VALÈNCIA. El teatro de La Teta Calva invoca las ilusiones perdidas y las segundas oportunidades, con puestas en escena que concilian el humor con la tragedia, pero en la obra que la compañía representa del 3 al 6 de febrero en Escalante se han salido de su molde y priorizado la poesía. La ironía no tiene cabida en Yo soy 451, su personal visión del clásico de Ray Bradbury sobre un Estados Unidos imaginario, donde los libros han sido vetados y una unidad de bomberos contradice su oficio al tener como misión prender fuego a las fuentes escritas del imaginar y del saber.
“Si la gente quiere humor conciliado con tragedia, que se pase por Tributo, nuestra otra obra en gira, y le ponemos doble ración de eso”, advierte Xavo Giménez, que afronta esta pieza a partir de un texto de 1953 que ha perdido su condición de distópica ante la incredulidad y el miedo administrado a diario en nuestro presente.
El protagonista y codirector de escena fue merecedor por este monólogo de los premios AAPV 2025 a la mejor interpretación masculina protagonista de teatro y el de mejor espectáculo en la Mostra de Teatre d’Alcoi 2024.
- “La sociedad está enferma. La cultura está enferma. Hay que quemarlo todo y empezar de nuevo”. ¿Qué vigencia sobrevenida tienen hoy esas palabras, a tan solo 15 días del arranque de un nuevo año que se ha revelado como prebélico y distópico?
- Cuando Bradbury habla de una cultura enferma, de un esqueleto que debe ser fundido y levantado de nuevo, se refiere al de ese mundo sin jardines ni bibliotecas, donde los bomberos no apagan incendios, sino que los provocan. No estamos ahí por muy neotremendistas que nos pongamos. La cultura no está herida ni lo estará nunca. Otra cosa es el mecanismo que la gestiona, los artilugios diabólicos que la prostituyen, los artistas que la pervierten, pero la cultura es algo más que todo ese manoseo. La cultura es el culto a lo bello y a lo roto. Eso perdura. Eso no se mancha. Es más, cuanto mejor estamos peor creamos. Así que si se viene apocalipsis, bienvenido sea. Caerán los fariseos de las plateas y quedaran los locos de la trinchera. Yo soy de los que piensa que la utopía empieza con el café de la mañana y se termina con el vino de la noche. No me gustan las eras, sino los accidentes del día a día. Venimos siendo prebélicos desde los íberos.
- Para La Teta Calva los espectáculos siempre están vivos y se van modificando, intentando mejorar. ¿Has ido adaptando esta pieza a las nuevas realidades, tanto sociales como de la compañía, con la pérdida de tu compañera y cofundadora del proyecto, María Cárdenas, fallecida en 2024?
- Esta obra no ha sufrido casi ninguna variación desde su estreno en Russafa Escènica. Puede que una frase que sale y otra que entra, poco más. Para este proceso de alquimia están los ensayos que en La Teta superan los cuatro o cinco meses. La pérdida de María, eso sí, dotó a la obra de una cicatriz que la acompaña y la acompañará siempre. Ella decía que era mi mejor trabajo y el puto cáncer decidió que se quedara sin verla. Sostener esto en escena podría debilitar mi trabajo, aniquilarme, pero creo que lo ha llevado a un lugar de mucha luz. Como si con la obra ella siguiera con nosotros, vagabundeando en uno de esos bosques de minorías que gritan a la luna, como dice su autor. La obra ha perdido su condición de distópica. Es la realidad la que se ha adaptado a la obra y no al revés. Vivimos en este mundo hedonista y azucarado donde ya no hay lugar para los atardeceres a no ser que sean filmados, editados y compartidos. La obra de Bradbury tiene casi 70 años y parece que sea el telediario de ayer.
- ¿De qué manera cambia la dirección de una obra cuando tú mismo la interpretas, buscas una mirada externa?
- Esta obra la dirigió María en sus inicios junto a mí. Ella fue la mirada externa en sus primeras fases. María me propuso un trabajo cercano, de mirada limpia, sin mucho aspaviento y de gesto sincero. Me retó a restar teatralidad a la propuesta, a ubicarme en otro rango interpretativo y yo continué a partir de esta premisa. Nuestras primeras sesiones se basaban en lecturas, muchas veces en casa. Eso hizo que la propuesta se quedara en esa intimidad tan compleja, lejana de cualquier artificio. Huir de lo coreográfico, mostrar más el armazón que la fachada. Un solo paisaje, un solo personaje, poco movimiento, poco tránsito más allá de un bosque de palabras que van cayendo al espectador. La mirada de Cotu Peral que pone la luz y nos abre la cueva y de Carles Chiner que compone la música, fueron parte de este lienzo. Cuando María se marcha y me quedé sólo en el camino conté con colegas que pasaron y vieron el material (cada vez esto es más frecuente en mis procesos, el compartir y dejarme). Mostré el trabajo a varias personas en mi local de una manera clandestina y con dos focos azulados para apuntalar esta precariedad escénica que creo que potencia la obra. Y después de escuchar a todos, incluso a María, hice lo que quise. Y es como debe ser. Un maestro que tuve una vez me dijo; huye de los consejos, huye de las citas, huye. También lo dice Bradbury, busca en los discos antiguos, busca dentro de ti, busca dentro de ti. Mira, ya se me ha escapado una cita. Ni caso.
