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tiempos modernos

Santiago Isla: "El malditismo puede ser una exageración de esta incertidumbre"

13/05/2020 - 

VALÈNCIA. Santiago Isla debuta en el mundo de la literatura adscribiéndose a una tradición fecunda -la de escritores paseantes- que ahora ve mermada su capacidad para hacer lo que más ansían: pasear por ciudades. Además, Buenas noches, título del libro publicado por Santiago en Círculo de Tiza, tiene como escenario Madrid, una de las ciudades más castigadas por la pandemia que ahora padecemos. En mitad del confinamiento y con la literatura como excusa, hablamos con Santiago Isla, rememorando aquello que hasta hace poco apenas valorábamos: el placer sencillo de pasear por la ciudad amada.

-La primera pregunta es obligada, Santi: ¿cómo lleva un flâneur como tú un confinamiento como este?
-Pues con bastante dignidad, creo. Con la compañía de libros, discos, películas y, sobre todo, la de alguien que me lo ha puesto todo más fácil.

-Madrid es la gran protagonista de tu libro Buenas noches. No sé qué sensación has tenido estos días al vivir una ciudad desierta. Hay un libro estupendo de Deyan Sudjic, Director del célebre Museo de Diseño de Londres, que dice que “una ciudad está hecha por personas” y que “cada ciudad es una experiencia única”. Me pregunto qué tipos de ciudades serán las del futuro, sin casi personas y ¿en qué consiste tu identidad como madrileño si, por ejemplo, la contraponemos a la de un moscovita, londinés o neoyorquino?
-El primer día que se pudo pasear acabé subiendo y bajando Gran Vía un par de veces y, la verdad, me emocioné. Volver a ver a tanta gente me hizo una ilusión tremenda, aunque todos fueran desconocidos. De las ciudades del futuro no te sé decir, pero lo que tengo claro es que Madrid es una ciudad que se vive en la calle, que esa es su identidad, y por ende la de los que la habitamos. Te diría que al madrileño, en relación con el moscovita, el londinés o el neoyorkino, lo que más le diferencia es lo mucho que le gusta la gente.

-Y las terrazas de Madrid que tú describes tan bien en el libro cuando dices: “La terraza es gata, una parte de nuestro escaso patrimonio, porque Madrid como región no es nada; es España, simplemente un marco”. ¿Qué tienen esas terrazas?
-Pues esas terrazas tienen la vida, o al menos nuestra forma de entenderla. España es un país extraordinariamente extrovertido, y con esta limitación (igual que con todas las otras) nos sentiremos todavía un poco encerrados, aunque podamos salir de casa.

-En el libro hablas de París, una ciudad muy bien novelada por autores como Duras, Hemingway, Vila-Matas, Modiano o Cortázar. Madrid ha sido menos contado y, en cualquier caso, si alguno sobresale es el Madrid galdosiano que, por cierto, comparte con tu libro muchos escenarios... ¿Ha sido Madrid menos literario que otras ciudades?
-En parte sí y en parte no: es obvio que no puede compararse con París, que ha sido durante siglos capital de la cultura, pero sí que se ha hecho literatura maravillosa sobre Madrid. El de Galdós, personalmente, no me interesa demasiado. Me fascina el de Baroja, pesimista, con sus niños maleantes; el de Cela, de posguerra, cuando siempre hacía frío; el de Umbral y los arribistas que venían de provincias a la capital.

-Tu libro es claramente generacional y en ella se percibe algunas de las características que se asocian a ella: frivolidad, egocentrismo y algo de tristeza, de melancolía. Me pregunto por qué no hay ningún impulso especialmente creativo en la juventud que tú dibujas en este libro.
-Hay que tener en cuenta que en este libro todo se ve bajo la mirada del protagonista que, como tú bien dices, es frívolo, egocéntrico y melancólico. Pensando en la segunda característica, no es que la juventud no sea creativa, es que al protagonista le da completamente igual lo que sean o dejen de ser. Él está completamente ensimismado en su ensoñación, y lo que sale de ella le importa bien poco. A título personal, no tengo mala imagen de mi generación. Tiene sus tonterías y sus fobias, como todas, pero no es peor que la anterior. 

-El sentido del humor es fundamental en el libro y, naturalmente, es un signo de inteligencia. ¿De qué te ríes a menudo?
-De muchas cosas. Intento reírme mucho de mí mismo. De hecho, hay algún aspecto del personaje que es básicamente una gran broma paródica sobre mí.

-Este libro es muy nocturno y de él se revela que el insomnio es un potente factor narrativo. No sé si compartes la idea del insomnio paralizador o del insombio como generador de ideas.
-Entiendo que el insomnio es, sobre todo, angustioso. El poder hacerlo productivo exige la asunción de que no se va a pegar ojo, que me parece muy difícil. En este libro se encara con resignación: no se pretende hacer nada de provecho, ni aprender nada. Se sale a pasear por pura inercia.

-En la novela también hay mucho de malditismo que recuerda a nombres como Verlaine, Rimbaud o Mallarmé... Es decir, esa idea de que esa noche en la que escriben o pasean puede ser la última. ¿Es algo que esta generación recupera?
-Cada generación tiene sus problemas, pero está claro que la mía, por lo que ha vivido en los últimos diez o doce años, quizás no tenga una perspectiva de futuro tan clara. El malditismo puede ser una exageración de esta incertidumbre: voy a hacer lo que quiera porque, total, ya estoy condenado.

-Hasta ahora has escrito, sobre todo, canciones. Es la primera vez que te enfrentas a una novela. ¿Cómo es el proceso de escritura en un formato y en otro? Ya sabes que hubo cierta controversia cuando se le concedió el Nobel a Dylan... 
-Los procesos tienen sus matices, pero al final son muy parecidos: básicamente, una cuestión de codos. Creo mucho más en la artesanía que en el arte.

El Nobel a Dylan me parece bien, claro. Como escritor (lírico, en este caso) es el más importante de los últimos que han recibido el galardón. De hecho, te diré que varios de los premiados más recientes no sabía ni quiénes eran hasta que ganaron el Nobel. 

-Tienes un blog en ABC titulado 'Sonajero' donde vuelcas buena parte de tus reflexiones. Y en una de las últimas decías algo que me llamó la atención: “El impulso de escribir, que suele nacer en la adolescencia, siempre tiene dos padres: la fascinación y la vanidad”. Me preguntaba si por ahí no podía colarse también la curiosidad y, sobre todo, cuándo nació en ti la pasión por el lenguaje.
-Cuando digo fascinación, incluyo también la curiosidad. No recuerdo bien cuando nació en mí la pasión por el lenguaje, pero sí sé que desde siempre ha estado presente en mi vida. En mi casa había muchos libros y constantemente se hablaba sobre ellos.

-Por último, ¿cuál es tu lugar y tu plan perfecto para hacer en Madrid?
-El Museo del Prado, cualquier hora, cualquier día.

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