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COSAS DE BÁRBARA

Toda lucha es inútil

¿Recuerdas, tronco,  cuando le pedías a alguien de salir, o proponías ir  a dar un voltio por los garitos con la vasca? (¿que viene Aranzazu? te preguntarían hoy, extrañados)

| 09/12/2016 | 4 min, 4 seg

Ya no nos vamos al sobre cuando tenemos sueño, ya no hace biruji por cruel que esté siendo este otoño, ya nada cuesta un pastizal por más que nuestro poder adquisitivo ruede sin frenos cuesta abajo. La moda de hablar así pasó.  Efectiviwonder, ya no es guay del paraguay, nasti de plasti, no mola, ni cantidubidubidubi ni tan siquiera un poquito.

Todo este párrafo, hecho de frases vintage (palabra que sí está de moda) ha quedado simplemente viejuno (palabra que también está de moda). Como el metacrilato, como el plexiglás, como el plumier, como ir al restorán.

Como muchos platos que vivieron su momento de esplendor y que hoy miramos por encima del hombro con una sonrisilla condescendiente. Porque la cocina no escapa a la caprichosa tiranía de la moda.

Quién no recuerda aquel cóctel de gambas, imprescindible en todo banquete, esa sopa de salsa rosa con tropezones de lechuga, gambas y piña, o aquellos entremeses, ranciedad y tristeza del franquismo hechas loncha, con un pegote de ensaladilla rusa echado como aguaplast en el centro. Ya no brilla con luz propia el melón con jamón, ni las gambas con gabardina, ni el pastel de pescado, ni el aspic (que a mí me hace pensar en James Bond esquiando entre pijos).

Y esos aperitivos de dátiles con beicon, esa mezcla de dulce y salado que entonces se nos antojaba el colmo de la vanguardia. En el restaurante, también llamado restorán, se ofrecía casi obligatoriamente el solomillo a la pimienta, bien bañado en nata. Y en cualquier reunión casera, eran sinónimo de glamour los  canapés de pan Bimbo con mantequilla y sucedáneo de caviar o los de salmón con Philadelphia.

Algunos alimentos  han permanecido en nuestras mesas pero han variado de estatus en muchos casos, ¿os acordáis de cuando el salmón ahumado era considerado un lujo, la piña una fruta para grandes ocasiones y el kiwi un símbolo de exotismo, poco antes de convertirse en fruta para cagar?

Y qué decir de aquellos postres que coronaban invariablemente todas las comilonas: el entrañable pijama, la tarta al whisky, la tarta Comtessa, y para los niños, el melocotón en almíbar, el Frigodedo o el sándwich de nata.

Ah, qué recuerdos, qué tiempos aquellos, qué afortunados somos de que pasaran.

Porque así como algunas de esas expresiones viejunas tenían su gracia -que daba gloria gaynor oírlas-, así como la música de moda de antaño era objetivamente mejor que la de hoy en día (y cuando digo objetivamente, quiero decir objetivamente: según un estudio de la universidad que tras analizar cientos de canciones con un programa informático, se llegó a la conclusión de que la música actual es mucho más previsible, más homogénea y con menos sonoridades que la de hace unas décadas), en cocina podemos afirmar sin embargo que vivimos tiempos afortunados, que lo que hoy está de moda gastronómicamente hablando es infinitamente mejor, más imaginativo, más variado que lo de hace unas décadas.

Esta temporada vienen pisando fuerte los sabores ácidos, frescos, con un puntito oriental, Se lleva la lima, se lleva el cilantro, se lleva el aguacate y el mango, se llevan los frutos secos. Se lleva el tartar, el atún, las ostras, las hamburguesas de autor, se lleva el ceviche, se lleva la alcachofa. Se lleva el pan de todas las maneras menos blanco. El foie sin embargo, tan de moda estos últimos  años, vive horas bajas.  

Podríamos caer en la tentación de pensar que la moda es propia de frívolos, de gente débil repleta de grietas por las que se cuelan las corrientes del momento, pero ya advertía Josep Plá que contra la moda, toda lucha es inútil. Seguramente porque sus mecanismos siguen siendo un misterio, porque desconocemos las extrañas razones por las que en un momento dado, una música, una prenda de vestir, una expresión, una comida entran en el imaginario colectivo cargadas de connotaciones positivas.  Porque la moda es tremendamente aleatoria y lo mismo eleva a las alturas un bodrio que una genialidad. Porque es imposible no caer en ella, aunque sea negándola.

Dicen que moda es todo aquello que dentro de diez años nos causará risa. Pero también que el que ríe el último ríe mejor.

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