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EL MURO / OPINIÓN

Rifa de subvenciones

Nos quedaba por descubrir la tómbola de las subvenciones. Una nueva forma de interpretar una política cultural desconocida

1/11/2020 - 

Una política cultural en sí misma es el resultado de la aplicación de un modelo de gestión definido y claro para la sociedad que la acoge. Esto es, una serie de prioridades sobre las que se actúa con dinero público pero con fines y resultados. Una política cultural es actuar sobre hechos, carencias y necesidades, pero también planificación a largo plazo, y que ese mismo modelo crezca sin interrupciones ni cambios drásticos con el paso de los tiempos, gestores y las propias transformaciones políticas. Y con reversiones sociales. 

Por desgracia, eso no ha sucedido en esta autonomía donde no ha existido desde hace décadas un modelo de política cultural, sino múltiples y hasta inverosímiles formas de gestión que se han modificado o transformado con cada legislatura, e incluso en una misma, según quien ocupase la cartera correspondiente. ¿Imaginan al Prado o a la National Gallery cambiando de línea cada cuatro años, o a la Compañía Nacional de Teatro Clásico o al National Ballet de cualquier país del mundo modificando su sentido y repertorio, según el responsable del momento y su signo político? No, si se tiene coherencia y líneas definidas. Por lo que no primará el nombre de sus directores, que es lo de menos, sino el proyecto. Eso aquí es imposible. El yo prima siempre sobre el qué. Más aún con las redes sociales como trampa e instrumento publicitario.

Tuvimos un modelo inicial de creación de infraestructuras, consenso y reconocimiento de un tejido cultural e inicial atención de prioridades a todas luces necesarias; un segundo, de creación de infraestructuras icónicas sin fondo presupuestario pero tampoco argumentación clara conocida y el abandono o la usurpación de antiguos formatos. Ahora asistimos, o hemos asistido desde la entrada del nuevo gobierno de izquierdas, tanto en lo autonómico como en lo provincial o local a más de lo mismo y hasta en un “modelo” de “modelos” que funciona según el partido en el poder o su responsable, en muchos casos sin bagaje contrastado, por mucho que existan sinergias ideológicas cuando se habla de coaliciones.

Desde el primer momento, y ahí queda  en las actas impresas  de un congreso sobre política cultural organizado a primeros de los noventa por el Consell Valencià de Cultura, cuál fue mi reflexión. Apenas me he movido en todos estos años: el Estado debe crear las infraestructuras, poner los cimientos, incentivar la creación, pero dejar que ella misma se consolide para dejarla correr sin intervenciones y aún menos dependencia económica al uso o eterna. 

Al parecer, me equivoqué. Desde aquel momento y hasta hoy los gobiernos no se han preocupado por consolidar infraestructuras, apostar por la innovación o reforzar proyectos, sino más en un dirigismo absoluto y, sobre todo, en una injerencia insaciable. Cada vez me cuesta creer que aún exista una cultura de absoluta dependencia política y orgánica de la que apenas se benefician los de siempre, aquellos que profesionalmente viven de los diarios oficiales o los boletines provinciales como auténticos profesionales del papel oficial. 

 Foto: ESTRELLA JOVER.

He creído en los institutos culturales como elementos o escenarios que no puede ocupar el sector privado y crean líneas de producción e identidad, o en los organismo editoriales ocupados en la recuperación de nuestra memoria e historia, pero no como agujeros negros donde todo vale, aunque no valga nada y justifique la presencia de aquellos próximos al poder de turno.

En los últimos tiempos se ha creado un nuevo modelo de gestión cultural o una decadencia del mismo que algunos llaman compra de voluntades. Y es la subvención para todos sin discreción, aunque sea mínima, gracias a las que viven momentáneamente las administraciones de su repercusión a cambio de una ayuda, pese a que su presencia sea únicamente económica y no deje de ser una foto oficial o una barricada “cultural” de apoyo político.

Estamos rodeados de festivales que se duplican, de proyectos que se solapan y hasta los estamentos públicos se han convertido en mecenas o simples promotores de eventos y actividades puntuales que no son de su competencia. Pero no existe filtro. No entiendo qué hace una institución pública organizando espectáculos musicales de corte pop cuando su fin es el libro o el patrimonio, o a una concejalía alentando el denominado arte urbano a través de nuestro patrimonio cuando lo que hace o provoca es el efecto contrario y justifica que se ensucien nuestras calles y monumentos. No se trata solo de programar salas de exposiciones o museos sino de mantener una coherencia expositiva o ser canal de investigación: menos aún con lo que nos cuesta al año. No se trata de una defensa de lo privado, pero sí de una crítica a lo público para justificar un cargo, un hecho o una gestión que después no se promociona ni se publicita, pero devora el tiempo y el prestigio.

Ahora con esto de la pandemia hemos descubierto un nuevo modelo de gestión en el ámbito de la “cultureta”, o más bien de la gestión del dinero público asignado para tal efecto, como es el puro sorteo de las subvenciones a todo aquel que cumpla unos requisitos como “tener el domicilio fiscal o una sede comercial en la ciudad de Valencia, estar dados de alta en el registro cultural correspondiente y ser asociaciones, empresas o autónomos dedicados al mundo de la cultura” , cuando habría que atender a su fin o necesidad y sobre todo a una reversión social. Hasta creo que son a fondo perdido pero sin contraprestación. Pero es lo que va a aplicar nuestro Ayuntamiento de Valencia o sus organismos culturales “responsables” para contentar momentáneamente a determinados sectores a causa de esta maldita pandemia. 

No entiendo esta decisión que no responde ya a ningún objetivo, aún menos de futuro. Es mi impresión. No garantiza cultura de esfuerzo, emprendedora y muchos lo entienden como una limosna para contentar a ciertos sectores y acallar previsibles voces críticas. Todo lo contrario de lo que se espera. Creo que es un error que responde a una total ausencia de ideas. Inexistencia de modelo de política cultural. Un reparto económico que sólo beneficia por un tiempo pero aboca a un fracaso futuro a la hora de incentivar la creación, lo que estos mismos gestores de ahora llaman “Oh, la cultura”, pero como aspiraciones provincianas. Las instituciones no están para regalar sino para levantar con criterios claros y objetivos. Si existen, o se esperan. Pero hoy hasta el último político programa o sibilinamente sugiere. Son  fenómenos encantados de conocerse pero con el talonario y la capacidad de reparto en la mano.

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