Teatro y danza

María Velasco: "El amor es abismarse, es ponerse en peligro y estar dispuesto a perder o a fracasar"

La dramaturga y directora de escena, Premio Nacional de Literatura Dramática 2024, estrena en el Teatre Rialto 'Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos'

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VALÈNCIA. En estos tiempos del mercadeo del sexo y las relaciones afectivas en aplicaciones de citas, enamorarse no es un acto cotidiano ni una derivada del deseo, sino que se ha convertido en una rareza. Peor todavía, la dramaturga y directora de escena María Velasco lo percibe como un fenómeno paranormal. Así, entre la hipérbole y la ironía, la autora burgalesa sube su metáfora escénica Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos los días 17 y 18 de enero al Teatre Rialto con la premisa de que el pálpito del corazón en nuestros días es lo más parecido al avistamiento de un ovni.

Sus protagonistas son la actriz argentina Maricel Álvarez y el bailarín, cantante, músico e intérprete madrileño Carlos Beluga. Como adelanta la sinopsis, ella “es una mujer que llega a la mitad de la vida como paria emocional en el planeta Tierra”. Aunque hay un personaje masculino en escena, su compañero en escena no condiciona que esta historia narre el periplo de una pareja heterosexual necesariamente.

“No se habla de una relación concreta, sino más bien del milagro que es enamorarse y reenamorarse”, apunta Velasco. 

Lo que importa en la propuesta no es el objeto del amor, sino el estado que provoca: ese temblor que descoloca certezas y obliga a repensarlo todo. La irrupción de ese contratiempo en la vida de la protagonista se entrevé como una grieta radical en su manera de habitar el mundo. El acto de querer la vuelve a conectar con el pensamiento mágico y con la necesidad de proyectar utopías.

“Hemos intentado minimizar los riesgos del amor o aspirar a un amor con cero riesgos, a una modalidad que sea rentable en todos sus aspectos, pero eso no existe. El amor justamente es abismarse, ponerse en peligro”, apostilla su dramaturga, que para la escritura de este texto se ha asomado a ensayos filosóficos.

Uno de sus textos de cabecera durante el proceso fue Elogio del amor de Alain Baidou, aunque también ha tenido en mente los textos del surcoreano Byung-Chul Han en los que aborda la agonía del eros y las cavilaciones de la israelí Eva Illouz sobre la crisis en la que están sumidas las relaciones sexoafectivas.

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“Todos ellos coinciden en lo mismo: el amor no es Disney, las relaciones no son de color de rosa. Amar es estar dispuesto a sufrir desamor, estar dispuesto muchas veces a perder o a fracasar y asumir una cierta, como ellos hablan en términos filosóficos, negatividad”, completa la creadora. 

Transparencias femeninas

Una de las cuestiones que atraviesa el montaje es la de la invisibilidad femenina al rebasar una edad, pero no únicamente en lo que respecta al plano afectivo, también en el profesional. Aunque María Velasco tiene 41 años, la obra nace de una experiencia profundamente autobiográfica. La actriz protagonista sí se sitúa en la franja de los 50, lo que amplifica el alcance de la reflexión sin fijarlo en una década concreta.

“Muchas veces hablamos de esa invisibilidad que nos afecta también mucho dentro del propio oficio teatral. Las mujeres están muy ligadas a la edad biológica. Solo hay que ver quién tiene más representación o más cuota de pantalla en Hollywood”, analiza la directora de escena.

La edad no se presenta en el espectáculo como una condición biológica, sino como una construcción cultural. Lo que se pone en escena es el momento en el que una mujer, ya tenga 30, 40 ó 60 años, se descubre expulsada del relato amoroso dominante, como si ya no fuera capaz de sentir.

Velasco continúa así una línea autoral presente en trabajos anteriores como Amadora, presentada en el TEM hace justo un año, donde exploraba las vidas invisibles de las mujeres cuidadoras, y el texto con el que se alzó con el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2024, Primera sangre, sobre la violencia sexual contra mujeres y niñas, y también programado en el teatro del Cabanyal-Canyamelar.

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Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos dialoga con sus trabajos anteriores, pero también anuncia nuevas líneas de exploración. La dramaturga ya trabaja en su próxima obra, Mantener fuera del alcance de los niños, que se estrenará en el Teatro de La Abadía de Madrid, y el primer semestre de este año publicará su primera novela, La fuerza bruta de los dioses, con La uña rota, una novela que vuelve, una vez más, sobre la infancia, la educación emocional y cómo influyen ambas en el devenir amoroso.

Mariana Enriquez y Andréi Tarkovski de la mano

Del mismo modo que para Primera sangre se acercó a una suerte de exploración escénica del true crime, en este nuevo montaje, Velasco recurre a la ciencia ficción: ambos, géneros poco explorados sobre las tablas.

En suma, la pieza incide en una época, la que vivimos, que ha hecho de la seguridad y la previsibilidad sus máximas aspiraciones afectivas. En ese contexto, amar se vuelve un acto casi subversivo, contracorriente. Vendrán los alienígenas y tendrán tus ojos no es, por tanto, un proyecto que parta “de una ventolera de romanticismo”, en palabras de la propia Velasco, sino que responde “a la necesidad de creer en los milagros con el fin de atraerlos”.

