Teatro y danza

Víctor Sánchez Rodríguez: “Después de la extrema derecha, volveremos a un pacto social donde podamos convivir todos”

El dramaturgo y director de escena repone en la Sala Russafa Cuatro días, cuatro noches, 'Valparaíso', sobre el duelo y las expectativas rotas de tres hermanos varados en una espera

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VALÈNCIA. La vida está llena de casualidades. Bien lo sabe Víctor Sánchez Rodríguez que después de venerar al autor Roland Schimmelpfennig durante sus años de estudiante de dramaturgia y dirección en el Institut del Teatre de Barcelona, ahora lo trata de vecino en Sagunto. Cuando le contó que estaba escribiendo una pieza cuya acción, o mejor dicho, su falta de acción, se concretaba en cuatro personas sentadas en hamacas, el alemán le espetó: "Qué valiente eres”. La dificultad estaba en el inmovilismo en escena, pero como más adelante ha escrito el propio Schimmelpfennig en el prólogo a la edición de la obra en la editorial Antígona, en Cuatro días, cuatro noches, Valparaíso, “no pasa nada y, al mismo tiempo, pasa mucho. Todo”. El regreso del responsable de títulos de impacto como Nosotros no nos mataremos con pistolas, A España no la va a reconocer ni la madre que la parió y la reciente El aguante, mezcla el dolor, la risa, la familia y los amigos en un compendio donde las decisiones íntimas se entreveran con las políticas y las sociales. Su propuesta, infusionada en el clásico del teatro naturalista de Chéjov Las tres hermanas, se repone del 23 al 26 de abril en la Sala Russafa.

- Has afirmado que con esta obra, Cuatro días, cuatro noches, Valparaíso, te has reencontrado contigo mismo como autor, ¿qué te extravió de ti mismo y qué te ha hecho reencontrarte?

- Es una respuesta compleja. El teatro es donde me siento más cómodo, porque hablo de lo que quiero en ese momento, y me ha servido para sentirme y para reafirmarme como autor. El cine, en cambio, es un medio en el que hay una parte muy industrial. De repente, te pueden pedir 20 versiones de algo, cosas que a veces son de de chupatintas, y a mí eso me afectó mucho, porque no se tiene en cuenta todo lo que has tenido que luchar para ser autor. Eso se junto con temas también personales. Ponerte a trabajar en distintos proyectos está muy bien, pero a veces pierdes el norte, te desvías de tu dirección.

- ¿Cómo te reconcilias con tu yo dramaturgo cuando asumes la direccion de escena?

- No me suelo perdonar nada. No me gusta ser indulgente conmigo como dramaturgo porque cuando lo levantas el texto con los actores, en el momento en el que algo no funciona, encabezonarte con que funcione, va en tu contra. Hay textos que entiendo que son muchísimo más poéticos y los quieres respetar, pero en el caso de Cuatro días o en el de El aguante, no. De hecho, El aguante tiene muchísimas versiones después de empezar a ensayar, más largas y con más personajes.

- A Alauda Ruiz de Azúa se le alaba las puestas en escena de las reuniones familiares, a ti también se te da bien los encuentros alrededor de una mesa, ¿cómo se coreografía las conversaciones corales?

- En una escena de dos es más fácil que cuando metes a más gente, donde creo que el ritmo lo trabajas después o te sale de manera natural. Lo importante es, sobre todo, meterte en la perspectiva de ese personaje, qué quiere, qué desea, cómo desea ser visto, cuándo no quiere que lo vean así, cómo se siente cuando siente vergüenza, cuando siente deseo… En ese sentido es muy parecido a actuar, lo que pasa es que, claro, la suerte que tenemos los autores y autoras es que no tenemos que hacerlo y pasar esa vergüenza, pero lo haces en tu mente y te lo imaginas. A veces tengo el personaje muy claro y me meto en él y otras, me trazo un mapa sobre lo que quiere. Pero también hay una parte intuitiva.

- Tenías la voluntad expresa de escribir para Toni Agustí, Lara Salvador y Glòria March, los tres intérpretes de la obra. ¿Eso también te ayudó a reencontrarte, buscar sus voces en tu proceso de escritura?

- Hay gente con la que me siento libre, que siento que admiro y me admiran, que siento que me ven como yo quiero ser visto y que los veo como ellos quieren ser vistos. Y es algo muy importante, tanto cuando diriges como cuando escribes.

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- En la edición de Antígona, algunos monólogos aparecen como poemas. ¿Es tu forma de dotar al texto de vida más allá de la representación?

- Es curioso porque Toni Agustí, que ha trabajado también en El aguante, se lo distribuyó él mismo como si fuera un poema y me dijo: "Es que tú no te das cuenta, pero tiene ritmo”. Siempre que entras en las entrañas del personaje, te sale ritmo, un algo, quizá la poesía. Y eso al final es economía. Es expresar mucho con poco y luego que tenga una cadencia. En el caso de la publicación sí que fue absolutamente deliberado. Hay dos momentos, uno de Toni y otro de Lara, que son prácticamente un monólogo con verso libre.

