VALÈNCIA. De un tiempo a esta parte en España, las noticias sobre defectos de forma en los casos de narcos son ya una costumbre, así como las de policías implicados en esas redes. Convertirnos en un narco-Estado es muy seductor ahora que ya hemos logrado llegar a ser un país asquerosamente racista, como la Europa civilizada, que ha estado muchos años por delante de nosotros en este campo.
La corrupción policial e institucional ha sido tratada en la pantalla una y mil veces, la célebre The Wire quizá fue la consagración del mito, pero para mí hay un fetiche mucho mayor, El Príncipe de la Ciudad (en Filmin), que se basaba en un caso real y que fue un referente claro para la serie de David Simon. La película, de Sidney Lumet, en 1981, contaba la historia de un policía que decidía colaborar con la fiscalía para desmantelar las redes mafiosas y de corrupción dentro de la policía.
Era el Nueva York distópico del que hablábamos hace unas semanas. Una ciudad que había sufrido una desindustrialización total y una huida de las clases medias, de modo que se quedó sin recaudación fiscal. En un contexto de fuerte aumento del desempleo, las casas se caían a cachos, los barrios populares parecían un escenario de guerra y, en ese contexto de crisis a todos los niveles, la heroína entró hasta el fondo. Tanto, que prácticamente todo el NYPD acabó corrompido.

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La primera vez que vi El príncipe de la ciudad quedé fascinado. Luego los críticos intentaron estropeármela. Se leía por ahí que el protagonista, Treat Williams estaba sobreactuado, que la realización de Sidney Lumet era plana y televisiva, que su cine era “demasiado psicológico”. Me indignaban esos comentarios y, ahora, tras volver a verla, pienso que igual algo de razón llevaban, pero no me importa. Sigue siendo un placer para los sentidos.
A Lumet lo que más le preocupaba era el realismo. Para ello contó con unos cincuenta actores no profesionales en un guión con 130 personajes (se dice que Bruce Willis era uno de los secundarios, he vuelto a verla y no he dado con él). Pero lo importante es que no hay guapos en la película, como suele ser habitual en Hollywood. Parece más una película británica en ese aspecto. Aunque en un principio, cuando el proyecto era de Brian de Palma, que lo abandonó para centrarse en Scarface, el protagonista iba a ser Robert De Niro, eso seguramente habría hecho que hoy la película seguramente fuese mucho más conocida. Aunque si la hubiese protagonizado la otra opción, John Travolta, a saber lo que habría sido.
Fue un fracaso comercial. Por ese motivo, se hizo luego una versión televisiva ampliada de 196 minutos que se emitió en dos noches. Se cree que el problema estuvo en que era una obra de intriga totalmente setentera y, el año de su estreno, 1981, el cine y los espectadores estadounidenses ya habían empezado a cambiar, sin embargo, uno de sus fans declarados fue Akira Kurosawa, muy dado en su cine a esos dramas que algunos llaman con desdén “psicológicos”.
En las memorias del policía real en el que se basa la película, All the centurions, de Robert Leuci, se explicaba con detalle cómo los agentes vocacionales acababan corrompiéndose. Decía que no era un cambio repentino, sino un proceso de erosión lento pero implacable. Para empezar, porque para trabajar necesitaban chivatos que estuvieran al tanto del consumo, es decir, toxicómanos, y no había presupuesto para pagarlos, con lo que empezaron a darles droga incautada. Esa actividad, en sí misma, ya era tráfico. Y aunque empezara por un buen fin, era la puerta de entrada al lucro.

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Ocurría lo mismo con el dinero incautado a los traficantes. Al principio se distraía para compensar otros gastos del caso que habían tenido que poner los detectives de su bolsillo. Otra vez un primer paso a llevarse un pizzo por sistema. Además, había también un problema cultural. La policía de Nueva York estaba acostumbrada a tener todo a la mitad de precio en los comercios y demás por el hecho de ser policías.
Mientras esto sucedía, según Leuci, los tribunales eran “bazares” donde los fiscales y los abogados vendían y compraban casos porque todo estaba en venta. Aparte, los mandos superiores de la policía, como luego se esforzó en poner de manifiesto The Wire en los varios préstamos que tiene de esta película, solo querían estadísticas, de modo que a los agentes no les pasaba nada si fabricaban casos para cumplir con sus cuotas. Fue un mal de los tiempos, porque en Vietnam también se empleó el mismo método y los soldados acabaron asesinando civiles con el pretexto de que eran de la guerrilla comunista para poder cumplir con los números que tenían asignados.
Lumet insistió en que intentó dar las menores explicaciones posibles sobre las motivaciones del protagonista, que pasa de corrupto a colaborador de la justicia, aunque están bastante claras. Su padre, en un momento dado, le dice que a nadie se le escapa, que no hay más que verlo por el tren de vida que llevan, que los policías son todos corruptos. En varias ocasiones, además, el personaje alude a los sacramentos, que dice no entender cómo los reciben con lo que hacen. Es una cuestión de conciencia íntima y profunda.
En el libro, en cambio, se explica que corromperse era una manera de ser aceptado, de formar parte del grupo. Leuci se integró entre sus compañeros, pero no tardó en ser torturado por su doble moral. Sufría un insomnio brutal, el bruxismo le dejó sin dientes y la depresión le hundió cuando su hermano se enganchó a la heroína y no pudo hacer nada por ayudarle.
Cuando decidió confesar, pasó de ser uno de los mejores policías de la ciudad a un convicto que tenía que cambiar constantemente de domicilio para evitar represalias de la policía narcotraficante. Como bien retrata la película, varios de sus compañeros y amigos cercanos se suicidaron.
El punto final llegó por la Comisión Knapp, en la que se recogieron las denuncias del famoso (por la película de Al Pacino) Frank Serpico, y las audiencias fueron televisadas para exponer todo el caso a la luz pública. Los fiscales con los que colaboró Leuci fueron más allá y querían abarcar todo el sistema de justicia, con abogados, fiscales y jueces incluidos. El cambio social y el boom inmobiliario de Nueva York hizo el resto. Aquí todo va bien.

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