VALÈNCIA. ¿Recuerdan las arenas movedizas? En el terreno de la televisión, estamos hundiéndonos poco a poco en el barro de la homogeneización narrativa e incluso estética. Los argumentos se repiten, un puñado de géneros copa el mercado reiteradamente (narcotráfico, mafia, asesino en serie, desaparición, violación, detective, agente secreto, médicos….), los personajes son intercambiables, así como la estructura de las temporadas y los capítulos, y hasta los diálogos son ecos de otras series que ya hemos visto. Llevamos años avisando de que la época dorada hace mucho tiempo que pasó y, tal y como está el negocio, no parece que vaya a volver.
Los medios anglosajones están debatiendo si el uso de algoritmos sobre los gustos del público por parte de las productoras ha estandarizado los trabajos. Lo innegable es que ese es el paso número uno para darle al público lo que quiere ver, que las cosas sean como él espera y que se sienta satisfecho con lo que ocurre. Es decir: la mediocridad. Con este sistema tenemos un destilado de la estupidez colectiva para complacer al cliente. Y en un mercado que busca maximizar beneficios, cualquier desvío de las expectativas del espectador entra en el terreno de lo “raro” y eso no es que no le guste, es que le resulta irritante al público masivo.
En estas condiciones, es un suplicio encontrar producciones medias que no estén necesariamente concebidas para llegar a millones de personas de una audiencia global. A mí me lleva más tiempo la búsqueda que ver las propias series, pero a veces renta el esfuerzo porque aparecen algunas sobre las que merece la pena escribir.

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Proud es polaca y está producida por HBO Max. Tiene una realización impecable, realista, pero no ha necesitado grandes presupuestos. Trata la idiosincrasia polaca, pero en una temática LGBT con la que todos estamos familiarizados y, al ser lanzada en esta plataforma, tiene también proyección internacional sin esperar de ella que sea una superproducción.
No me entiendan mal, no estamos ante la serie del milenio, pero sí que tiene elementos distintivos que hacen que sea como aire puro entrando por la ventana en un piso que huele a cerrao. Como ya se ha hecho muchas veces, todo parte de un what if: Qué pasaría si un gay con una vida sexual extremadamente activa, amigo de las drogas y el alcohol, de repente tiene que hacerse cargo de un bebé. En esta época en la que conocemos los estragos del chemsex resulta simpática la intersección entre este mundo y el de la crianza. Es una premisa atrevida.
También está muy bien presentar un caso como este, el de alguien abiertamente gay con una abultada agenda sexual, en Polonia, un país donde la homofobia es robusta. Y lógicamente se deja ver la evolución del protagonista, que tiene que pasar de no perderse ninguna orgía sin pensar en el mañana a asumir la mayor responsabilidad que existe en esta vida. Ahí está, de hecho, el origen del argumento. Al director, Karol Klementewicz, se le ocurrió esta idea al ver cómo su hermano tenía un hijo e inmediatamente cambiaban todas las prioridades en su vida.

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La intención inicial era rodar un drama realista y costumbrista con el que poder mostrar transformaciones sociales. Pero en Polonia las parejas homosexuales no tienen los mismos derechos que las heterosexuales, de modo que enfocarlo con un protagonista gay iba a ser una perspectiva novedosa. Al mismo tiempo, no quiso representar a un personaje positivo que fuese ejemplar dentro de la comunidad LGBT, sino que diseñó a alguien egoísta, contradictorio y cuyos errores podían hacer mucho daño a los demás.
La idea encaja como un guante en una productora como HBO Max ¡los autores de Euphoria! Pero en un principio no les gustó en absoluto su idea. Le pusieron muchas reticencias y no empezaron a verlo claro hasta que les planteó la serie como un drama familiar. Finalmente, la plataforma salvó el proyecto, porque ninguna cadena nacional polaca estaba dispuesta financiarlo.
Tampoco el protagonista, Ignacy Liss, estaba seguro de querer hacerla. Ahora que es un éxito y triunfa en los festivales por donde pasa ha confesado cuáles fueron sus reservas: tenía miedo de ser instrumentalizado por el director para tratar de colar determinados mensajes con los que no estaba de acuerdo. Independientemente de los que fueran, que no los ha explicitado, se ha declarado orgulloso de que, en “la primera serie queer polaca, el actor principal sea un católico”. Además, añade que el mensaje de Proud le parece “profundamente cristiano”.

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HBO Max le dio a Klementewicz libertad creativa y quizá, por eso, el resultado es tan heterodoxo. Donde más brilla la historia es en el drama social y la psicología de los personajes, pero el guión se concede unas licencias que echan por tierra cualquier atisbo de seriedad. Además, la trama judicial se aprecia fácilmente que está muy alejada de lo que tiene que ser un proceso de esas características en la realidad. Hay que pactar con esos desajustes para poder disfrutarla.
Sin embargo, en mi casa nos la hemos merendado. Es inverosímil, sí, pero hay un ingrediente que la sostiene hasta el final: el humor negro. La tragedia está intrincada en la comedia, el drama no está exento de situaciones absurdas y en muchos momentos se busca incomodar al espectador con guiños crueles y gamberros. También hay fuertes rasgos del carácter del Este de Europa, donde la gente suele hablar de sus desgracias sin contemplaciones y no tiene la necesidad de ocultar que no está triunfando en la vida, como es frecuente que ocurra en España, donde se tiende a esconder histéricamente la debilidad. Finalmente, teniendo en cuenta que el noventa y cinco por ciento de lo que vemos, por no decir el cien, es anglosajón, más motivo para que Proud suponga un soplo de aire fresco.