VALÈNCIA. Lola Herrera ha superado la categoría de referente del teatro para encarnar el buen hacer y la garantía del éxito sobre las tablas. Con 90 años bromea diciendo que no le queda “mucho tiempo por aquí”, pero sigue demostrando que el teatro y ella se necesitan, saliendo de giras largas y defendiéndolas a capa y espada (“el teatro tiene que acercarse a su público”).
Ahora defiende Camino a la Meca (Teatro Olympia, del 20 de enero al 1 de febrero), una reivindicación frontal de la libertad individual, encarnada en el cuerpo y la voz de la actriz. La obra, un texto original de Athol Fugard, ahora dirigido por Claudio Tolcachir, sitúa su acción en la Sudáfrica del apartheid en 1984, pero despliega preguntas que resuenan en el presente.
Herrera interpreta a una mujer mayor que decide no renunciar a su deseo ni a su forma de vivir, pese a la presión social y moral de su entorno. “Mi personaje era una mujer, no era ninguna jovencita, era una mujer con años y tuvo la valentía de luchar por su libertad”, subrayó en la rueda de prensa la actriz.“Es una mujer que quiere lo que quiere y va a por ello, con mucho miedo, a veces, con muchas prevenciones, pidiendo ayuda”, añadió.
Su personaje, inspirado en la escultora Helen Martins, que hizo un jardín con 200 esculturas dirigidas a la Meca, representa “un ser que persigue el deseo, la luz de la inspiración que no corresponde a ninguna edad ni a ninguna generación”, según explica el director Claudio Tolcachir en el dossier de la obra.
En el escenario, a su lado, Natalia Dicenta, hija de Herrera, con la que se reencuentra en un proyecto común por primera vez en 20 años. “Esta es una obra de actrices, una obra de amistad y de sororidad, en la que cada una es refugio de la otra”, resumió. Además, señaló que el texto pone en primer plano “la libertad de decisión, de cómo quieres vivir tu vida y cómo dejarla”, y recordó que, aunque el contexto original sea el apartheid sudafricano, “muchas cosas de las que se plantean siguen completamente vigentes”. Dicenta representa una joven que idealista que luchará por la igualdad en el contexto del apartheid.
El contrapunto lo aporta Carlos Olalla, que encarna a un líder religioso de una comunidad muy conservadora. “Mi personaje representa un poder que ve la espiritualidad y la creatividad del personaje de Helen como una amenaza”, relata. La dirección de Tolcachir intenta poner el acento en el derecho a la libertad en la vejez, una etapa demasiado a menudo asociada a la renuncia.
Hablando de teatro
La oportunidad de tener a Lola Herrera a disposición de los medios de comunicación genera más preguntas sobre el teatro en general que sobre la obra en particular. Y Herrera, generosa, contesta sin parecer medirse en exceso.
Por ejemplo, criticó duramente que las obras de teatro producidas por las unidades dependientes del Ministerio de Cultura “que pagamos todos” “no salgan de gira”: “el teatro nacional se debe ver en la nación”.
Pero las giras, que la actriz no paró de reivindicar a lo largo de la rueda de prensa, cada vez “son más difíciles” y las puso precisamente en la diana de lo que se debería ocupar la Academia de las Artes Escénicas, que hace apenas unos días elegía a la valenciana Magüi Mira como nueva presidenta (“Magüi hará cosas porque donde está, hace”, valoró la actriz).
Herrera criticó que las giras se organizan de forma errática porque las agendas las confeccionan un montón de administraciones públicas diferentes en vez de “un empresario particular”, y confesó algunas de las rutas que les mantienen cruzando España en zig-zag estos meses. “La vida que nos están dando es penosa. Hay que moverse, pero cada vez es más difícil”, concluyó.
Olalla añadió la cuestión del encarecimiento de los alojamientos, que empiezan a estar por encima de las dietas que estipula el convenio colectivo de las artes escénicas. “Si la cultura no cuida a sus trabajadores con dignidad, a quienes se les está arrebatando la cultura es al público”, aseveró.

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Una nota personal del actor más allá de la reivindicación: el actor vuelve a València, ciudad a la que le une otra etapa de su vida. Antes de ser actor, vivió durante cuatro años cuando trabajaba como delegado territorial de una empresa ajena a la cultura. “Luego me quedé en paro y tuve que reciclarme como actor”, contaba ayer.
En este reencuentro, quiso acordarse de “uno de los pueblos de España con más cariño hacia las artes escénicas: L’Eliana”. Allí se encuentra APLAE, la Associació Per Les Arts Escèniques, un grupo de teatro amateur que “ha llegado a hacer montajes con sesenta personajes”: “El teatro amateur es el que demuestra más amor por el teatro”.
“El teatro, además, debería estar presente en la educación porque es un espejo de la sociedad que te permite, no solo conocerte a ti mismo sino conocer quién va a ser en la sociedad”, concluyó.