VALÈNCIA. Una nueva ola cultura intenta resignificar lo sagrado para que ya no pertenezca únicamente a la religión. La familia, la figura paterna, los recuerdos, el cuerpo, la fe en una vida mejor o incluso una estampita convertida en meme también pueden ocupar ese territorio que la sociedad considera intocable. Y, por ende, que a través de las artes escénicas puedan ser profanados.
Con esta premisa, Russafa Escènica ha construido su XVI edición bajo el lema Sagrada y profana, que reunirá 23 espectáculos y una decena de actividades destinadas a impulsar la profesionalización de los creadores emergentes.
El festival volverá a copar los escenarios de València con sus Bosques (piezas largas, de unos 60 minutos) y los locales adoptados del barrio de Russafa para sus Viveros (piezas cortas, de unos 30 minutos). Tiendas, galerías o academias y otros establecimientos volverán a acoger propuestas de circo, danza, artes vivas, cabaré, títeres y distintas formas de teatro, desde el texto hasta el musical o el físico.
Este año, más que nunca, el lema de esta edición sirve como hilo conductor para las diez propuestas, en las que “hay muchas propuestas sagradas, pero las mismas profanas”, según adelantaba Ursula Vandenberghe. La organización compate el lema de su siguiente edición justo antes de abrir la convocatoria de propuestas, pero este año, tal y como reconoce el director del festival Jerónimo Cornelles, “el 90% de lo que hemos recibido este año encajaban en esa premisa”. Y otra tendencia detectada: “Hemos recibido una oleada de nuevos proyectos que tienen que ver con la musica”.
Viveros
¿En qué se traduce esto en las diferentes propuestas? Santa, de María Sáez y Ana Dayo, utiliza la tragicomedia musical para abordar la autoexigencia, el agotamiento y la precariedad que muchas mujeres asumen como pruebas de resistencia. El milagro, de Suspendidas Teatro, sitúa un cabaré en el cruce entre marketing y religión para plantear qué ocurre cuando la fe se convierte en producto. En La Beata, Apart Teatre sigue a una joven aparentemente alejada de la religión que, tras heredar la Biblia de su hermano fallecido, comienza a cuestionarse las certezas de quienes acuden cada domingo a misa. O Màret, de Típica Tópica, lleva la profanación al ámbito familiar a través de una situación de infidelidad: una mujer mantiene una relación con la pareja de su hermana y pone en cuestión la familia como vínculo sagrado.
Pero hay otras formas de profanar otros ámbitos aparentemente sagrados. Por ejemplo, en Sr. Bien, Gabriel Soler comparte escena con su padre, un cantante de orquesta de 76 años, para revisar mediante la música y la autoficción el mito paterno construido durante la infancia y su choque con la figura real del adulto. Enlatados, de Volvoreta, imagina a dos amigos refugiados en un búnker tras una bomba nuclear, donde la supervivencia se convierte en una nueva forma de religión. Julia Zac recurre al cuerpo, la voz, el sonido y la danza en Mi cara cuando… para trasladar al escenario el lenguaje del meme como una nueva forma de imagen compartida. El cuerpo sirve también como detonante de Dalt del més Amunt, de Misèria i Companyia, donde dos amigos afectados por la sarna reconstruyen los lugares y relaciones que pueden haber provocado el contagio, en una pieza sobre la culpa, los secretos y la idea de pureza.
Finalmente, Karurosu Teatro reescribe Peter Pan en Peter Pank, trasladando el relato a una aventura espacial y futurista sin abandonar su conflicto entre la libertad infantil y las responsabilidades de la vida adulta. Y en Forastero forastero, Hu Zhao utiliza el humor y la memoria para abordar la experiencia de una persona de origen oriental que regenta un comercio y vive entre la cultura de procedencia y la sociedad de acogida.

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Bosques
La sección Bosques añade 13 propuestas de compañías internacionales, nacionales y valencianas, con cuatro estrenos absolutos en Escalante, Sala Russafa, La Rambleta, Teatro Círculo, el Centre Cultural La Beneficència o el Centre del Carme.
Se podrán ver tres estrenos absolutos. Buscar aquí, de Tomás Verdú, es un espectáculo de artes vivas que toma como materia prima las reseñas de Google Maps. AiMin, de Marta García Navarro, juega “con el vacío y con su concepción al largo de la historia en diferentes épocas y contextos”, además de tomar como punto de partida la obra de Joan Verdú. Finalmente, en Lo inesperado, de la compañía La Vil·lalba, habla de la duelo y el deseo a través de la figura de la viuda.
