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NOSTÀLGIA DE FUTUR / OPINIÓN

Rita Barberá, alcaldesa suspendida

Foto: EVA MÁÑEZ
22/09/2016 - 

Parece que el mito de Rita Barberá ha caído definitivamente en desgracia. Aferrada a su condición de senadora y fuera de la disciplina de partido protagoniza memes, sornas y críticas más o menos desafortunadas. Personalmente pienso, como la profesora Remedios Sánchez Férriz, que muchos de los ataques a su persona son desproporcionados y de mal gusto.

El relato imperante en los medios es el de un animal político que no supo marcharse a tiempo. Voces y crónicas relatan su avasallador éxito en las urnas y parecen dibujar el retrato de una líder que hizo bien su trabajo, que empujó la transformación de su ciudad, pero que de alguna manera mágica, insospechada, se volvió loca. ¿Cómo una gran gestora, cercana a sus ciudadanos e invencible electoralmente se volvió de repente incapaz y corrupta?

No fue una gran alcaldesa a la que le sobrevino la locura, Rita Barberá fue una mala gestora

La respuesta es fácil pero no directa. Rita Barberá no fue una buena gestora, Rita Barberá no fue una buena alcaldesa. No se trata de corruptelas sobrevenidas sino de la punta del iceberg de una (nefasta) manera de gobernar.

Es cierto que las décadas de gobierno de Rita Barberá fueron acompañados de crecimiento económico y de aquello tan difícil de valorar de "ponernos en el mapa", pero si analizamos con detenimiento su visión y sus políticas el balance es muy negativo.

Las transformaciones urbanas importantes de la ciudad: el río, el paseo marítimo, el soterramiento de las vías de Serrería o los equipamientos e infraestructuras públicas fueron herencia del equipo de Ricard Pérez Casado, mucho más preocupado en el análisis, la estrategia y la rendición de cuentas.

Las políticas urbanísticas de Rita tuvieron más que ver con generar desarrollos inmobiliarios especulativos alrededor de los equipamientos (como CACSA y el Palau de Congresos) dejando de lado a la ciudad consolidada, excepto l’Eixample sin contar Russafa. Los equipamientos de proximidad y la escala de barrio se dejaron de lado enterrando la gestión vía distritos que propuso el PSPV.

Las políticas de movilidad supusieron la apuesta desmedida por el coche privado en contra de lo que venían proponiendo las ciudades europeas desde los ochenta. Lo que es aún peor, y no solo por lo que respecta a la prestación de servicios sino desde el punto de vista identitario, la Valencia de Rita negó su condición de capitalidad y su escala verdaderamente metropolitana. Nunca Valencia ha vivido más de cruces a dentro.

Valencia dejó mirar a referentes internacionales a escala humana para verse reflejada en espejos distorsionados y megalómanos. No se interesó en viajar e importar y contextualizar aquello que funcionaba en otro sitios.

La Valencia de Rita fue la de la alianza perfecta entre promotores inmobiliarios y poder político, la de la oposición a la cultura. Una Valencia vetada para muchos de sus más importantes creadores.

A la vez, no debemos olvidarlo, que se empezaban a dibujar muchos de los elementos de la Valencia post-crisis, siempre al margen de las políticas públicas. De Benimaclet al Cabanyal. Mientras la Valencia de Rita seguía obsesionada con modelos obsoletos para llegar al mar, a cuatro carriles por banda.

Rita fue la alcaldesa del pensamiento vacío y del urbanismo a veces mediocre y otras veces directamente tóxico. Su ridícula actitud reciente no debe eclipsar el merecido suspenso a su gestión.

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