Cultura

Borja Cobeaga: "Que la gente se ofenda lo considero un derecho"

El director y guionista de la serie 'Su Majestad' y de la película 'Los aitas' participa este jueves en una nueva sesión del ciclo 'Palabra de cine' del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

  • Borja Cobeaga

ALICANTE. Queda lejano su paso por Vaya semanita, el programa de humor en la televisión pública vasca en el que hace más de dos décadas puso las bases de una creatividad que dejó después su huella en la historia de la cinematografía española. Borja Cobeaga (San Sebastián, 1977) ha hecho sátiras sobre estereotipos de género, sobre los símbolos y señas de identidad de los territorios, sobre política e incluso sobre ETA, demostrando que se puede hacer humor con casi todo. Ha sido guionista en Ocho apellidos vascos (2014) o Superlópez (2018), pero también ha conjugado la escritura con la dirección en largometrajes como Pagafantas (2009) o Fe de erratas (2017). Ahora vuelve a innovar y presenta al espectador la primera serie cómica española sobre la realeza, Su Majestad, que se puede ver en Amazon Prime Video. Además, acaba de estrenar la película Los aitas, una "comedia pocha", como él la describe, que juzga con cariño a los padres de los ochenta. Sobre los dos proyectos hablará este jueves, 3 de abril, a las 18:30 horas, en la Casa Bardin, sede del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, durante una nueva sesión del ciclo Palabra de cine

— Has hecho sátiras sobre toda clase de estereotipos ¿Ha quedado demostrado que se puede hacer humor con casi todo?

— Muchas veces, a Diego San José y a mí, se nos relaciona con un humor irreverente y rompedor, pero creo que somos bastante suaves en nuestro tono, aunque es cierto que elegimos temas llamativos. No porque sean intocables, sino más bien porque no se suelen tocar. La gracia la veo en poner en pantalla lo que la gente comenta en la calle. En la Euskadi de principios de siglo, en la calle se hacían chistes sobre el problema vasco, o sobre que era difícil follar allí. Y en toda España se hacen chistes sobre la monarquía, pero no se había hecho nunca una serie cómica sobre la realeza como Su Majestad.

Siempre me parece que se va a armar una buena cuando sacamos una serie o película así, pero al final no pasa nada, porque el público está bastante más avanzado de lo que los creadores, guionistas o productores pensamos. Sucedió con Ocho apellidos vascos. Los productores pensaban que la gente no iba a recibir bien ciertos chistes, pero Diego y yo estábamos seguros de nuestro material, ya que en Vaya semanita la cosa había funcionado bien. Y ahí funcionó incluso mejor.  

— Debes saber perfectamente dónde está el límite entre el chiste y la ofensa ¿Crees que le tienes cogida la medida al espectador para que se divierta sin enfadarse?

— La ofensa es muy voluble. Un chiste es algo racional, algo que apela al cerebro, mientras la ofensa viene de las tripas, con lo que es imposible calcularla. Pero de igual manera que defiendo la libertad de un humorista para hacer un chiste, es importante dejar claro que la ofensa también es libre. Si eres alguien que trabaja de cara al público haciendo humor, tienes que estar dispuesto a recibir críticas. Otra cosa es que se transforme en un juicio por ofensas a la Corona o a los sentimientos religiosos. Ahí ya entra un tema legal que poco tiene que ver con la indignación, sino más bien con leyes o jueces nostálgicos del pasado, que pueden condenar a alguien por hacer un chiste sobre Carrero Blanco o rapear sobre el Rey emérito. Que la gente se ofenda lo considero un derecho del público. Meter en la cárcel a un cómico ya me parece un abuso y una injusticia.

— ¿Se van acabando los estereotipos o te retrotraes a los años ochenta por nostalgia?

— Ojalá quien vea Los aitas no crea que es una peli nostálgica, porque no pretende serlo. Quiere mostrar unos años ochenta no idealizados, algo duros, con gente que se iba al paro y una relación entre padres e hijas muy fría. Desde luego, hay elementos de la época que nos hacen pensar en Yo fui a EGB, pero son accesorios. Me apetecía retratar una época triste y no especialmente bonita. Es una época de cambio, de la reconversión industrial, la caída del Muro de Berlín... Es un momento de transformación y la forma de contar eso es a través de una comedia melancólica. Yo la llamo "comedia pocha". 

