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jornada de cuatro días semanales

Trabajar menos, producir más

La Generalitat impulsa un programa experimental para reducir la jornada laboral y comprobar cómo afecta al bienestar de los empleados y a los resultados de las empresas. Un debate que sin duda habrá que retomar al hablar de cómo salir de la crisis 

21/04/2020 - 

VALÈNCIA. Los efectos del tsunami del coronavirus sobre el mercado de trabajo están por ver, pero van a ser profundos. A corto plazo, una destrucción de empleo no vista ni en tiempos de guerra. A medio, tal vez, la consolidación del teletrabajo, la reducción de las casi siempre improductivas reuniones y, probablemente, una reducción de las visitas comerciales y los viajes en favor de las videoconferencias. De una manera u otra, nada será lo mismo. ¿Ha llegado el momento de la reducción de la jornada de trabajo? El Gobierno valenciano cree que sí. 

El secretario autonómico de Empleo de la Generalitat, Enric Nomdedéu, apuesta —antes y después de la madre de todas las pandemias— por replantear la secular condición del trabajo como un pilar fundamental de nuestra vida. La clásica jornada de cuarenta horas semanales es «una barrera a la compatibilidad con la vida privada y familiar», dice el alto cargo. De acuerdo con esa filosofía, la Administración autonómica ha anunciado un plan para experimentar con la implementación de la jornada laboral de cuatro días. 

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El proyecto aún está en mantillas. No tiene fecha de ejecución —la burocracia manda— y las conversaciones con sindicatos y empresarios han sido simplemente prospectivas. Empleo estudia diseñar la iniciativa con el IVIE (Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas), pero el asunto aún no ha sido abordado en profundidad. En cualquier caso, Nomdedéu y su equipo quieren ejecutar la idea en 2021, seguramente subvencionando a las empresas que reduzcan los días —o las horas— laborables de su plantilla. 

No será fácil romper la inercia. Sorprendentemente, en 1919, España fue el primer país de Europa en aprobar la jornada de ocho horas diarias. Un siglo después las cosas han cambiado poco, desmintiendo los pronósticos de gente tan brillante como John Maynard Keynes. El genial economista inglés lo tenía claro en 1930, cuando predijo que el progreso tecnológico y el constante incremento de la productividad reducirían el trabajo semanal a quince horas. Richard Nixon, el presidente de los Estados Unidos hundido por el Watergate, pronosticó los cuatro días de trabajo en 1956. Más recientemente, Íñigo Errejón en España y el laborista Jeremy Corbyn en el Reino Unido llevaban esa propuesta en sus programas. Ambos, seguramente por otras razones, han tenido pésimos resultados electorales.

Como se ha escrito en The New York Times, la jornada semanal de cuatro días es como la promesa del coche volador: una realidad cercana que nunca se materializa. Las razones son diversas. Las empresas y los trabajadores menos productivos no se pueden permitir el lujo de trabajar menos a riesgo decaer en la pobreza, y los empresarios son, en general, reacios a la propuesta. La inercia puede ser otro factor. Finalmente, el trabajo ha ocupado un papel central en la vida de mucha gente y el consumismo, llegado con la expansión delas democracias liberales tras la Segunda Guerra Mundial, no ayuda. Muchosprefieren acumular trabajo y dinero para comprar el último gadget que pasar mástiempo de ocio o con la familia. 

La coyuntura, sin embargo, puede cambiar. La reducción de jornada, según Nomdedéu, encajaría entre «las medidas propias del poscapitalismo y el postrabajo en los cuales estamos inmersos. Además son compatibles con las necesidades y retos asociados a la modernidad, como son elcambio climático o la conciliación familiar, pilar central de esta nueva construcción del futuro del trabajo». Hay estudios que apuntan que los jóvenes ahora llamados millenials— valoran más el tiempo libre que un trabajo bien remunerado pero exigente. Además, aunque compran móviles caros prescinden de los coches y no sueñan con vivir en un chalé de la periferia o una segunda residencia. 

