Tintín, el reportero que nunca envejece

Revista Plaza Principal

Exposición

La mayor colección privada de España dedicada al personaje de Hergé convierte el castillo de Santa Bárbara en una puerta de entrada a un universo que, casi un siglo después, sigue hablando de periodismo, amistad y aventura

  • Rafa Molina

Ha pasado casi un siglo desde que Hergé —pseudónimo artístico del dibujante belga Georges Prosper Remi— creara al icónico personaje de Tintín en 1929. Sin embargo, el intrépido periodista continúa despertando la misma fascinación que cuando el historietista lo dibujó por primera vez. Con su humor, aventuras y dibujos cargados de divertidos personajes, conquista rápidamente a esos jóvenes que dan los primeros pasos en la lectura, pero también sigue manteniendo fielmente a su lado a quienes lo descubrieron hace décadas.

El empresario valenciano Enrique Lucas quedó fascinado por él cuando solo era un niño. Leía y releía los álbumes del joven reportero y los guardaba con especial cuidado. A partir de esa afición infantil comenzó a conservar libros y, más tarde, a adquirir figuras y otros objetos. Un pasatiempo que, después de muchos años, le ha llevado a poseer una de las colecciones más completas sobre el personaje. Recopilación de álbumes, dibujos, carteles, figuras y otros objetos que ahora se exhibe en la sala Taberna del castillo de Santa Bárbara (hasta el 10 de enero), donde se invita a recorrer mucho más que una exposición. Y es que la muestra ofrece un viaje por la historia de uno de los grandes mitos culturales del siglo XX.

La exposición que estos meses acoge el baluarte alicantino reúne cerca de trescientas piezas originales procedentes de su colección privada, considerada una de las más importantes de España dedicada al universo creado por Hergé. Hay figuras de resina, litografías, vehículos reproducidos con gran precisión, primeras ediciones y objetos de colección difíciles de encontrar incluso en Bélgica. Pero reducirla a una simple acumulación de piezas sería quedarse corto, porque lo verdaderamente valioso es lo que sucede entre las vitrinas. Y es que, cada objeto activa un recuerdo distinto en quien lo contempla.

Tintín nunca fue solo un personaje de cómic. Leer sus historias era una forma de aprender sobre geografía, imaginar países lejanos o comprender que viajar podía consistir solo en hacer preguntas, entendiendo que el héroe más universal del siglo XX no necesitaba superpoderes. A Tintín le bastaba una libreta, una cámara y una enorme curiosidad. Algo fácil de encontrar en muchos de los jóvenes lectores y, quizá por eso, sigue siendo tan actual.

El periódico que transformó el cómic

La historia del personaje comienza lejos de Alicante, en Bruselas, el 10 de enero de 1929. Aquel día aparecieron en el suplemento juvenil Le Petit Vingtième los dibujos de un reportero llamado Tintín a quien acompañaba Milú, un fox terrier blanco. Su autor, Georges Remi, era un ilustrador de apenas veintiún años que firmaba invirtiendo las iniciales de su nombre: RG, y de la pronunciación de esas iniciales nació su pseudónimo Hergé.

El origen era modesto, pero el destino fue extraordinario, ya que nació como protagonista de una historieta semanal destinada al público infantil y acabó convirtiéndose en un fenómeno cultural. La primera aventura, Tintín en el país de los soviets, respondía a los intereses ideológicos y propagandísticos del periódico y, poco después, llegaría Tintín en el Congo, una obra marcada por los prejuicios coloniales de la época que, décadas más tarde, sería objeto de un intenso debate.

En 1934 conoció al estudiante chino Zhang Chongren y su amistad transformó su manera de trabajar. Para escribir y dibujar El loto azul dejó de imaginar países exóticos desde un despacho europeo y comenzó a documentarse. Estudió arquitectura, vestimenta, caligrafía, costumbres y contexto político. Y el resultado fue un álbum tan respetuoso con la cultura china que aún hoy es considerado uno de los grandes hitos del cómic europeo.

