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EL MURO / OPINIÓN

¡Todo por el aire!

Ahora hay que comenzar a tapiar monumentos histórico-artísticos para evitar que los menosprecien. Son las Fallas de una ligereza y un desmadre colectivo de manual. Cambiamos visitantes por basura. Todo parece permitido. Gran gestión y pedagogía pública es lo que nos falta. No se atienden ni leyes

17/03/2019 - 

Hay que ver cómo algunos aspectos y asuntos se nos están yendo de las manos bajo un manto de tolerancia y malentendido que cada vez cuesta más comprender. Tener que llegar al extremo de tapiar las puertas de acceso a La Lonja de Valencia a través de su escalera gótica, nuestro emblemático edifico Patrimonio de la Humanidad, para intentar evitar su deterioro incívico dice mucho sobre lo que hemos convertido en muy pocos años o nos están convirtiendo otro Patrimonio de la Humanidad, como son la Fallas. Algo pasa, y es muy serio, aunque no lo queramos ver con objetividad.

Hace un par de años advertí que las Fallas tras su designación como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad debían de contar con una nueva regulación. Habían dejado de ser una fiesta popular local para convertirse en algo absolutamente desconocido en su horizonte y, lo peor, descontrolado. También, que como no pusiéramos normas y se alcanzaran acuerdos entre todos los implicados/afectados se podían llegar a convertir en un problema cívico. Y por ahí continuamos. Pero lo más grave, a peor.

Y es que las Fallas han adelantado su inicio como atracción turística y desmadre ya no a una semana antes de sus fechas sino a quince días de su comienzo.

El pasado domingo opté por recorrer la ciudad durante la mañana. Una multitud de todo tipo ya invadía las calles del centro desde antes del mediodía. Salían disparados desde la Estación del Norte. Me senté en las escaleras del Mercado Central. Estuve un rato observando cómo la gente iba dejando en el suelo latas, botellas, papeles, envoltorios…lo que hiciera falta. Minutos después descubrí que el montaje de la barricada a las puertas de La Lonja ya era una semi realidad. Hordas de turistas y visitantes recorrían el escenario dejando a su paso más basura sin impunidad, y menos contemplaciones. Hasta me llamó la atención que fue un asiático el único que dejó en una papelera el envoltorio y los restos de un bocadillo. Eso rodeado de basurilla a los pies de las mesas de las terrazas que servían un tipo de paella de color desconocido y un olor a fritanga sospechoso. Habían cambiado el mercadillo por terrazas.

Me pregunté qué necesidad teníamos de tapiar La Lonja si entre las normas de urbanidad, educación y civismo se encontraba el respeto por el Patrimonio o, simplemente, por lo nuestro.

Horas después, durante el almuerzo, un familiar comenzó a narrar el desmadre tan absoluto al que había asistido la anterior noche en una verbena popular en Ruzafa que no se recuperó de basura hasta el mismo lunes antes de que abriera su mercado, como me recordaban los propios comerciantes asustados. Volaban por el aire las botellas, cuentan. Tuvieron que acudir hasta lo antidisturbios ante el auténtico descontrol que allí se vivía. Si un tipo de 22 años con más ganas de divertirse que uno de 23, capaz de aparecer en tu casa a la hora del desayuno, manifiesta su auténtica perplejidad por lo vivido es que aquello había sido de auténtica locura. Algo así como el tráfico desde las Grandes Vías al centro. Una barbaridad descomunal de poco sentido y aún menos razón.

Foto: KIKE TABERNER

Esto se nos va de las manos. Y si no atiendan y observen estos días a su alrededor. Nos estamos convirtiendo en el corral de la fiesta. Lo siento, pero hay muchos, falleros incluidos, que lo permiten y hasta lo animan. Y también existe una responsabilidad política de alto rango que debería comenzar a pensar que esto no puede continuar igual porque cualquier día lo convertimos en la fiesta del todo vale y el caos consentido, que es a los que vamos.

Me sobran tablones cubriendo La Lonja y tolerando que casales, carpas, meaderos y todo lo que no está escrito convierta esta ciudad en un circo tétrico o más bien patético. ¿Quién puede imaginar que una fiesta Patrimonio de la Humanidad necesite de meaderos públicos repartidos por las calles como si fueran elementos estéticos o de diseño que sólo animan al vómito?

Que sí, que está muy bien la fiesta, la música, el olor a pólvora, las verbenas y despertaes, la venta ambulante, el caos circulatorio, las carpas cortando el tráfico, las paellas y barbacoas: hasta está muy bien lo que haga falta para divertirse, como animar a las falleras y a la sociedad a que grafiteen la propia falla municipal como lección participativa en un acto o supuesto hecho artístico a desarrollar el resto del año como señal de fallerío, e incluso llenar cualquier rincón de mesas y sillas que impiden el paso de minusválidos. Todo es válido. Y al que no le guste, que se fastidie.

Menuda lección cívica municipal. Pero como ya advertí el pasado año, hace falta que nuestras cabezas pensantes del Ayuntamiento y la Generalitat pisen la calle, abandonen el balcón del Ayuntamiento o los viajes exprés en las mismas fechas y se dejen de ágapes gratuitos a nuestra costa para comprobar en qué nos estamos convirtiendo o en qué estamos convirtiendo las Fallas. En una “fiesta” de la basura en la que mear las paredes de cualquier monumento es hasta divertido o en tener que proteger nuestro patrimonio de la Humanidad frente al vandalismo anunciado, conocido y hasta diría por los hechos consentido. No sirve ir a casales y poner bunyols en la solapa. Ni reunirse en juntas, ni siquiera dictar bandos. No. Bajen a la calle y observen. O hagan acatar las leyes. Después actúen por dignidad. Porque de no ser así cualquier día convertimos los museos en estercoleros y el maravilloso cauce del Turia -ese tan premiado del que sacamos pecho- en un mar de letrinas, que igual. Ese es el problema. No pisan la calle, ni los barrios. No se enteran. Están en otra dimensión, embriagados por la esencia del olor a pólvora.

Así que, bienvenidos al caos. Estamos en ello. Y lo mejor, cada año nos salimos un poco más. No entiendo cómo los propios falleros no se levantan en armas o exigen trellat y dignidad para su fiesta. Es su obligación. Sí realmente están por la dignificar las Fallas y no por la mera anarquía temporal.

Ánimo, aún nos quedan un par de días más para arrasar. Están todos invitados. Total, nos cuesta sólo un pico de nuestro presupuesto levantar de nuevo la imagen de la ciudad y recuperar jardines, calles y patrimonio. Después ya limpiaremos y nos pondremos medallas de urbanidad o éxito popular a través de esas RRSS manipuladas. ¡Todo por la fiesta!

Foto: KIKE TABERNER

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