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Sandokán: erotismo y aventuras a la malaya

Una historia de aventuras sirvió para consagrar a un mito erótico. El príncipe Sandokán, convertido a la fuerza en pirata, llegó para reinar en la aburrida televisión española de 1976

23/06/2020 - 

VALÈNCIA.-Finales de noviembre de 1976. José María Íñigo, el maestro de ceremonias por antonomasia de la televisión, agasaja al actor indio Kabir Bedi. Recién llegado de Londres, Bedi se muestra amable y algo abrumado. En el escenario del madrileño Florida Park, lugar desde el cual se emite en directo Esta noche... fiesta, el Ballet Zoom se descoyunta al ritmo de la canción Sandokán. La estrella del momento está en España. Millones de espectadores han seguido sus aventuras en la miniserie italiana Sandokán. Seis episodios bastaron para hacer de Bedi uno de los hombres más deseados del planeta. Desde el instante en el que pisa suelo español, el actor es consciente de su popularidad. Lo que no se imagina es que habrá grupos de admiradoras que lo perseguirán y acosarán como si de The Beatles se tratara. Alguna que otra camisa del actor quedó hecha jirones. La frase que acompañaba a estos asaltos fue un grito de guerra que también tenía mucho de reivindicación feminista: «¡Queremos un hijo tuyo!». Sandokán ni siquiera estaba entonces en pantalla. Su último capítulo se emitió en febrero de 1976.

El éxito de Sandokán no fue un fenómeno exclusivamente español: en Italia también cautivó a millones de personas. Pero, como muchos otros productos para la pequeña pantalla, la serie encontró aquí un contexto único. Nada podía ser visto con los mismos ojos que en otros países, porque en España acabábamos de librarnos de una dictadura. Sandokán tenía de por sí muchos ingredientes para ser un éxito porque adaptaba, con cierta libertad, los dos primeros libros de Emilio Salgari consagrados al pirata malayo. Salgari era uno de los grandes de la literatura de aventuras y viajes, así que, solo por eso, el éxito estaba asegurado. Pero aquí vimos al pirata con otros ojos.

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La televisión en color ya se había integrado a la cotidianeidad de las familias españolas y la serie estaba rodada, tal como impuso su director Sergio Sollima, en exteriores, con paisajes y actores asiáticos. Un exotismo multicolor al cual había que sumar la inusual presencia que Bedi aportaba a su personaje. Alto, guapo, fuerte, indómito... Bedi convirtió al personaje de ficción en un héroe de carne y hueso pero, sobre todo, de carne. Lo tenía todo para enamorar. Un príncipe malayo, despojado de sus posesiones por los pérfidos invasores británicos, que se convierte en pirata para subvertir así los roles habituales en este tipo de tramas. Aquí, los malos son los buenos y viceversa. Y mientras tanto, Sandokán, espada en mano, melena al viento, los va poniendo a todos en su sitio.

* Lea el artículo completo en el número de junio de la revista Plaza

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