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València a tota virolla 

Susto o muerte: cuando un nuevo profesional de la cultura busca piso en València

Falta de estabilidad, ausencia de capacidad de ahorro, fianzas encadenadas, piruetas contra el efecto Airbnb… Cómo afrontan los profesionales de la cultura de la generación poscrisis la odisea de emanciparse

27/08/2022 - 

VALÈNCIA. Comencemos por las caricaturas: a Andrea Vega, ilustradora y trabajadora en educación artística (luego la conoceremos de más cerca), le negaron un alquiler en la calle Buenos Aires de València porque, señala, “cuando el dueño se enteró de que estudié Bellas Artes me dijo que los del gremio son un desastre y muy sucios”. 

Detrás de la anécdota al vuelo, una maraña de prejuicios y un primer adelanto: el sinfín de obstáculos ante la inmersión inmobiliaria que, en el caso de los profesionales de la cultura, va ganando intensidad gracias a una concatenación de condicionantes: dificultad para presentar balances de ingresos equilibrados mes tras mes, dificultad para generar confianza crediticia, dificultad para seguir el ritmo al alza de los precios.

Quieres dedicarte a la cultura o tener casa, bromeará uno de los testimoniantes por llegar. ¿Es necesario compartir piso con más gente que en un elenco teatral para poder pagar el alquiler?, ¿el filtro de precios más bajo de Idealista es un listón inalcanzable? 

Elena Rocamora tiene 26 años, cuenta con un contrato con la facultad de Bellas Artes, en la Universitat Politècnica de València, mediante una beca FPU. 

Se dedica a…  “una tesis doctoral en el ámbito de las artes, también a la mediación cultural y a la docencia. Mi tiempo libre gira en torno al mismo ámbito. Somos consumidoras y productoras todo el tiempo, muchas veces es complicado encontrar los límites”.

Vive en alquiler compartido con dos amigas. “Al cambiarnos de piso este marzo nos encontramos con una situación complicada. Los alquileres han subido muchísimo en los últimos años, cada vez pagamos más por pisos en peor estado. Cuando nos pusimos a buscar y filtramos con nuestras condiciones, sobre todo la económica, parecía que no existían pisos en València”.

Ante el mercado inmobiliario cree que las profesionales de la cultura “somos un sector muy precarizado, repleto de falsas autónomas, contratos temporales y pluriempleadas; todo tildado de entusiasmo y vocación personal, como pudimos leer con Zafra, López Alós y otras. Esta última vez pude mudarme porque dos de mis compañeras tienen un contrato indefinido y ñ, sobre todo, porque una de ellas es funcionaria, de lo contrario creo que no nos habrían aceptado. Partiendo de mi experiencia personal y de la de mi entorno, para las que trabajamos en cultura, la principal dificultad en relación al mercado inmobiliario es el régimen de nuestros contratos laborales; sin olvidar que hay otras realidades mucho más complejas y que a veces se suman, como temas de regularización o racismo”.

Sergio Fernández tiene 35 años, es autónomo y director de la plataforma de prensa y eventos musicales Redacción Atómica. 

Se dedica a…  “ser gestor cultural, comunicador, tratante, programador, responsable de producción, solucionador de problemas; puedo llevar a cabo casi todas estas tareas en un día normal y no necesariamente en este orden”.

Vive en casa de su madre. “Si tuviera descendencia creo que ahora mismo estaría hospedado en la casa de mi ex-pareja, como Earn al comienzo de Atlanta (¡la mejor serie actual!). Pero, como no es el caso y no puedo tirar de morro por la paternidad mal entendida, he regresado a casa de mi madre hace tres meses”. 

Ante el mercado inmobiliario cree que las profesionales de la cultura “sufren un estigma, tal vez aún más para las personas que se dedican a la cultura sin ser creadores (en el sentido clásico de la palabra). Entre la dificultad para explicar que nuestra profesión no consiste en estar todo el día de fiesta, la odisea a la hora de conciliar trabajo-familia-casa y la imposibilidad de presentar avales o unos ahorros mínimamente decentes (a no ser que se compagine con un segundo o tercer trabajo) uno valora más ese ratito en el que al final de mes recuerdas que has conseguido ‘pasar de pantalla’. Como en el final de Under the Silver Lake pero sin loro”. Cuando en 2017, explica, “regresé de Madrid y empezó mi travesía del autónomo, siempre tenía en mente lo de ‘si el mes que viene va mejor cambio de casa’. Mientras no llegó ese momento estuve viviendo hasta esta primavera en la casa de mi abuela de la playa.  Son muchos los casos de compañeros y amigos en el que gracias a nuestros mayores hemos podido disfrutar de cierta independencia.

 

Andrea Vega tiene 26 años. Como se ha contado al inicio trabaja en educación artística y por su cuenta como ilustradora. 

Vive en alquiler compartido. Más allá de tan siquiera imaginar en la posibilidad de compra, considera que “una de las principales dificultades es el precio del alquiler, porque ahora mismo sin importar la zona es bastante elevado. Por consecuencia, hay muchas personas que necesitan compartir piso y en ocasiones puede resultar complicado encontrar un espacio o ambiente que se adapte a la persona.

Ante el mercado inmobiliario cree que las profesionales de la cultura “sufren el handicap de los  prejuicios, que no son solo en cuanto a la limpieza, si no económicos o personales”. Ya se sabe: como cuando el dueño del piso al que optaba se enteró que venía de Bellas Artes…

En uno de sus últimos trabajos,  La generación de la doble crisis, los autores Ariane Aumaitre y Jorge Galindo concluyen que “la generación que nació entre 1985 y 1995 está teniendo el dudoso privilegio de ser la única en el último siglo que pasará por dos Grandes Recesiones en su periodo de formación e incorporación al mercado laboral”. Con una especificidad: “la generación poscrisis recibe menores ingresos y cuenta con menores tasas de empleo que su generación predecesora (los nacidos entre 1975 y 1984). Los datos también muestran menores tasas de emancipación, vivienda en propiedad, fertilidad o riqueza potencial”. 

Una generación que, más allá de los ramalazos melancólicos y las futilezas del gasto en Netflix, ha empeorado sus condiciones de vida. Cuando a esa capa de precariedad se le suma el propósito de comenzar en el mercado laboral trabajando en cultura, las fisuras se ensanchan. 

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