- Vuestra vuelta de tuerca a Las aventuras de Tomasa Sawyer contó con el cambio de género de villana y protagonista. ¿Cuáles habéis introducido aquí respecto al original?
- El cambio más importante y que modifica el desenlace de la obra original es que Montag no se queda con el libro de la obra original, El Apocalipsis. El libro que cae en sus manos es la propia obra que los espectadores están viendo, Fahrenheit 451. Esto convierte a Montag en su propio relator. Está contando su historia. Yo estoy contando mi historia. Yo soy 451. Descubrimos esto en los ensayos. El trabajo del actor es contar historias y mientras la contábamos nos dimos cuenta de que no podía ser otra que la misma que estábamos contando. No sé si se entiende este sinsentido que para nostros cobra todo el sentido. También hemos tenido que eliminar tramas y personajes y centrarnos en el personaje de Montag, ya que era su viaje el que nos iba a llevar hasta el final. Seguir sus pasos desde su mirada, desde sus miedos, desde su poesía.

- Llopis fue el monólogo que te valió en julio de 2015 la alabanza del crítico teatral de El País Marcos Ordóñez cuando fue preguntado en una entrevista digital por su dramaturgo vivo preferido. ¿Cómo de cómodo te sientes en el formato unipersonal?
- Es un acto de amor propio. Un monólogo es una fábrica de ego, pero de ego en el sentido más sartriano posible. La responsabilidad de tu yo ante lo político, lo creativo y lo cotidiano. Te ves solo ante ti y ante lo que quieres mostrar. Una especie de nudismo teatral. En mi caso ha sido un ejercicio de escucha para dentro, de confianza en uno mismo. Los monólogos que me gustan son en los que veo al intérprete abriendo algo que estaba cerrado, o narrativa o emocionalmente. Y por lo que comentas del crítico de El País, bueno. He tenido grandes críticas y críticas dolorosas. Me gusta mostrar tanto los podios como las cunetas. De eso están cargadas nuestras obras de La Teta Calva, como Tributo, que le echa más limón a la herida del fracaso que a los logros. Esta obra se centra bastante en eso, en nuestras buenas rachas y nuestros abismales charcos. No creo en las listas, en los ranking ni en esos google map de los éxitos que salen a final de año y te dicen que lo de Sacristán fue mejor que lo tuyo. Las buenas críticas muchas veces hacen más daño que las malas.
- Siempre habéis hecho protagonistas a los desfavorecidos, a los que nunca ganan. ¿Cómo encaja Montag en vuestro catálogo de antihéroes?
- En esta obra el protagonista sufre su propio camino de redención, de liberación. Sale de su caverna sin posibilidad de regreso. Deja las sombras y se estampa contra un sol radiante que lo empieza a purgar. No es un perdedor al uso. Es un perseguidor que se ve perseguido por su propia oscuridad. Camina hacia un horizonte frondoso y silencioso al que sólo se llega por una trinchera. No es un antihéroe. Nadie lo es en esta historia. En 451 no hay victorias. Sólo derrotas, miedos y rendiciones. Pero al mismo tiempo la obra de Bradbury nos muestra que en la derrota está nuestro propio relato. Que nuestro camino se traza con las huidas hacia lo bello, hacia la quietud, hacia la mirada de lo que nunca hemos querido mirar. En las obras de La Teta Calva solemos partir de personajes que ya habitan en el fango. Aquí no. Montag tiene un estatus, hasta es el preferido de su capitán de bomberos, y decide renunciar a él el día que la joven Clarisse, esa niña que colecciona mariposas, le pregunta si es feliz. A partir de aquí empieza el incendio.
- La música siempre ha estado muy presente en vuestros espectáculos, ¿cómo ha sido esta nueva colaboración con Carles Chiner?
- Carles ha tenido que tejer la costura de las múltiples escenas de la obra. 451 transita por diversos espacios, tiempos y estados. Para ello Carles ha creado un ambiente aplastante y lleno de intriga y pesimismo sin dejar huecos a lo bello. En toda la banda sonora hay algunos pianos, muchas guitarras y mucha nocturnidad. Esto camina de la mano de las sonatas de Chopin que entran en la obra por aquello de lo primigenio, de lo puro y de lo desprovisto de mentira. Quería un baile entre estos dos estilos. Lo sórdido y lo sagrado. El callejón y el Olimpo. Creo que esta combinación es el engranaje perfecto para esta dicotomía en la que naufragan todos los personajes.