A partir de entonces, cada aventura se convertiría en una investigación casi periodística. Hergé acumulaba fotografías, mapas, recortes de prensa y libros especializados antes de dibujar las viñetas, así que sus estudios estaban llenos de maquetas de barcos, aviones y automóviles que luego reproducía con fidelidad. Un esmerado trabajo que se ha conocido a posteriori y que deja ver no solo la evolución del autor, sino también la capacidad de un creador para cuestionarse a sí mismo. Porque quizá el lector no fuera consciente, pero detrás de cada página había una labor documental que anticipaba la manera de construir esos grandes relatos gráficos, cada vez más cargados de verdad.

El héroe sin un mundo que salvar

Es curioso comparar a Tintín con los héroes del cómic que poco después dominarían la cultura popular. Y es que, Superman podía volar, Batman disponía de una fortuna ilimitada y Spiderman escalaba edificios. Sin embargo, Tintín no hacía ninguna de esas cosas, sino que corría mucho, recibía más golpes de los recomendables y, sobre todo, preguntaba constantemente.

Su verdadera habilidad era la curiosidad y, aunque el personaje es definido como periodista, apenas se le ve escribiendo una noticia. Su profesión funciona como un pasaporte narrativo que le permite estar donde ocurren los acontecimientos, ya sea una conspiración internacional, un hallazgo arqueológico, una expedición científica o un golpe de Estado. Y su trabajo no consiste en publicar titulares, sino en buscar la verdad. Quizá por eso muchos periodistas confiesan que Tintín fue una inspiración para desarrollar su vocación cuando eran niños. Y, también, quizá por eso, Enrique Lucas acabaría siendo el máximo accionista de un holding de medios de comunicación como es el grupo Ediciones Plaza.

Tintín representa una idea romántica del oficio como es viajar hasta el lugar de los hechos, escuchar antes de opinar, desconfiar del poder y no abandonar nunca una investigación hasta encontrar la respuesta. Por eso no es casualidad que muchas de sus aventuras comiencen con una pregunta. ¿Por qué desaparece un barco en mitad del océano? ¿Qué ocurre realmente en aquel monasterio del Himalaya? La acción siempre nace de la curiosidad, no del espectáculo, en una clara apuesta por dedicar el tiempo necesario para comprender lo que está sucediendo.

Dibujarlo todo con una línea

La línea clara de los dibujos de Hergé no es solo un término con el que describir su estilo gráfico, sino que engloba una filosofía en su modo de contar historias. Frente al exceso de sombras y al barroquismo de otros autores, él opta por un dibujo limpio, de contornos definidos y colores planos. Cada viñeta debe leerse de forma intuitiva y no puede haber elementos superfluos. Todo al servicio de la narración. Una aparente sencillez que, en el fondo, escondía una enorme sofisticación.

La exposición alicantina permite apreciar esa obsesión por el detalle. Y es que los vehículos reproducidos a escala no son simples juguetes, sino que son pequeñas esculturas de ingeniería gráfica. El submarino con forma de tiburón, el hidroavión de La estrella misteriosa o el jeep lunar poseen la misma precisión que las viñetas originales, y contemplarlos es entender hasta qué punto Hergé convirtió los objetos en personajes. Otra de las claves de su inmortalidad.

El hombre que coleccionó un sueño

Igual que las historias de Tintín, toda gran colección nace de una pregunta. En algunos casos es cuánto vale esto. En otros, mucho más interesantes, la cuestión es distinta ya que aborda la forma de reunir todo un universo. Y eso es lo que ha hecho Enrique Lucas durante décadas. Su colección no responde al impulso de acumular objetos, sino al deseo de conservar una obra cultural desde todos los ángulos posibles. No solo desde los álbumes, sino también desde esculturas oficiales, vehículos, litografías, carteles, figuras de edición limitada y piezas promocionales que forman parte de la historia editorial de Hergé.

