El pasado septiembre, Daniel Monsonís, el más ecléctico entre los importadores de la capital del Turia, organizó la presentación del nuevo libro del controvertido Santiago Rivas en El Rodamón de Russafa, sede de innumerables eventos para enópatas.
Santi es un viejo conocido de mis cinco lectores: fundador del Colectivo Decantado, exasesor financiero reconvertido a divulgador; es un personaje irreverente y cáustico (tal vez demasiado propenso al lenguaje soez) que no admite medias tintas: o se le ama o se le odia. Yo admiro la inteligencia y la capacidad oratoria, así que me considero fan del madrileño con gafas, aunque entiendo la postura de muchos de sus detractores que le acusan de excesiva condescendencia con según qué monstruo sagrado del sector.
Pero hemos venido a «hablar de su libro» y es difícil conseguirlo sin hacer un espóiler. Evidentemente recomiendo su lectura, que resulta amena y ayuda a entender mejor un mundo que al profano suscita temor reverencial. Me quiero centrar en el título del libro: Vinos gentrificados, para subrayar un tema tratado en otras ocasiones en estas líneas. Los que tuvimos la suerte de probar ciertos productores a precios asequibles, ahora vivimos una profunda frustración viendo como esas botellas de culto se han transformado en un coto privado de ricachones dotados de escasa o nula sensibilidad, que utilizan la cartera como única herramienta para disfrutar de vinos víctimas de una especulación masiva e incontrolada. Santi pone varios ejemplo de productores, que ya conocemos todos por haberlos mencionado repetidas veces (aunque el listado vaya lamentablemente en aumento), y luego se centra en unas chuscas clasificaciones que no perdonan a nadie del sector: desde las bodegas a los divulgadores, pasando por los sumilleres y los wine bars.
En su panorámica del mundo vitivinícola, diferencia entre 'civiles' (el gran público) e 'iniciados' (los wine-lovers más o menos profesionales), lo cual en parte es cierto, empero, bajo mi punto de vista, es la madre del cordero de la devastadora crisis que está golpeando el sector. Demonizar los vinos baratos y ceñir el consumo de ciertas botellas a un reducido número de personas producirá ineluctablemente la desaparición de la industria, dejando el flanco descubierto a los ataques de los integristas antialcohol. El hecho de que, por ejemplo, en EEUU, los jóvenes no beban vino (repito por enésima vez, no es absolutamente comparable con las otras bebidas alcohólicas) es una señal más que alarmante, que deja a los debates sobre el precio de un Overnoy o un Kagami cual chácharas al viento. Si los profesionales no conseguimos conectar con las nuevas generaciones y convencer a la Administración de que el vino es un producto cultural milenario, capaz de ensalzar un paisaje y, otrora, de ser motor económico para regiones condenadas al despoblamiento, poca importancia tendrá que una Romanée Conti cueste 20 o 30.000 euros. El vino pasará a ser una presencia anecdótica en las mesas (de hecho, en los restaurantes, el agua es cada vez más protagonista) y los comensales estaremos condenados a maridar los platos con las nefastas kombuchas o parecidas bebidas 'saludables' (¡Dios nos libre!).
Entre tantos desoladores agüeros, sigo teniendo la esperanza que viene del mero empirismo. Muchas veces, cuando se descorcha en ambiente festivo y a precios asequibles, la cantidad de botellas vacías sorprende incluso a los más optimistas (soy testigo ocular). Eso demuestra que la gente sigue teniendo sed y que el vino debería ser el catalizador de una diversión más controlada, exenta de los energúmenos consumidores de cebada fermentada. Si añadimos que hay cada vez más productores capaces de ofrecer altísima calidad a precios más que comedidos, la ilusión es que el libro de Santi sea una clave para entender un mundo vivo y en constante evolución, antes que el epitafio nostálgico de un áureo pasado. Salut!
* Este artículo se publicó originalmente en el número 132 (diciembre 2025) de la revista Plaza