VALÈNCIA. Karusoru es la transliteración del nombre Carlos al japonés y el elegido por el creador escénico, actor, titiritero y aficionado a la ciencia ficción Carlos Carvajal para su propia compañía. Pero en su currículum consta un oficio más que da la puntilla al proyecto, el de docente. Este graduado en magisterio en educación primaria en la UJI de Castellón nunca llegó a ejercer en las aulas, porque le interesaba más la formación desde el escenario.
Los años que estuvo impartiendo clases en la escuela municipal de teatro de Sagunto con la compañía Camí de Nora y en la asociación El Arca de Nazaret puso en práctica ese convencimiento y constató que sí, que su alumnado, desde los 3 hasta los 12 años, aprendía más si vivía situaciones que planteaba en los juegos en el aula.
“Dándoles unos personajes y un contexto, les resultaban mucho más interesante desde la asunción de valores y el trato respetuoso hasta cuestiones ligadas a materias como historia y matemáticas”, se extiende este enamorado de la saga Star Wars.

Hace tiempo, en la oscuridad y la estética de una galaxia muy muy lejana halló el refugio de ficción que hoy día está trasladando a sus producciones teatrales. A través de la investigación de géneros poco habituales en las artes escénicas, como la distopía en Ciudad Shîdo, con la que los días 24 y 25 de abril visita La Rambleta, y el wéstern en Hijos de los lobos, el autor quiere entreabrir una puerta de acceso al teatro a un público no iniciado.
En su debut se ha inclinado por la experiencia de varias temporadas en el Teatro La Estrella, pero no siempre contempla servirse de títeres. Su objetivo es combinar la actuación física con la generación de ambientes sensoriales que apunten hacia lo grotesco y lo poético.
Esa estimulación de los sentidos se concreta en los del oído y la vista. Carvajal compara su teatro al efecto que produce la música, donde “no importa si las letras están en inglés: lo que hay debajo te llega aunque las recibas sin tener información”. De ahí el peso que le da al fondo, con piezas donde el qué se potencia con el cómo.

Aficionadas al anime y el cómic, sed bienvenidas
En la fábula postapocalíptica programada este fin de semana en el teatro del barrio de San Marcelino aspira a despertar la curiosidad entre aficionados y aficionadas a los cómics, la literatura fantástica, el cine, el anime y el manga. Entre los que ya ha despertado el interés es entre los jurados profesionales de las artes escénicas, que ya lo han seleccionado como candidato a los Premios Max 2026 a Mejor Autoría Revelación.
Su trama bebe de la franquicia de fantasía imaginada por George Lucas, como también de los clásicos fundacionales del género ciberpunk Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y los anime Akira (Katsuhiro Otomo, 1988) y Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995).
“De todas ellos me llama la atención cómo se predice el futuro, porque tengo la sensación de que, por desgracia, estamos más cerca de ir hacia este tipo de mañana. Es curioso, porque me fascinan esos mundos, pero a la vez me dan mucho miedo, porque deben ser bastante horribles”, se confiesa.
Tanto la estética de los muñecos como la escenografía se miran en este subgénero donde la tecnología tiene un gran peso. Para adscribir su propuesta al ciberpunk ha recurrido a un artista fallero que es largo tiempo amigo, Gabriel Escalera. Además de los referentes del cine citados también le instó a inspirarse en la animación stop-motion.
Ambos comparten una complicidad que los retroalimenta en sus respectivos trabajos. Carvajal, de hecho, firma la cartelería de los monumentos falleros de su compañero.
“Es una relación muy buena, porque los dos sabemos que el proyecto es del otro y forma parte del lenguaje de la otra persona, de forma que entramos en lo que sabemos que podemos entrar, siempre intentando potenciar lo que el otro quiere quiere contar, desde el respeto”, detalla el responsable de Karurosu Teatro.

Vivir la crisis medioambiental como canibalismo
A las referencias al anime para adultos, Carvajal suma también la conciencia medioambiental y el protagonismo femenino propios de las películas de Studio Ghibli. La protagonista de Ciudad Shîdo se espeja en las desafiantes y curiosas heroínas nacidas de la imaginación de Hayao Miyazaki, de La princesa Mononoke (1997) al El viaje de Chihiro (2001).
Su leyenda de muñecos ciberpunk está liderada por una niña que recorre una ciudad del porvenir en busca de la libertad y de un hogar mejor, con un poder latente que se manifiesta en el transcurso de la obra. La trama se ambienta en un futuro desolado donde los bosques han desaparecido y ahora se visitan en calidad de museos de árboles. Sus menores tienen prohibido jugar. Ahora se les forma para que sean parte del sistema de producción, donde se excavan túneles para encontrar viejas semillas enterradas, quemarlas y así producir la energía que alimenta la urbe.
En este panorama sombrío, Carvajal toca dos temas sensibles para su audiencia potencial, la explotación infantil y la crisis climática. En su acercamiento ha intentado a toda costa no resultar panfletario y tirar por la curiosidad y el cariño como teclas que pulsar.
“Quería que fuese la base y lo que sustentase todo, pero envolverlo bien de una estética. El cuidado con el que trato los objetos puede transmitir ese afecto por la naturaleza y contrarrestar lo mucho que se ha desinflado la idea medioambiental estos últimos años por haberse tratado desde lo racional y el elemento discursivo”, expone el creador e intérprete.
La idea es llegar al subconsciente del público, establecer una relación con la naturaleza enraizada en el amor, “de modo que les dé pena que se tale un árbol, por ejemplo, y que de manera inherente, cuidar de la naturaleza que tienen alrededor les salga solo, sin planteárselo demasiado”, desarrolla.
Hace un tiempo, en una galaxia muy muy cercana, leyó a una mujer que hacía un símil entre las agresiones sexuales y el canibalismo. “Pensar en comernos a otra persona nos parece una idea horrible, no porque lo deduzcamos de manera racional, porque sea malo para tu salud y para tu sistema social, sino porque es una idea muy arraigada. Hay que transportar ese pensamiento a otras áreas y que concluyamos de manera inmediata que es un horror destruir un bosque y talar una selva. El objetivo es que lo lleves dentro y que no te guste que suceda”, habla desde su personalidad docente este profesional del teatro.