  • Rafa Molina 

Enrique Lucas no recuerda un día concreto en el que decidiera convertirse en coleccionista. «Hará más de treinta años; fue poco a poco», explica mientras observa unas piezas que durante décadas solo conocieron familiares y amigos. Todo empezó conservando los álbumes de su infancia y continuó después «con agendas, calendarios, relojes, litografías y figuras», según enumera. Pero, para él, lo que sí está claro es que una colección nunca nace como una inversión. «En lo último que piensas es en venderla; para mí no tiene precio», confiesa. Todos esos elementos los iba adquiriendo por el simple placer de seguir habitando el universo de Hergé. «No generas una colección de repente; vas comprando, la vas cuidando y un día te das cuenta de que ya tienes tantas cosas valiosas que puede considerarse una colección», resume. Una idea que explica por qué atesora las casi 550 piezas que ha reunido.

Durante mucho tiempo, el coleccionismo de cómic fue un pasatiempo menor, casi infantil, pero hoy las instituciones culturales han cambiado esa percepción. Los originales de Hergé se subastan por millones de euros y sus ilustraciones ocupan el mismo espacio que la pintura o la fotografía en museos internacionales. Pero el verdadero patrimonio rara vez empieza en una institución pública. Empieza en el salón de una casa, como la de Enrique Lucas. Durante años, aquel universo ocupó habitaciones enteras de su hogar sin que existiera la intención de mostrarlo públicamente y su decisión de exponerlo en Alicante nace de un impulso muy sencillo. «Ahora quiero compartir la colección con la gente que también disfruta de este universo», sentencia.

Muchas de las obras que hoy son admiradas, como estas, sobrevivieron gracias a personas que decidieron guardar aquello que otros consideraban efímero: revistas, juguetes, carteles, primeras ediciones o merchandising destinado a desaparecer. Y, en ese sentido, la colección de Enrique Lucas trasciende el ámbito privado para convertirse en un archivo de la cultura popular europea. Porque cada figura explica también una época. Las primeras reproducciones oficiales de los años ochenta poseen un acabado muy distinto al de las actuales. Las litografías muestran cómo evolucionó la impresión artística. Incluso los embalajes originales cuentan la historia de una industria editorial que entendió pronto que Tintín era mucho más que un personaje de papel. Y ahí reside el mérito del coleccionista, que no ha reunido solo objetos, sino décadas de imaginación.

Viajar con un álbum bajo el brazo

Hoy basta un teléfono móvil para recorrer cualquier rincón del planeta. Se puede caminar virtualmente por Tokio, sobrevolar el Himalaya o explorar el fondo marino sin moverse del sofá. Sin embargo, para quienes crecieron antes de internet, el primer pasaporte fue un cómic. Muchos lectores conocieron el desierto del Sáhara antes que Benidorm, descubrieron la selva amazónica antes que los Pirineos y aprendieron que existía el Tíbet.

  • El joven reportero y sus aventuras en el Castillo de Santa Bárbara -

Las aventuras de Tintín funcionaban como una enciclopedia emocional donde cada país estaba asociado a un color, un paisaje y una historia. «Tintín es un personaje totalmente desatado e increíble; yo me paseaba por el mundo como se pasea él», recuerda Lucas, quien además destaca la peculiaridad de releerlo hoy en día. «Hergé reflejaba el mundo y la época en que vivía; el contexto en el que escribió y dibujó aquello sería ahora imposible de contemplar», apunta. Y es que lo extraordinario es que el historietista no plasmaba lugares genéricos, sino que documentaba ciudades reales, puertos auténticos y montañas reconocibles. El Shanghái de El loto azul podía recorrerse sobre un mapa. Los monasterios tibetanos respondían a construcciones existentes. Los barcos mercantes copiaban modelos reales. Incluso las matrículas de los automóviles seguían criterios nacionales.

Aquella obsesión convertía la ficción en un territorio sorprendentemente creíble. Una generación entera que soñó con subir a un hidroavión gracias a La estrella misteriosa o con atravesar Escocia persiguiendo al gorila de La isla Negra. Y no era turismo, sino que era exploración, porque el lector viajaba a esos lugares para comprender el mundo, no porque necesitara fotografiarlo. Una idea ahora revolucionaria.

