Los alumnos invisibles de las aulas valencianas

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Educación

Detectados tarde, atendidos a medias y a menudo malinterpretados, miles de estudiantes con altas capacidades quedan fuera del radar educativo. La nueva normativa abre una vía, pero familias y asociaciones piden protocolos, formación y acompañamiento real para que ese talento no se apague

Kitty Kasaudo, madre de dos hijos, M.M., de diez años,  y J.M., de ocho años, con altas capacidades, lo expresa de este modo: «Mientras los niños jugaban a juegos físicos o en grupo, nuestro hijo prefería investigar insectos o sumergirse en mundos imaginarios creados por él mismo. Con nuestra hija fue diferente, desde muy pequeña argumentaba y razonaba con una claridad que llamaba mucho la atención». 

En el caso de Alejandra, sus padres, David y Marta, explican que cuando tenía dos años «su pediatra escuchó una conversación con ella y se fijó en su nivel de lenguaje, comprensión y razonamiento. Fue entonces cuando nos habló por primera vez de la posibilidad de que pudiera tener altas capacidades».

Son solo tres casos de los miles de niños y niñas con altas capacidades que hay en la Comunitat Valenciana. Se calcula que en la autonomía podría haber entre ochenta mil y noventa mil, un 10% del alumnado. Sin embargo, solo entre el 0,8% y el 1,2% está identificado oficialmente, según la Conselleria de Educación. La distancia entre ambas cifras refleja un problema que viven diariamente familias y profesores, que pasa factura a la salud emocional de los menores y que, al final, habla de nuestra madurez como sociedad.

El primer paso debe ser la identificación que supone, muchas veces, un alivio para las familias. «En nuestro caso fue como ordenar un puzle que llevaba mucho tiempo disperso. Situaciones y reacciones que durante años no terminábamos de comprender cobraban sentido», recuerda Kitty. Para los padres de Alejandra, lo que les causó un hondo impacto fue la forma de comunicárselo. «Nos lo dijeron por correo electrónico, con un lenguaje muy técnico que no entendíamos bien y, en la reunión posterior en persona, echamos de menos una explicación más cercana. Por eso, al año siguiente decidimos repetir la valoración en un gabinete privado especializado que nos dio esta versión más humana que necesitábamos. Ahí fue donde entendimos realmente a lo que nos enfrentábamos y que las altas capacidades no son solo una cuestión de aprender más rápido, sino una forma distinta de relacionarse con el mundo».

A partir de ahí comienza un camino en el que los padres deben acompañar sin sobreexigir ni minimizar, un difícil equilibrio al que muchas familias se enfrentan sin información, apoyo emocional ni orientación suficiente. «Tanto mis hijos como yo estamos identificados con altas capacidades, así que el día a día suele ser muy intenso. Son niños que necesitan encontrar sentido a todo, lo que enriquece mucho la crianza porque te obliga también a crecer junto a ellos, con el consiguiente desgaste a nivel emocional y mental —explica Kitty—. Además, la diferencia de intereses respecto a otros niños de su edad a veces complica el encaje social».

Marta y David coinciden. «Alejandra necesita comprender lo que ocurre, ordenar el mundo, pero esto no siempre es fácil, lo que le genera frustración. Por eso, es muy importante encontrar actividades que la ayuden a desconectar, como la música, la pintura o la gimnasia». «Además, hemos aprendido que nuestra hija se adapta mucho fuera, pero en casa, que es su entorno seguro, se permite quejarse, hacerse preguntas o mostrar frustración». Aquí el acompañamiento profesional es muy importante: «Nuestra psicoterapeuta nos ha ayudado a entender emociones que pueden malinterpretarse: la intensidad emocional, la autoexigencia, la ansiedad temprana, la necesidad constante de comprender, el aburrimiento, la frustración o esa sensación de no encajar».

En el caso de las niñas, la invisibilidad puede ser aún mayor. Lo explica Luz Bueno, psicóloga experta universitaria en alta capacidad y referente técnico en la Asociación Valenciana de Apoyo a las Altas Capacidades (Avast). «Las niñas se detectan a edades más tardías y en menor proporción porque requieren una mirada más fina —explica—. La razón es que aprenden muy pronto a camuflarse: son las niñas perfectas, se adaptan, no molestan, sacan buenas notas y desarrollan estrategias para no destacar. El precio que pagan es altísimo: muchas no son identificadas hasta la adolescencia o la edad adulta, frecuentemente cuando ya han desarrollado ansiedad, depresión o trastornos de la conducta alimentaria».

Cuando el aula no da la talla

Si en casa la situación puede resultar compleja, en los centros educativos se agrava. El docente es clave en la detección y el seguimiento: observa al alumno y puede compararlo con un grupo de pares. El problema es que muchas veces no dispone de formación ni herramientas. Por eso, la atención sigue siendo desigual.

