fidelizada; el problema fue que nada de lo que se empezó a comprar y vender en los noventa estaba catalogado de ninguna manera, una tarea que ahora está intentando emprender junto a su madre, pero que les está suponiendo un quebradero de cabeza.
«No sabemos cuánto material tenemos, ni qué hay exactamente. Tenemos cosas maravillosas, pero hay que encontrarlas; mi madre es muy hormiguita y está contabilizando lo que tenemos a mano. Es muy útil, pero es un trabajo que parece que no se termina nunca», explica Saiz rodeada de películas y cedés con etiquetas de colorines que solo la familia Melià entiende. En el almacén, entre las cajas de los muñecos Funko Pop y sus cabezones, se pueden encontrar verdaderas joyas: desde fotocromos hasta artículos únicos como las pegatinas originales del estreno de Cazafantasmas.
Saiz explica que tienen cosas muy chulas, pero que «no siempre sabemos dónde están, porque mi padre era muy de la vieja escuela. Poco a poco estamos buscándonos los métodos para ubicar estas pequeñas joyitas y hacer que vean la luz». Otra de las formas clave de mostrar estos curiosos objetos al mundo es a través de las redes sociales, lugar en el que Saiz puede sacar a relucir su tienda, que es «una pequeña joya desconocida de València». A través de sus vídeos sobre cine o en los que muestra los artículos que venden, ha
logrado atraer a varios curiosos y amantes del cine a este espacio en el que las joyas están, pero hay que encontrarlas.
Además de mostrar Rosebud a través de las redes sociales, Saiz ha encontrado otra manera muy eficaz de dar a conocer la tienda por la ciudad. Al igual que su padre, dedica varias de sus tardes al club de cine Rosebud, vinculado a los cines ABC Park. Aunque su padre es un poco más exquisito con el silencio en la sala y con la puntualidad, Ángela ha logrado mantener la esencia que enamora de su familia para comentar películas y generar un espacio de debate.

- El escaparate de Rosebud, una histórica tienda dedicada al séptimo arte. -
- Daniel-García Sala
El problema que encaran ahora, como otros tantos negocios locales de València, es que los grandes gigantes como Amazon les hacen la competencia, y mucha gente prefiere comprar por internet productos relacionados con el cine que acercarse a buscarlos a una tienda: «Es evidente que todo el mundo compra por internet; cada uno puede elegir ir a Amazon o a la tienda de su barrio. Y a día de hoy, hasta la pastelería de la esquina entrega en Glovo. El caso está en compensar las compras y apoyar a los comercios locales». Espacios en los que prima la calidez de un servicio humano en el que Ángela o sus trabajadoras pueden recomendar a sus clientes desde películas hasta bandas sonoras, pasando por la mercadotecnia de sus películas favoritas. Y quién sabe, puede que hasta le compartan algún dato curioso sobre estas.
Pedrones: música, comunidad y ruido
Donde había una cuerda ahora hay una piedra, haciendo equilibrios para que todo suene siempre igual de bien. Pedrones Guitars es el nuevo templo de las guitarras presidido por Samuel Escribano y Kike Mas, dos músicos que, cuando no están tocando una guitarra, están afinando o arreglando otra. Ambos eran fieles compradores de Stringfield, una tienda especializada en guitarras liderada por Vanessa Prado e Iván Vega y con Vicente Morella como lutier. La tienda pasó por varios locales desde su nacimiento y fue en 2015 cuando se instalaron en la calle Pedrones, que ahora da nombre a su establecimiento.