El álbum que cambió a Hergé

El loto azul es el libro con el que se puede entender el crecimiento y la evolución artística del dibujante porque, hasta ese momento, Tintín viajaba por países imaginados desde Europa, pero la amistad que forjó con Zhang Chongren transformó su método. El artista chino enseñó a Hergé caligrafía, pintura y cultura oriental, pero sobre todo le mostró el peligro de dibujar estereotipos. «Todo lo que iba descubriendo le fue construyendo como aventurero; disfrutaba de ese mundo y, de alguna forma, también luchaba contra él, porque fue haciendo de Tintín un héroe que perseguía la justicia, la igualdad y el bien», describe Enrique Lucas.

El resultado fue un álbum muy humano en el que los personajes chinos dejaron de ser caricaturas para convertirse en personas complejas con una sensibilidad
inusual para un cómic juvenil de los años treinta. Y, por primera vez, Tintín no llegaba como un europeo que todo lo sabía, sino como alguien dispuesto a aprender. Hubo un cambio de actitud y supuso un punto de inflexión.

Mucho más que un cómic infantil

Detrás de las persecuciones en las tramas de Tintín aparecen referencias al tráfico de armas, al colonialismo, a las dictaduras latinoamericanas, a la carrera espacial o al mercado internacional del petróleo. El humor sigue funcionando, pero las capas de lectura se multiplican cuando la relectura se realiza de adulto. Lo que de niño era una aventura, de adulto se convierte también en una reflexión política y social. «Era el Indiana Jones de principios del siglo pasado porque siempre estaba ahí, buscando el bien, desenmascarando a los malos y acogiendo a sus amigos. Era un personaje entrañable», apunta el empresario valenciano.

Esa capacidad para crecer junto al lector explica buena parte de su vigencia. Pocos personajes han logrado permanecer intactos sin parecer antiguos. Tintín no necesita teléfonos móviles ni redes sociales porque sus historias hablan de cuestiones mucho más profundas, como la amistad, la verdad, el miedo, la codicia o la lealtad. Son conflictos que no dependen de una época. Por eso, las nuevas generaciones siguen entrando en su universo sin sentir que están leyendo un clásico por obligación.

Los compañeros de Tintín

Tintín no viajó solo y eso lo hizo todavía más inolvidable. Y es que una de las genialidades de Hergé fue entender que las grandes aventuras no se sostienen sobre un protagonista perfecto, sino sobre un grupo de personajes imperfectos. El primero en romper ese equilibrio fue el capitán Haddock con su aparición en El cangrejo de las pinzas de oro. Hasta entonces, Tintín era casi infalible. Era inteligente, valiente y extraordinariamente prudente, hasta que Haddock l0 introdujo en el error, el enfado, la torpeza y, por tanto, lo hizo más humano.

Luego está el profesor Tornasol, quizá el científico más entrañable de la ficción europea. Sordo, despistado y brillante al mismo tiempo, representando esa idea tan característica de Hergé según la cual el conocimiento nunca está reñido con el humor. Y alrededor de ellos, Milú, Hernández y Fernández, Bianca Castafiore o Néstor, personajes secundarios que, con todo, tenían una identidad tan fuerte que cualquiera podría reconocerlos únicamente por su silueta.

¿Por qué sigue fascinando?

La respuesta fácil sería la nostalgia. La verdadera es mucho más compleja. Los niños y niñas de hoy no llegan a Las aventuras de Tintín porque sus padres les obliguen. Llegan porque sus historias siguen funcionando. La estructura narrativa continúa siendo ejemplar: capítulos breves, humor perfectamente dosificado, personajes inolvidables y un ritmo que convierte cada página en una invitación a seguir leyendo. Además, hay algo profundamente contemporáneo en su protagonista: en una época saturada de pantallas, algoritmos y respuestas inmediatas, Tintín representa exactamente lo contrario, el placer de hacerse preguntas.

