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comer con calor

Tiempo de calditos

Dicen los expertos que el calor se aplaca con calor 

Por | 10/07/2020 | 3 min, 18 seg

Arderemos en el infierno antes de lo esperado. Al borde de una sabana en llamas, veremos derretirse la historia ondulada, secarse el futuro a causa de eso que en su día llamamos cambio, y no hecatombe, cambio, y no fin del mundo.

El cielo no se oscurecerá, más bien el sol exagerará hasta destruirnos.
Igual estoy apocalíptica. Igual solo es verano y hace calor, mucho calor. Sobre todo en las ciudades, donde el asfalto, el hormigón y el cristal acumulan con rencor el ardor del día, para vomitarlo de noche como venganza.

¿Y qué hacemos nosotros? Pues tomar algo fresquito, una cerveza, pero que esté bien fría, en jarra helada a ser posible, no sin antes pasarla por el rostro como un rodillo celestial, un helado, si es de frutas mejor, un gazpacho. Todo muy frío. Huyendo lo más posible del fuego que nos crece dentro.

Mal, muy mal. Dicen los expertos que al calor lo que le va bien es el calor, de la misma manera que a ti no te pegaba nada ese ex, por más que te empeñaras durante años en que si la complementariedad, que si los polos opuestos se atraen. De la misma manera que en invierno, un helado atempera.  

Si fuéramos reptiles, una iguana o una boa constrictor, bastaría con tendernos al sol o a la sombra, y permanecer inmóviles para sintonizar la temperatura del entorno con la nuestra. Pero somos humanos, torpes humanos, animales hechos de razón y cerrazón, animales con certezas, que no se funden en el ambiente, sino que hacen que el medio ambiente se doblegue ante ellos.  Somos mamíferos y por tanto homeotermos, es decir, regulamos nuestra temperatura a partir de la energía que obtenemos de la comida, para conservar- ya nieve, truene o solee sin remedio-, una temperatura media que ronda los 36,5.

Por eso no debemos tomar cosas frías en la canícula, sino todo lo contrario: sopitas, caldos, tés, porque la digestión de alimentos fríos genera un aumento de la temperatura, mientras que la ingesta de bebidas calientes hace que nuestro organismo transmita señales al cerebro para refrigerarnos.  

Que menos helados, menos agua fría, y más templada, más sandía y frutas de hoja verde que contienen sobre todo agua, agua como nosotros, si no queremos pasar tanto calor. Que hemos de estar en consonancia con nuestro cuerpo vienen a decir.

Es curioso cómo tendemos a huir de nosotros mismos. En los talleres de escritura, lo observo a menudo. Se suele rehuir del propio estilo, se reniega de la prosa natural. También a mí me sucede. Incluso cuando recomiendo textos de escritores que me han parecido maravillosos, de Lorrie Moore, de Mariana Enríquez, de James Salter, de pronto, y solo por ser yo quien los ha elegido, les empiezan a crecer defectos. Los mismos textos que antes leía con embriagada envidia, en el preciso instante en que soy yo quien los propone, dejan de ser tan buenos, tan universalmente buenos, tan acojonantemente buenos.

Una vez oí a Paco de Lucía contar que regresaba de una playa mexicana en su coche, escuchando la radio, y al cambiar de emisora, sonaron los primeros compases de una canción y pensó: qué buena, y subió el volumen. Sólo entonces reconoció uno de sus temas, y a él mismo tocando la guitarra. Y ya no pudo evitar pasar el resto del trayecto encontrándole defectos.

Tal vez sea inevitable el deseo de alejarnos de lo que nos crece dentro, tal vez nos construyamos en la huida, en el extremo. Pero no está de más recordar de vez en cuando que el fuego con el fuego, y el hielo con el hielo.


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