La viabilidad de esa jornada reducida, sin embargo, está por probar. Los experimentos que se han realizado ofrecen, como dicen los científicos, evidencias mixtas. Un ensayo de Microsoft en Japón en agosto de2019 fue un éxito. La productividad se incrementó un 40%, el 92% de los 2.300 empleados aplaudió la medida y se redujo el consumo de energía. También el de papel, hasta un 60%. La multinacional se ha comprometido a replicar la prueba pero no tiene ningún plan para implantar la medida. Otros ensayos no han sido tansatisfactorios. 

En Suecia, el Ayuntamiento de Gotemburgo lo probó en unaresidencia de ancianos en 2015. Dos años más tarde el experimento fue cancelado

En Suecia, el Ayuntamiento de Gotemburgo lo probó en unaresidencia de ancianos en 2015. Dos años más tarde el experimento fue cancelado. La mayoría del personal lo aprobaba pero el coste hubo que contratar más enfermerosfue inasumible. El concejal del área lo dejó claro:«¿Podemos hacerlo de nuevo? No; es demasiado caro». Una prueba similarentre los empleados públicos del estado de Utah (Estados Unidos) también fue cancelada y el Gobierno de Finlandia Escandinavia es la envidia del mundo por sus prácticas laborales— desmintió en enero las noticias sobre la implantación de esajornada en el país. Sin embargo, algunas empresas van en esa dirección. 

Es el caso de Zataca, una consultora tecnológica de Elche. La pyme (veinte empleados) ya ha recibido la visita de Nomdedéu tras fomentar la flexibilidad laboral al máximo: los empleados pueden escoger entre varias jornadas semanales de trabajo, respetando las 37,5 horas por semana eincluyendo los cuatro días, opción escogida por la mitad de la plantilla. Los resultados están por ver pero, de momento, se ha disparado la recepción de currículums. Según algunos expertos, este tipo de empresas, intensivas enconocimiento, son las que mejor se pueden adaptar a planes flexibles. No es lo mismo desarrollar software que atender ancianos en un geriátrico o servir tapas en un bar. ¿Puede la economía valenciana beneficiarse de una reducción generalizada de la jornada laboral? 

Pros y contras 

Nomdedéu y su equipo creen que sí. Su propuesta se basa en un estudio de Autonomy, un pequeño centro de investigación inglés orgullosamente posicionado en la izquierda ideológica. El trabajo ha sido elogiado por líderes sindicales, el partido ecologista británico, los laboristas (arrasados por Boris Johnson en las elecciones del pasado diciembre), Die Linke (una especiede Podemos alemán) y el propio Nomdedéu, cuyo equipo ha adaptado el trabajo a la realidad local. 

Autonomy parte de una premisa clara: el sistema no funciona, asolado por la precariedad, la brecha de género, el estancamientode la productividad y la desigualdad, a la espera de los problemas que podría añadir la robotización. Visto el panorama, una reducción del tiempo de trabajosin pérdida de sueldo aumentaría la productividad y beneficiaría a los trabajadores (más tiempo libre) y a las empresas (mayores beneficios). También a la sociedad, gracias, por ejemplo, a una reducción de los desplazamientos y, por tanto, de las emisiones contaminantes o a un mejor cuidado de los niños. 

Pero reducir horas sin ser más productivos conlleva un coste económico inasumible para las empresas y para las economías

Los autores, sin embargo, reconocen que el camino no será fácil. Demuestran que los países más productivos trabajan menos horas. Por ejemplo, los griegos trabajan muchas más horas que los alemanes, y los españoles que los franceses, lo que también vendría a demostrar que cuanto menos riqueza generas —’valor añadido, en la jerga económica— más tiempo en el tajo necesitas. Ese sería el caso de la Comunitat Valenciana, cuyos niveles de paro (14%, antes del coronavirus), riqueza (por debajo de la media española) y productividad demuestran la extrema debilidad desu aparato productivo. 

Vicente Pallardó, profesor del departamento de Estructura Económica de la Universitat de València, se muestra escéptico: «El problema es que para trabajar menos hay que ser más productivos. Keynes hizo su predicción cuando la productividad avanzaba más de lo que lo ha hecho en las últimas dos décadas. Parece bueno seguir por ese camino, pero no se puede invertir el orden. Cuando se consiguen aumentos progresivos de la productividad, se va reduciendo el número de horas trabajadas. Por eso, los países más desarrollados son aquellos en los que se trabaja menos horas, con Alemania a la cabeza. Pero reducir horas sin ser más productivos conlleva un coste económico inasumible para las empresas y para las economías» 

¿Un mercado laboral de castas?