— ¿Qué pensaste cuando echaste la vista atrás para analizar la paternidad y has visto cómo hemos cambiado?

— Si he situado la película en los ochenta es porque me parecía interesante ver en qué momento cambió el modelo de paternidad. Tenemos aún muchas cosas que ajustar en nuestro rol de padres, pero sin duda se ha avanzado mucho en los últimos cuarenta años. La película juzga con cariño a los padres de los ochenta. Hay crítica a su actitud, pero también hay ternura y comprensión.

Los padres pasotas como los de la película tenían una cosa muy buena (involuntaria seguramente, pero buena, al fin y al cabo) y es que, como pasaban de nosotros, hemos sido capaces de tener mucha independencia; hemos crecido a nuestro aire. Ahora, yo me considero lo que llaman un "padre helicóptero", un tipo muy tenso con la crianza de su hijo. De hecho, mi chaval piensa que soy demasiado protector. Los padres antiguos eran un desastre, pero es que les habían educado así. No tenían herramientas para ser de otra manera.

 

— Claro, tú eras uno de esos niños de padres ochenteros…

— Sí. De hecho, una gran inspiración para la peli está en el viaje en autobús de Bilbao a Berlín. Ahí hay mucho de una excursión que hicimos en el colegio para ver la Expo de 1992, en un bus viejo e incómodo similar al que aparece en Los aitas. Fueron muchas horas de bus entre San Sebastián y Sevilla, y usé ese recuerdo para escribir el guion, sobre todo la incomodidad de los asientos, la imposibilidad de dormir y lo asqueroso que se ponía el pan de los bocadillos tras dos días de viajes. El asco de los bocatas de mortadela con pan que parece chicle fue algo que viví yo mismo y puse en la peli.

— Cuando escribes y no diriges, ¿notas mayores diferencias entre lo que plantea el texto y cómo acaba plasmado por los personajes?

— Sí, noto una gran diferencia porque algo fundamental en la comedia es el tono. El tono y el ritmo lo es todo y, normalmente, ninguno de los dos está en el guion. Está en el reparto que elige el director, en la mirada de este sobre el material. Con el mismo guion se pueden hacer dos películas muy diferentes y eso es porque el director manda y yo tengo que aceptar lo que acaba en pantalla. Desde luego, me gusta opinar y tomar alguna decisión, y creo que en mi caso me siento afortunado. Por ejemplo, Víctor García León acaba de rodar un guion mío y, tanto él como los productores, me han permitido opinar mucho sobre los actores que componen reparto y participar en decisiones que normalmente no son consultadas con el guionista. Por otro lado, también me ha pasado que he visto películas sobre guiones míos que me han parecido más fallidas. Pero es lo que hay. No me quejo. 

Entonces, ¿te sientes más cómodo escribiendo y dirigiendo a la vez?

— He encadenado los rodajes de Su Majestad y Los aitas, por lo que me he convertido un poco en lo que la película critica. Es decir, en un padre ausente. Y me da rabia, porque he estado muchos meses fuera de casa y me he perdido muchas cosas de mi hijo. Por eso, un día le dije que podría dejar un poco de lado la dirección para centrarme en escribir. Así estaría más tiempo en casa y menos fuera, en rodajes. Además, se me dan mejor los guiones. Me considero mejor guionista que director.

Mi hijo me contestó que no dejara de dirigir, porque él tampoco es un gran jugador de fútbol, pero sigue jugando. No sé si es un gesto de cariño por parte de mi chaval o una crítica feroz a mi valía como director, pero justamente es lo que me pasa dirigiendo, que me divierte mucho y por eso no quiero dejar de hacerlo. Y que sean mis guiones, por supuesto. Estoy ya en la segunda mitad de mi carrera y lo único de lo que quiero hablar es de mis mierdas.

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