- El fuego ha sido un símbolo de los relatos compartidos y también, como en la novela de Bradbury o en El Quijote, de la destrucción del conocimiento. ¿Qué papel juega el bidón en vuestro montaje?
- Este elemento, el fuego, tiene una simbología múltiple y mágica en la obra. Es el incinerador pero al mismo tiempo es la hoguera que no quema, sino que calienta. Cómo un elemento puede ser lo mismo y lo contrario. Esta es la dualidad de la fuerza que aniquila y al mismo tiempo sostiene la vida. Esta coexistencia de sentidos aparentemente opuestos pone en seria duda nuestra tendencia a pensar este mundo en términos de dicotomías rígidas dentro del mismo marco. Un lugar de destrucción y de abrigo al mismo tiempo. Al final el cubo de queroseno es un lugar de encuentro. De rostros ocultos en el crepitar de la brasa. Tiene algo de ave fénix, de esperanza bajo las bombas. Por lo tanto, de templo.

- Yo soy 451
- La obra se ambienta en un mundo donde los porches y las mecedoras han desaparecido de los hogares. ¿Qué es lo que echas tú de menos en los actuales?
- Si tuviera que tomar el relevo a Bradbury e imaginar cuáles son las cosas del día a día que van a ir desapareciendo o eliminando en futuras sociedades ultradominantes, empezaría por las ventanas. Fuera las ventanas. Todo horizonte está en una pantalla. Eliminaría las cuberterías, son peligrosas y la gente puede sorber un tubo con los nutrientes necesarios. Sin tenedores evitamos insurrecciones. Las cocinas, antaño lugar de encuentro, serán espacios residuales. Un microondas y una nevera con grifo. En un futuro no lejano echaremos de menos a ese tipo que te ponía gasolina en la estación de servicio... Ah, no. Que ya no está. Ir al videoclub, eso echo de menos. Dedicar tiempo a algo. Hoy lo llamamos ritual. Nos han invadido los gurús con tanta galleta feliz. Pero no es ritual, es pasarte un buen rato haciendo algo. Huir del scroll e instalarse de vez en cuando en la nada.
- Tal y como pinta el presente, ¿crees que han sido más acertadas las distopías de Bradbury, que describió una sociedad donde la conformidad es impuesta por el miedo y la apatía, o la de Huxley, que imaginó una sociedad esclavizada por el placer y las distracciones?
- Creo que tanto Fahrenheit 451 como Un mundo feliz son obras espejo en múltiples aspectos. Sociedades que viven por y para el placer, por y para el entretenimiento, donde sus habitantes no tienen margen para la duda y la perniciosa contemplación. Vidas vacías llenas de contenido. Esta contradicción está en ambas obras. Es cierto que Huxley se centra en el placer y Bradbury en la censura. Pero la censura de Bradbury no es visible o detectable para quienes viven en su mundo prebélico, porque el hambre de conocimiento se suple también con entretenimiento, con parques de atracciones, con pantallas y programas reality hechos a medida y con estímulos constantes aderezados de ansiolíticos y terapias de choque. La infelicidad de Bradbury se presume, pero se oculta por miedo. La felicidad de Huxley -hace mucho que no reviso la obra aunque le tengo ganas para una adaptación teatral-, es real ya que la sociedad vive medicada para ello. Pero en ambas piezas reinan la diversión y la ceguera como mecanismo de control. Lo único que para mí separa una pieza de la otra es la violencia que está a la orden del día en 451 y que no aparece de manera tan explícita, al menos en los primeros capítulos de Un mundo feliz. Por lo que para mí, 451 es más reflejo de este hoy donde la persecución al opositor, al disidente, es un trend de los autoritarismos en ocasiones velados y por norma descarados.
- El otro día escuchaba en el podcast ‘No es el fin del mundo’, como la reiteración del género distópico en la ficción reciente nos hace aceptar sin oposición futuros nada halagüeños, mientras que la utopía cultiva la imaginación y la esperanza. ¿Coincides?
- En una sociedad de confort como la nuestra siempre nos ha resultado atractivo el peligro desde este palco en el que hemos vivido. Nos excita imaginarnos en un fin de algo precisamente por esto, por que lo vemos lejano y ajeno, excitante por lo imposible. Pero ya no. Ahora lo vemos todo a la vuelta de la esquina. Lo vemos o nos lo hacen ver. Todo se presume inevitable y nada halagüeño. Pero creo que la distopía nos invita no a temer, sino a despertar. Por eso esas novelas, como Fahrenheit 451 han sido y siguen siendo perseguidas y prohibidas. Porque son transformadoras. Y al contrario, no nos empujan a aceptar la derrota sino que nos invitan a lo contrario. No son escenarios que se quedan en lo meramente estético, en la excitación del abismo. Estas obras clásicas de hoy desenmascaran estos mecanismos de control desde una ventana poética y no panfletaria. Nos recuerdan que la lucidez es la única medicina para tanta anestesia.