Nunca presume de saberlo todo. Pregunta al marinero antes que al ministro. Escucha al pastor antes que al experto. Se equivoca, rectifica y vuelve a empezar. Es un héroe construido desde la curiosidad y no desde la superioridad. Esa actitud conecta sorprendentemente bien con una generación que vuelve a valorar el viaje como experiencia, la naturaleza, el conocimiento y las historias capaces de escapar del cinismo. Tintín no ironiza sobre el mundo; se maravilla ante él. Y esa mirada sigue siendo contagiosa.

  • Rafa Molina

Alicante, capital tintinófila

No deja de ser poético que una fortaleza medieval del Mediterráneo se haya convertido en el refugio de un reportero belga nacido hace casi cien años. El castillo de Santa Bárbara siempre ha sido un lugar desde el que mirar lejos y, de alguna manera, ese paisaje dialoga con la esencia de Tintín a través de la necesidad permanente de partir hacia algún lugar desconocido. Algo a lo que pretende dar respuesta la
programación cultural del baluarte. «No habría hecho la exposición si no hubiera sido en este marco; el castillo es una joya y pensé que era el único sitio donde verdaderamente se podía apreciar bien», confiesa Enrique Lucas.

La exposición organizada en la sala Taberna no pretende competir con los grandes museos europeos dedicados a Hergé, sino que gira alrededor de la idea de acercar un patrimonio privado excepcional al público general, demostrando que la cultura popular merece ocupar espacios históricos con la misma dignidad que cualquier otra disciplina artística. Incluso cuando el propio propietario no es consciente de lo que posee hasta que lo muestra. «Quien más satisfacción tiene por haber mostrado la colección soy yo; ya he ido a verla seis o siete veces, no sé, y voy a seguir yendo porque me gusta mucho verla», apunta, con el orgullo de quien descubre un tesoro.

Bajo el título de El joven reportero y sus aventuras en el Castillo de Santa Bárbara, la ciudad está recibiendo a aficionados llegados desde distintos puntos de España. Algunos viajan para poder contemplar esta colección y otros descubren por primera vez el universo tintiniano aprovechando la visita al castillo durante estos meses. Un tiempo en el que Enrique Lucas reconoce extrañar sus posesiones. «Se echa muchísimo de menos y, de hecho, me he quedado algunas piezas para tenerlas más a mano», admite.

A la exposición ha llevado entre un 75% y un 80% de lo que atesora, y sigue incorporando piezas. En los últimos días acaba de salir un barco del Museo Imaginario con el que amplía una colección en la que también tiene sus objetos favoritos. «Hay piezas que te tiran más que otras, como el Tintín a caballo en América, que es una de las figuras más entrañables, pero también me gusta mucho la figura grande de Haddock, porque tener al capitán a tamaño natural, con toda su expresión, es algo muy especial», describe. Y luego está el coche lunar, «que tiene un detalle muy grande», o las figuras de plomo, «que también tienen un mérito tremendo poque están muy bien hechas y reflejan la propia viñeta», destaca, incapaz de decidirse solo por un objeto.

«Si has leído los cómics varias veces, ves las figuras y reconoces enseguida el álbum y la viñeta, porque están hechas con mucha precisión, e incluso los coches tienen una escala que permite recrearse en cada uno de ellos, viendo el detalle y los personajes dentro», explica el coleccionista casi con devoción al ver todas las piezas en exhibición. «Merece la pena dedicarle tiempo», sentencia sobre la exposición, organizada por cronología y temática. Una oportunidad que puede que no se vuelva a dar. «Si veo que la gente quiere verla también en otros sitios y se dan las condiciones de seguridad, quizá me anime de nuevo, pero mi satisfacción ha sido ver la colección expuesta y ya estoy deseando que vuelva a casa», reconoce Enrique Lucas, al tiempo que anima a visitarla en Alicante. «Me gustaría que lo disfrutasen quienes lo aprecian». Quienes recorren con emoción ese mapa de aventuras que forma parte de la memoria colectiva europea a través del personaje de Hergé, quien consiguió construir un lenguaje común entre generaciones.

 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 140 (octubre 2026) de la revista Plaza

 

 

Recibe toda la actualidad
Valencia Plaza

Recibe toda la actualidad de Valencia Plaza en tu correo