Consciente de ello, la administración valenciana dio hace apenas dos meses un paso muy importante con la aprobación de una proposición no de ley que contempla avances como el refuerzo de la evaluación psicopedagógica, la detección temprana, la formación del profesorado, la creación de centros de referencia y el apoyo a las familias. Padres, docentes y psicólogos valoran el avance, pero recuerdan que solo será efectivo si se traduce en protocolos, recursos y seguimiento.

En la práctica, la realidad es que hay grandes diferencias entre centros, demoras en orientación, falta de formación específica y saturación de los equipos. Por eso Avast reivindica desde hace años un protocolo generalizado, sistemático, temprano y equitativo. Cuando el sistema público no responde, los padres recurren a valoraciones privadas, con el coste que eso implica. Quienes no pueden pagarlas quedan fuera. Así, niños y niñas de familias vulnerables, de entornos rurales o con barreras lingüísticas desaparecen del radar.

Marta reconoce que, aunque el colegio concertado de su hija ha adoptado algunas medidas, «cuando acabamos de recibir una valoración los padres estamos muy perdidos. Necesitamos que alguien nos guíe, nos explique los pasos que hemos de dar. Debería activarse un circuito claro de acompañamiento y seguimiento de los padres».

A la falta de acompañamiento se suma una realidad que sigue siendo desconocida: no todos los niños con altas capacidades sacan sobresalientes. Bueno advierte que «muchos niños y niñas con altas capacidades tienen rendimiento medio o incluso bajo porque se aburren, se desmotivan o desarrollan disincronía entre su edad mental y su edad emocional. Muchos no sacan sobresalientes, no siempre tienen buena conducta y no siempre se adaptan bien al sistema escolar. Esto hace muchas veces que el diagnóstico sea tardío. Una identificación temprana evita años de sufrimiento y desencaje; pero la realidad es que muchas veces llega tarde, cuando ya hay fracaso escolar, ansiedad o acoso».

Ante la falta de protocolos claros, la detección queda a menudo en manos de cada centro y docente. Kitty explica que «hay profesores muy sensibles, con gran capacidad para comprender estos perfiles y ofrecer respuestas flexibles y enriquecedoras, y otros que, por falta de formación, tiempo o recursos, encuentran más dificultades para responder a estas necesidades». El profesorado valenciano, además, ha recibido una formación inicial mínima: en los grados de Magisterio, el contenido sobre altas capacidades suele reducirse a unas pocas horas.

Kitty, que también es maestra de Pedagogía Terapéutica desde hace veinte años y especialista en Orientación Educativa y Audición y Lenguaje, conoce bien los límites del sistema. «Detectar perfiles de altas capacidades requiere tiempo, observación y una mirada muy específica que muchas veces el sistema no permite sostener. Una parte del problema tiene que ver con que muchos de estos se adaptan o pasan desapercibidos y acaban invisibilizados dentro del sistema educativo». A esto se suma que, en ocasiones, los déficits tapan las capacidades, como sucede cuando la alta capacidad convive con TDAH, TEA, dislexia u otras dificultades de aprendizaje.

La atención a las altas capacidades no puede depender solo de la buena voluntad de algunos profesionales. Necesita estructura, recursos y seguimiento, resumen desde Avast. El objetivo es que el aula sea flexible para atender la diversidad, incluida la alta capacidad, y que existan redes entre centros, administración, universidades y asociaciones especializadas para compartir buenas prácticas.

Los expertos coinciden en que, cuando estos niños son identificados y apoyados, aportan al grupo creatividad, conexiones entre ideas, pensamiento divergente, curiosidad o formas distintas de resolver problemas. Aunque también reconocen que necesitan trabajar la paciencia, la tolerancia a la frustración, el respeto a otros ritmos y la gestión emocional.

«Actualmente muchos docentes sostienen aulas con ratios muy elevadas y perfiles muy diversos. Es muy difícil atender adecuadamente a cada niño cuando el sistema obliga muchas veces a sobrevivir más que a acompañar», explica Kitty. Además, la mayoría no son disruptivos. Se adaptan, callan, se aburren o cumplen. No suelen ser alumnos que molesten, lo que les penaliza a la hora de ser atendidos ante perfiles más conflictivos.

Modelos a los que mirar

Pese a las carencias, existen modelos a los que la Comunitat Valenciana puede mirar y de los que aprender. A nivel internacional, destaca el Renzulli Center, en Estados Unidos, o los programas europeos Kangaroo. En España, el referente es Asturias, que ha implantado una estrategia de detección universal y ha identificado al 4,4% del alumnado como de altas capacidades, frente al 0,84% de la media nacional. «Esto demuestra que la mayor parte de los niños y niñas con altas capacidades existen, simplemente no los estamos buscando», explica Luz Bueno.

