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la isla plana

Tabarca fuera de temporada

“Ciertamente consta que entre las muchas islas que pueblan el Mediterráneo, hay una muy pequeña llamada Tabarca, distante de tierra firme de África poco más de un tiro de piedra. Era ésta protegida y gobernada por la insigne República de Génova”. 

Por favor, que venga Simón Boccanegra a protegerla de los 10.000 turistas diarios en temporada

Por | 21/02/2020 | 4 min, 52 seg

En invierno el puerto de Santa Pola amanece –amanece para los civiles, los pesqueros llevan horas faenando, no se rigen por el horario de los turistas somnolientos– abrazado por una pastosa niebla. Lo siniestro y lo terrible. Lo ominoso, como categoría, en la cofradía de pescadores empalidecida por una luz que no se corresponde a la Costa Blanca.

Boyas, nasas, bicheros. Una gaviota graznando. Cajas vacías, cajas rotas, cajas astilladas. Redes, anzuelos, un trozo de poliestireno. Una carnada partida, norayes, anclas. Hilo, fueloil, un pescador salta de la lancha con el móvil en la mano. Aparejos de chiripa, aparejos de medio fondo, aparejos quebrados. Trastos, cachivaches, mugre. La lonja cerrada. La heladería cerrada. La tienda de souvenirs cerrada. Tres empresas de taxis acuáticos cerradas. Quedan dos para salvar los 8 km que hay a Tabarca.

La única isla poblada de la Comunidad Valenciana tiene dos partes: en la vacía crecen matorrales de marrubio, amaranto y espergularia. En medio hay un faro de tres pisos con el cercado destrozado. La planta baja es una casa y parece que sus habitantes han salido por patas. 60x120 cm de espuma envuelta en acrílico azul con flores blancas, un colchón infantil agujereado al lado de una escalera abierta. Un sofá cochambroso fuera de lugar. Dibujos arrugados en el suelo, ninguno es de la familia de fareros.

En el núcleo urbano, Nueva Tabarca, hay aproximadamente 13 restaurantes. De una paella de marisco a otra los precios difieren 15 pavos por persona. El mantel añoso y las cartas macilentas son iguales. En ellas, fotos a la vez sobresaturadas y descoloridas de arroces (negro, a banda, seco de lechola, de gallina, meloso de bogavante –personalmente, junto al foie gras en la paella, el arroz de bogavante me parece sobrevalorado, arribista, sucedáneo de caviar–). Del personal de un restorán al otro sí que se va un mundo. Yo me quedo con Manuel Ramos, de Casa Ramos.

Este ladillo solo lleva una palabra: Manuel 

Tabarca tiene unas cincuenta personas, que ahora, en febrero, se esconden en las casas blancas y ocres. Espero que estén ahí y no en las aberraciones arquitectónicas, en los destarifos a mitad construir. Unifamiliares de cemento insolente, con los puntales de obra oxidados como si fueran compañeros de las persianas alicantinas a ras de suelo. Menudo atentado a la estética.

Entre esos irreductibles que permanecen todo el año están los padres de Manuel y su caldero tabarquino con gallina o mero. Plato de pescadores que tiene su alma en el caldo de morralla, las ñoras y el sofrito. «Mis padres viven aquí, yo vivo a caballo entre la isla y Santa Pola. Es muy duro para una persona joven vivir entre semana, en invierno. La media de edad es de 70 años hacia arriba. La gente que pernocta aquí es gente que no quiere irse. Pero tal y como lo están poniendo desde las administraciones, al final se irán todos».

Dejo que Manuel siga hablando: «¡Fuah! La gastronomía es muy dura, pero a mí me gusta. Soy una persona que disfruta con la gente, y aquí viene mucha gente. Pero en verano… hay que desestacionalizar la temporada, no puede haber tanta gente en tan poco tiempo en tan poco espacio».

Tabarca en temporada baja es un oxímoron, lúgubre pero soleada. Aguas limpérrimas, una partida rural de Alicante que se olvida. «La Administración solo se acuerda de la isla los cuatro meses de verano. Cuando hay alguien enfermo no se acuerdan, pero para sus intereses sí, para los suyos, no para los nuestros. Nosotros los tabarquinos no somos personas, somos extraterrestres».

 Pienso en Paul Bowles, en la novela El cielo protector. Bowles remarca que el turista viaja pensando en el regreso. El turista supera pantallas como en un videojuego, cuando abandona un lugar, acaba con la vida de los que allí habitan. Deberíamos ser viajeros, deberíamos preguntarnos qué hacen cincuenta personas a las seis de la tarde un jueves de tempestad en una isla de 0,3 km².

Tabarca en temporada baja es un oxímoron, lúgubre pero soleada

«No nos dejan tocar el puerto, el helipuerto no está acondicionado y no puede aterrizar el médico. Si mis padres se ponen enfermos, ¿cómo los saco? ¿en una patera? El que decide las leyes está desde fuera de la isla, ¡que esté aquí en pleno invierno, cuando hay un temporal de seis o siete días que no hay ni para comer! ¡Que le pegue un infarto o le pegue cualquier cosa! ¡Moviliza hasta a la UME! Pero para él, no para nosotros, que no somos personas».

En la caja registradora hay una figura de la Virgen de los Dolores, patrona de Águilas, debajo una fotografía antigua de Manuel con 35 años menos, al lado una caja de Tranxilium 15 mg cápsulas duras. Continúa la soflama: «Cuando nos reunimos con la gente, con directivos o concejales, les miramos a la cara. Tú llegas y ellos agachan la cabeza. No sé, no sé qué carrera tendrán, pero más educación que ellos tengo, que es la educación que me han dado mis padres. Mirar a una persona a la cara cuando se está hablando y si soy una mosca cojonera más lo seré, porque es mi tierra y es mi gente».

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