Sus referentes a ese respecto no están tanto en el teatro como en la literatura y el cine: el realismo mágico sudamericano, presente en su biblioteca a través de Mariana Enríquez y María Fernanda Ampuero, y una ciencia ficción existencialista que piensa el amor desde la pérdida y la memoria, con Tarkovski como puntal, especialmente Solaris, de Stanislaw Lem, donde los fantasmas del amor perdido regresan como presencias físicas. 

El teatro, dice la entrevistada, está viviendo un momento fértil en la exploración de géneros híbridos. También en la hibridación de lenguajes, como así sucede en su trayectoria. Para esta ocasión, ha amalgamado danza, música en directo y palabra sin jerarquías.

“Creo en el origen del teatro. Si seguimos yendo a las salas en lugar de quedarnos en casa, con lo cómodo que es quedarse viendo Netflix o Filmin con sus catálogos maravillosos, es por la fuerza del directo y por la capacidad de encuentro -destaca la directora-. Sigue siendo lo que fue para los griegos: por una parte una asamblea, un ágora a la que vamos a pensar juntos, pero también un lugar al que vamos a festejar. Y en una fiesta hay música y hay danza, así que para mí esos ingredientes son fundamentales”. 

Para el movimiento ha vuelto a trabajar con la coreógrafa argentina Josefina Gorostiza, con quien ya colaboró en Amadora. “Tiene la capacidad de recoger las potencialidades de cada cuerpo, incluso si nunca ha practicado profesionalmente o de una manera deliberada o interesada en la danza, y exprimirlas, hasta llevarlas a un grado de sublimación absoluta”, alaba, aunque la diferencia en este caso es que Beluga es bailarín y sí tenía, por tanto, conocimiento técnico y experiencia en obras de, entre otros, Chevi Muraday y Jesús Rubio Gamo.

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La música también es interpretada en directo por el polifacético actor, con piezas que adquieren una función narrativa y van desde el rock espacial de David Bowie Space Odity hasta la copla desgarrada de Bambino Se me va y el acento pop sobre el desengaño de Massiel El amor.

“Creo que el 90 por ciento de las canciones hablan del amor, del sexo, de la mezcla de ambos. Ha sido una obsesión -opina después de citarle las recientes La perla de Rosalía y la Session 53 de Bzrp’ y Shakira-. Hoy en día se habla del reggaeton y de su sexualización. Sin embargo, esa sexualización o algo más terrible como pueda ser una dependencia casi ansiosa, ya estaba también en la música pop y no digamos en la copla o en la ranchera. Así que es un tema transversal a todos los géneros”. 

Bajo su parecer, las canciones de despecho funcionan como catarsis colectiva, ya sean de ayer o de hoy. Coherentemente,Velasco no distingue jerarquías entre géneros musicales: en su playlist, Beethoven convive con Bad Bunny. Para sus trabajos colabora casi mano a mano, en un proceso de retroalimentación, con el compositor del espacio sonoro, Tagore González. Su proceso de escritura es paralelo a su proceso de composición.

Para Vendrán los alienígenas, ambos tenían clara la heterogeneidad musical, como también un aspecto que les había llamado la atención en el cine fantástico: la creación de atmósferas sonoras muy densas, “fundamentales para poder penetrar en esos universos y para hacer que sean contagiosos, contaminantes. Como espectador te provocan una inmersión muy inmediata”.

Con la introducción de la banda sonora busca sublimar tanto el amor como el desamor. “Creo que el el hecho de sentir y de estar abiertos a sentir intensamente nos hace más humanos, más vulnerables y frágiles. Ojalá estos psicópatas megalómanos en cuyas manos está el mundo fueran capaces de amar”.

Padres que no abrazan, sobrinos que aprenden del afecto en el porno de las pantallas

La obra introduce, precisamente, un discurso generacional sobre la transmisión de los afectos. Un padre incapaz de abrazar y un sobrino que consume porno aparecen como dos extremos conectados: “Muchas veces traspasamos nuestras maneras de sentir y nuestros modos afectivos como herencia”.

Velasco relaciona la represión emocional masculina de generaciones anteriores, especialmente en su tierra castellanoleonesa de origen, con la confusión afectiva de los jóvenes actuales, educados en imágenes que poco tienen que ver con la experiencia real sexoafectiva.

“Por un lado está esa escuela de la hombría, en la que expresar los sentimientos o reblandecerse podría verse como una debilidad, y luego los centenial a los que se les invita a sentir de una manera apasionada y selectiva, sobre todo porque el porno es una representación, una especie de estilización de lo que hacen los cuerpos enamorados, pero que poco o nada tiene que ver con la realidad. En ausencia de una educación sexual real es muy nocivo, porque no disponen de las herramientas para decodificarlo e interpretarlo como ficción”, argumenta Velasco.

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Uno de los efectos del montaje que más feliz le ha hecho ha sido el efecto sobre el equipo y la reacción del público. Durante el proceso, confía la dramaturga, sus integrantes se enamoraron de la idea de enamorarse, y surgieron vínculos afectivos. Esa epidemia se ha extendido a los espectadores, que salen del teatro con ganas también de experimentar el cariño.

“El amor aparece así como una experiencia de alteridad, porque al final enamorarse es eso, enfrentarse a un otro que te hace temblar en todas tus convicciones, en tu manera de vivir, que te hace cuestionarte cosas. Estar abierto a ese riesgo fascinante es maravilloso”, aplaude su responsable sobre un sentimiento que en tiempos de cinismo y de cálculo, sigue avistándose como un objeto volador no identificado.

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