Más allá de las producciones propias, destacan otras propuestas. Por ejemplo, Teatre de Mangiare, de la compañía italiana Teatre delle Ariete, en el que tres anfitriones cocinan, cuentan historias y comparten la comida con los espectadores, transformados durante la función en una pequeña comunidad. O NoDiva, de LaEstal, que amplía hasta los 60 minutos la pieza breve ganadora del Premi Llavor y del Premi de Dramatúrgia Fundació SGAE-Russafa Escènica de la pasada edición. Se trata de un musical de autoficción que transforma los mitos asociados a la ópera y se ríe de las contradicciones de dedicarse profesionalmente al arte.
De la sal de la ferida n’he fet un tatuatge, de Teatre Sense Concessions, parte del poemario La Crostera para construir un recorrido por la adolescencia centrado en la identidad y en la necesidad de encontrar confianza en uno mismo. Alboroto, de Truca Circus, mezcla flamenco y circo para representar ese momento de agitación física y emocional en el que todo parece desbordarse. En El testamento, de la compañía catalana Zum-Zum, utiliza el teatro de objetos para ficcionar la apertura en vida de un testamento y, a partir de ahí, recorrer recuerdos y episodios vitales.
La memoria colectiva aparece en Las que tiran del carro, de Patio de Vecinas, una tragicomedia que recupera las experiencias de mujeres que participaron en los movimientos migratorios de las décadas de 1960 y 1970 y en la construcción de los barrios periféricos mediante la lucha vecinal. Ahlam, soñar con una vida, una producción de la Asociación Comité Español de la UNRWA y Hermanas Picohueso, lleva a escena las vidas de mujeres palestinas refugiadas en el Líbano y la vulneración cotidiana de sus derechos.
En Solo quería bailar, Olalla Hernández adapta la novela de Greta García para contar, desde la comedia y mediante una propuesta multidisciplinar, la caída de una bailarina que termina convertida en terrorista y condenada a 30 años de prisión tras rebelarse contra unas instituciones que, según la obra, han dejado de proteger el arte.
Para el público familiar, Historia de un calcetín, de La Canica, propone un viaje por objetos cotidianos (desde sábanas hasta fregonas y planchas) mientras su protagonista busca a Ton, el calcetín que completa a su pareja Tin.
El ciclo también revisitará Shhh!!!, de Marian Villaescusa, ganadora del Premi de Dramatúrgia Fundació SGAE-Russafa Escènica en 2018, que cuenta la historia de una joven diagnosticada de cáncer de mama en su relación con la enfermedad y en su búsqueda de una manera de aferrarse a la vida.

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Los frágiles apoyos institucionales
Como viene siendo tradición, toda la programación y el apoyo a la escena emergente le da al festival toda la autoridad para sacarle los colores a las instituciones públicas. Y es que, en su edición 16, Russafa Escènica insiste en su inestabilidad económica.
El festival cuenta este año con un presupuesto de 143.000 euros, pero todavía tiene pendiente de resolución la ayuda del Institut Valencià de Cultura, que representa el 56% de su financiación. "Para nosotros, dedicarse a la cultura requiere una fe y una capacidad de sacrificio que casi parece una religión", ha ironizado su director artístico, Jerónimo Cornelles.
El problema, explica, es que la resolución de estas ayudas llega cuando la programación ya está diseñada o incluso cuando el festival ha terminado. "Trabajar así es muy complejo porque no sabes con qué dinero vas a contar mientras diseñas la programación, incluso cuando ya está en marcha", señala. Cornelles reclama un mayor compromiso institucional para un proyecto que, desde su nacimiento en 2011, ha reunido a más de 87.000 espectadores y ha realizado más de 4.000 funciones de 320 espectáculos.
"Russafa Escènica no tiene ánimo de lucro, estamos constituidos como asociación cultural y ofrecemos un servicio público que pensamos que merece más apoyo institucional", reivindica Cornelles. Una edición más, el festival se presenta como espacio de entrada para una generación de creadores que, ya sea sagrado o profano, sigue buscando un lugar desde el que hacerse escuchar y poder crear y vivir.
