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las fiestas mitológicas

Soñé que llegaban las Fallas

Cómo el talento culinario y gráfico valenciano podrían hacer de las Fallas las mejores fiestas del planeta

Por | 15/03/2019 | 3 min, 34 seg

Uno reconoce que llegan las Fallas, no tanto por el olor a pólvora como por el olor a fritanga que exhalan las calles, no tanto por los pasodobles falleros, por Paquito el chocolatero o La manta al coll como por el reggeaton, la cumbia y dame tu cosita, ah, ah.

Uno reconoce que se acercan las Fallas porque cada vez cuesta más acercarse a casa, las calles se convierten en un elige tu propia aventura salpicado de obstáculos de distintos tamaños y formas, de explosiones y marabuntas humanas.

Uno reconoce que han llegado las fiestas locales por la anfibología que se apodera de la ciudad: florecen los Dennys Canuto, los churros rosas, los food trucks de choripán, hamburguesas y papas rellenas.  

Soñé que en los puestos de comida se vendían bocatas de blanco y negro con habitas, almussafes, chivitos, brascadas, pepitos de titaina, figatells, esgarraet

Uno reconoce que llegan las Fallas porque por todos los puntos de la ciudad se activan imanes de sol, de piel blanca y acento extranjero.

Y como una es fan de Calderón, el de la barca no el del estadio, soñé que existían unas fallas diferentes, que seguía existiendo esa luz maravillosa de un marzo azul, y sobre ella se recortaban lisérgicas figuras que burlaban el cielo.  

Soñé que nuestros maravillosos ilustradores valencianos, Paco Roca, Ana Penyas, Sento Llobell, María Herreros, Carla Fuentes, Paula Bonet, Jaume Pallardó y un largo etcétera tomaban la ciudad y diseminaban su arte en forma de monumento.

Soñé que mi amigo Burguitos, el gran Burguitos, alzaba su apocalíptica Valencia futurista en la mismísima plaza del Ayuntamiento,

Las obras ardían igual, claro. Igual que la figura del rey en ARCO, esa boutade que escandalizó a todos salvo a los valencianos, a los que nos pareció convencional ¿Y?

Soñé que en los puestos ambulantes, en lugar del chocolate aguaplast y churros rellenos de no se sabe qué emplasto -¿alguien comió alguna vez uno de esos churros rellenos?, ¿alguien conoce a alguien que haya o comido algún churro de esos y haya sobrevivido para contarlo?- se servían buñuelos de calabaza, hechos con auténtica calabaza, que no bastaba con acercar la masa a la figura con forma de Ruperta.

Soñé que en los puestos de comida se vendían bocatas de blanco y negro con habitas, almussafes, chivitos, brascadas, pepitos de titaina, figatells, esgarraet.

Soñé que en las verbenas se tocaba la música de siempre, que las disco móviles habían sido prohibidas por decreto ley. Soñé que el garrafón era eso que echas a la paella que confundes por una letra.

Soñé que las calles no se cortaban hasta la noche del 14, que las carpas no se montaban hasta el mismo día 15.

Que todo el mundo tiraba la basura a la basura, sin importante la redundancia.

Soñé que el cuñado fallero se había extinguido y en los casales, convertidos ahora en ateneos culturales y sociedades gastronómicas, bajo el escudo fallero, colgaba el lema: “el hombre es un cuñado para el hombre”, como advertencia de lo que no debía repetirse.


Soñé que ya casi nadie recordaba a ese cuñado fallero, el que hacía sonar la música en la disco móvil a las cinco de la mañana, no importa que solo quedaran su prima Maricarmen y su cuñada Pili.

Aquel ser ya casi mitológico, entrañable en el recuerdo, que de un vistazo te decía si le sobraba o le faltaba agua a la paella, justo después de haberte cantado la alineación invencible del Valencia, de haber arreglado el problema catalán en tres sencillos pasos, de haber frenado el cambio climático y haber descubierto una nueva ley de física cuántico, todo ello sin dejar de escupir cáscaras de cacaus. 

Soñé que eran las fiestas más maravillosas del planeta, las de mi tierra.

Cuando desperté, las Fallas seguían ahí.

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