Kitty señala también el DUA, el Diseño Universal para el Aprendizaje. «Soy una firme defensora de este enfoque educativo que busca crear propuestas accesibles y flexibles para todo el alumnado desde el principio, en lugar de adaptar después para algunos ya que no todos aprendemos igual». Además, en la Comunitat Valenciana existen programas como Connectats al Talent, orientados a impulsar la detección, la formación docente y una respuesta más inclusiva y coordinada.

Si en España hay alrededor de ocho millones de estudiantes no universitarios y se estima que un 10% presenta altas capacidades, hablamos de unos 800.000 niños y niñas con potencial superior, de los que solo se identificaron 58.540 en el curso 2023-2024. Es decir, más de 740.000 cerebros con alto potencial no están recibiendo la estimulación adecuada. Esto se traduce en que en innovación, investigación, emprendimiento y competitividad, España está renunciando a una parte significativa de su capital humano. «Una sociedad que no sabe identificar y acompañar su talento está desperdiciando una parte de su capacidad de desarrollo científico, cultural, tecnológico, educativo y empresarial», señalan desde Avast.

A esa responsabilidad colectiva se suma otra, personal y moral, que debemos tener como sociedad hacia cada niño. Cuando sus necesidades no se atienden, las consecuencias llegan en cascada. El coste personal y familiar es evidente: entre el 35% y el 50% del alumnado con altas capacidades no atendido sufre fracaso escolar, según el Ministerio de Educación. A ello se añade más riesgo de acoso escolar, ansiedad, depresión y abandono temprano.

Para los padres, a este día a día, se suma además la incertidumbre ante el futuro. Kitty explica que como madre y también como adulta que sigue buscando constantemente su propio lugar, uno de sus mayores miedos es que «mis hijos dejen de buscar aquello que les hace sentir vivos, útiles y auténticos». Marta comparte esa inquietud. «Nos preocupa, sobre todo, que en algún momento pueda apagar partes de sí misma para encajar. Que deje de preguntar, de interesarse, de expresarse como es o de disfrutar aprendiendo por miedo a destacar, a ser juzgada o a sentirse diferente. Nos asusta que el aburrimiento pueda afectar a su motivación y desconecte emocionalmente del aprendizaje. Queremos que pueda crecer sintiéndose válida tal y como es, que encuentre personas y entornos donde se sienta comprendida».

«Al final—concluye Marta— esto va de personas que, desde cualquier ámbito, sepan y quieran escuchar y comprender al de enfrente, mucho más si son niños. Porque, detrás de todo, lo que hay es una necesidad urgente de mirarnos, escucharnos y querernos mejor entre personas. Tenemos la responsabilidad de no apagar capacidades y talentos que podrían aportar muchísimo si se cuidan bien. Acompañar a un niño con altas capacidades no es solo ayudarle a él; también es construir una sociedad más capaz de reconocer y cuidar todas sus formas de talento. Si no se acompañan, pueden generar sufrimiento».

Porque, por encima de cualquier etiqueta, siguen siendo niños. Niños con miedos, necesidades y derecho a una vida plena. Cuidarlos es responsabilidad de padres, docentes, psicólogos, administraciones y sociedad. Como recuerda el proverbio hebreo que suele unirse al recuerdo de Oskar Schindler, «quien salva una vida salva al mundo entero».  

«AVAST, un refugio donde poder ser uno mismo»

La Asociación Valenciana de Apoyo a las Altas Capacidades (Avast) nació hace 35 años impulsada por profesionales pioneros cuando el sistema educativo apenas reconocía esta realidad. Hoy cubre un vacío entre legislación, profesores, psicólogos, padres y niños: ofrece orientación, actividades de enriquecimiento, terapia psicológica, formación docente y colaboración con universidades.

Para muchas familias, su valor va más allá de los recursos. Es un espacio donde sus hijos se encuentran con otros niños afines y donde los padres dejan de sentirse solos. «Fue nuestro hijo quien nos pidió encontrar un lugar donde pudiera sentirse uno más», explica Kitty. Marta coincide: «Su labor es muy importante para que las familias puedan compartir experiencias y acceder a información que muchas veces no nos llega por los cauces habituales». Actualmente reúne quincenalmente a sus socios en torno a más de cuarenta actividades de enriquecimiento y terapia psicológica. Una muestra de la necesidad de su trabajo es que cuando profesores, voluntarios, psicólogos y otros profesionales descubren la asociación, muchos se quedan para ayudar, como le ocurrió a Kitty. «Hemos encontrado allí nuestro lugar».

* Este artículo se publicó originalmente en el número 139 (septiembre 2026) de la revista Plaza

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