- Samuel Escribano, al frente de Pedrones. -
- Daniel-García Sala
Tras muchas pero que muchas horas de compras, arreglos y conversaciones, los dueños le dijeron a Escribano que iban a traspasar la tienda y que, si le interesaba, era suya. Lo que al principio parecía un sueño se convirtió pronto en una pesadilla al ver su cuenta del banco. Pero gracias a sus amigos, su familia, a su socio y a todos los que les rodeaban, consiguieron hacerse con los fondos para dar un paso adelante y abrir Pedrones Guitars. «Me encantaba la tienda, pero no había manera de entrar por mis propios medios. Al mismo tiempo, Kike y yo pensábamos que valía la pena apostar por un cambio fuerte en nuestras vidas hacia tener el trabajo soñado por cualquier adolescente que empieza a tocar la guitarra», relata Samuel.
«Ambos somos músicos de profesión, amigos, y yo también trabajo como lutier. Entrar en Pedrones es, de alguna manera, dar un paso adelante en nuestro mundo y nuestro trabajo mientras estamos muy bien acompañados». Para abrir las puertas de este negocio se inspiraron en amigos de la industria como Mario Ballester,
de Discos Oldies, la gente de Desert Outlaws, Evarist de la promotora La Ex, María de Plaga Indie, Cesc de Primavera d’hivern, Virginia Sogorb en redes sociales y sobre todo en su amigo y «socio en la sombra Pau García Serra». «Nos basamos en modelos de éxito como Discos Oldies para ver cómo hacer que la tienda funcione más allá de la compra-venta de materiales. Nos interesa que Pedrones sea un espacio abierto y amigable en el que se pueda conversar, divagar y escuchar buena música», explica.
Tras una enorme cortina negra que se encuentra a pocos metros de los mostradores, tienen el taller de lutier y una suerte de escenario —aún está en construcción— y que servirá para acoger eventos de presentación de discos, charlas, pequeños conciertos y todo lo que se les pueda ocurrir de aquí en adelante. Una curiosa forma de transformar un espacio que antes de que llegara Stringfield era un gimnasio, y donde en 2015 cambiaron el reguetón de las clases de zumba por el rock de sus guitarras eléctricas. Para Mas el espacio debe conectar con las personas, mientras las grandes «cadenas» se comen a los negocios locales: «Stringsfield pudo trabajar contra grandes del mercado y lo hizo muy bien. Prado y Vega empezaron en otra época, sí, pero creo que nosotros vimos que podíamos aportar cosas distintas porque esto va de músicos ayudando a músicos. Queremos que Pedrones sea un espacio donde compartir y crear, tanto para músicos, grupos consolidados y emergentes como para el público en general. Nos hace mucha ilusión la idea de hacer eventos que generen comunidad, acercar la música a la gente, primero de nuestro barrio y luego para el resto de la ciudad».

- Samuel Escribano, al frente de Pedrones. -
- Daniel-García Sala
Tanto Escribano como Mas están encantados de hacer todo lo que rodea el asesoramiento, la venta, tocar y afinar instrumentos. Tomaron el espacio con la idea de mantener la esencia de Stringfield pero poco a poco van encontrando su propia fórmula. Lo hacen porque saben que puede funcionar, porque creen que València está en un muy buen punto de «efervescencia cultural» y porque las bandas de la ciudad —Nuevos Vicios, Mala Gestión, Mr. Kennedy…— vienen a comprarles todo a ellos. «Los nuevos grupos emergentes se han convertido en nuestros clientes. Con todo lo que vemos, hemos dejado de creer en ese viejo refrán de que la música se muere. No es verdad, en València la música está más viva que nunca».
Entre guitarras, bobinas de celuloide y pósters únicos, estos cinco emprendedores demuestran que otra València cultural es posible, y que un cambio de caras y de manos no supone el abandono de un negocio, sino un impulso. Sus historias y su ejemplo sirven para confiar en una València llena de cultura que queda en buenas manos y que vuelve a subir la persiana mientras otros tantos locales la bajan. Una València que confía en sus herederos para que sigan haciendo las cosas bien, sin ceder a la gentrificación ni a las grandes empresas que no te dan la bienvenida a sus espacios virtuales con un cálido: «Buenos días, ¿qué necesitas?».

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- Daniel-García Sala
* Este artículo se publicó originalmente en el número 135 (abril 2026) de la revista Plaza