- Algunas de tus obras miran al Cono Sur, desde Cuzco hasta este Valparaíso. Más allá de lo biográfico, ¿qué encuentra tu dramaturgia en la cosmovisión latinoamericana?

- Es una dramaturgia que siempre me ha parecido interesante a nivel vital. Mi madre me apuntó a bailar salsa porque tuve una época en la que me hicieron bullying en el colegio. Ahí conocí a un montón de gente latinoamericana. De ahí surge una ligazón, como también de la literatura, sobre todo, en estos momentos, la procedente de Chile, Argentina y Uruguay.

- ¿Te ha alegrado el Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana a Samantha Schweblin por El buen mal?

- Sí, me gusta muchísimo lo que escribe. He leído varios de sus libros y el último es buenísimo, sobre todo el primer cuento, que es bastante amargo.

- Hemos hablado de la influencia de Latinoamérica, pero está clarísima también la de Chejov. El aguante es una versión de La Gaviota y acaricias la idea de versionar El jardín de los cerezos

- Es un referente contemporáneo en el que siempre me miro o me espejo para conseguir dos cosas : mostrar la vida en escena y captar tanto la desconfianza como el ansia por el futuro. Y luego me gusta su manera de generar una estructura que es tanto macro como micro, donde convergen sus personajes, la vida íntima, preguntas sobre Dios y sobre hacia dónde vamos. O sea, los dolores más pequeños y los más grandes. Me gustaría cerrar una trilogía que igual es tetralogía dedicada a Chéjov.

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- La crisis existencial y a la autodecepción no son temas nuevos en tu trayectoria, ya lo habías explorado en el pasado, con la crisis de los 30, y ahora recalas en la de los 40. ¿Es el teatro tu manera de negociar con esa angustia vital?

- Yo, personalmente, ya he conseguido más de lo que me esperaba, pero quizás las obras que escribí con 30 y ahora las que estoy empezando a escribir con 40 tienen esa pátina de desilusión y de que el mundo está en crisis, porque estamos pasando por momentos convulsos y trágicos. Yo intento ser positivo y creo que de todo esto saldrá algo, después de Trump y de la extrema derecha, volveremos a un pacto social donde donde no se dé tanto la espalda a la izquierda, a una ilustración feminista, decolonial y LGTBI donde podamos convivir todos. Pero en este momento, el mundo se está reinventando y de ahí surgen todas estas corrientes contrarrevolucionarias. A los 30 vivimos el  drama de 2008, y 10 años más tarde, la gente más joven vive una especie de nihilismo y de cinismo. Yo ya tengo 40 y soy el profesor que da clases, pero espero que podamos encontrar un punto medio que sea constructivo.

- De chaval viste numerosas funciones en Escalante, ¿te has planteado escribir teatro para adolescentes? Hemos hablado de que te van mucho las crisis existenciales, y más angustia existencial que la del paso a la vida adulta…

- Total. Lo que pasa es que la adolescencia tiene todo el tiempo por delante. Y dices, bueno, pues no pasa nada, porque esto pasará. Me encantaría. Quizás si me lo piden. Si tuviera que escribir teatro infantil o juvenil, me lo tomaría muy en serio.

- Tu inspiración suele nacer de lo que te genera controversia, debes ir sobrado en estos tiempos geopolíticos convulsos.

- Creo que he tenido obras que se han fijado en temas superpolíticos como What is love? y A España no la va a reconocer ni la madre que la parió, pero luego hay obras que tienen la lupa puesta en lo micro, que para mí es la humanidad. Me interesa cómo afecta al tejido íntimo y humano todo lo macro. O sea, la conversación que tenemos después del telediario, después de leer las noticias. Y luego, también, siempre va a estar ahí el hecho de que seamos finitos, de que las personas que amamos vayan a desaparecer o que desaparezcamos nosotros. Exista el régimen político que exista, a las autoras y a los autores siempre nos va a preocupar que el ser humano nace y muere. De modo que pienso que en la urgencia es donde nace una voz.

- ¿Y qué polémicas son las que están nutriendo tus futuras obras?

- Me preocupa bastante la falta de diálogo intergeneracional. A mí me encanta la gente, tanto joven como mayor. Pero creo que se ha creado una barrera, quizá porque antes nos sentábamos todos a ver el telediario y había una conversación entre generaciones, mientras que ahora, la gente joven de entorno a 20 años, está acostumbrada a que le hable gente de su edad y ven el mundo desde un solo prisma, y eso también nos puede provocar un rechazo a la gente más mayor. A escala mundial, me el mundo que se va a quedar después de esta etapa de ultraderecha, porque Trump va a pasar, pero lo más desestabilizador no lo vamos a ver ahora, sino luego. Va a tener unas consecuencias nefastas. No sé si es sobre lo que voy a escribir, pero como ser humano me preocupa. Y como escritor, me encantaría que una vez abandonemos la Tierra, la relación con los demás, con la naturaleza y con los seres vivos fuera mejor que la que tenemos.

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