Nomdedéu sabe que el camino será largo y difícil, pero tiene fe en la iniciativa. «La propuesta de reducción de la semana laboral, bien sea en días y horas, entendemos que inicia un ciclo virtuoso. Para las empresas, puede suponer incrementos de productividad, y de hecho así lo señala la evidencia empírica disponible. También mejoras en la fidelidad y capacidad de atracción detrabajadores. Para las personas trabajadoras las ventajas son evidentes, mejor conciliación familiar, más tiempo libre, menos estrés y ansiedad laboral...Por último, cabe también considerar los efectos positivos sobre el medio ambiente: reducción de desplazamientos, estilos de vida menos intensivos y horarios másracionales».

Jordi Palafox no es tan optimista. Es catedrático de Historia Económica de la Universitat de València y autor de Cuatro vientos en contra. El porvenir económico de España (Ed. Pasado y presente, 2017), un argumentado grito contra el capitalismo clientelar que sufre el país, condenado al empobrecimiento en un contexto global marcado por el dominio de China, la escasa integración de las empresas españolas en las cadenas de valor globales, la baja productividad (por la escasa formación de trabajadores y empresarios) y el pésimo funcionamiento de las instituciones. 

En su opinión, el experimento de la Generalitat yerra el tiro. «Tengo serias dudas de que la Administración, aquí ni en ningún país, tenga capacidad para determinar las formas de organización laboral. Históricamente, al menos, lo que hahecho ha sido corroborar el acuerdo entre trabajadores y empresarios. Los intentos de establecer la jornada de 35 horas ya sabemos cómo han acabado entre nosotros: consolidando los privilegios de grupos reducidos de trabajadores, en especial funcionarios, frente al resto. Los ejemplos del éxito de la jornada de cuatro días en algunas empresas no permiten generalizar su experiencia al resto de la economía. Orientar los recursos de los servicios de empleo en esta dirección en una economía como la valenciana, dominada por un sector servicios intensivo en trabajo no cualificado, está condenado al fracaso. O lo que podríaser peor: a contribuir desde la Administración a la polarización del mercado laboral»

Ramón Marrades, economista urbano, discrepa. Exige a la Administración que arriesgue —«los estados pueden permitirse experimentar y tienen capacidad de señalizar, de marcar el camino»— y cree que una jornada más reducida «es una utopía que merece la pena explorar. Podría contrarrestar la polarización en el trabajo, la precariedad, la desigualdad de género, el estancamiento de la productividad, la amenaza de la robotización y el aumento de la contaminación»

El director de estrategia de  La Marina de València pone las luces largas. «Vivimos tiempos de emergencia, en los que las políticas públicas se dedican a solucionar cuestiones urgentes y han perdido la capacidad de imaginar a largo plazo. Merece la pena hacer algún experimento, de manera controlada, evaluar y con eso ir desarrollando el marco de políticas económicas y laborales en esa dirección».

El problema, dice, es más complejo pues no existe competitividad, entre otras razones, por la «nula inversión en I+D


Nomdedéu incide en ese camino.«La propuesta, contrariamente a lo que se podría pensar, ha sido meditada y se deriva de las conclusiones de un amplio debate sobre el futuro del trabajo que hemos impulsado desde Labora», el antiguo Servef. «Hay que recuperar la iniciativa y la ambición transformadora desde lo público. Y esto último es especialmente importante en lo que respecta a los servicios públicos de empleo, que necesitan adoptar un rol más activo y acompañar a las empresas y trabajadores para enfrentar con éxito, social y económico, los retos de futuro»

Francisco Javier Cano es miembro de Inveslab, un grupo deinnovación e investigación en ciencias laborales de la Universitat de València. No creeen mágicos incrementos de la productividad solo con reducciones de jornada. El problema, dice, es más complejo pues no existe competitividad, entre otras razones, por la «nula inversión en I+D, la reducida dimensión de las empresas y su escasa internacionalización». Sin embargo cree que la medida va en la dirección adecuada. Por motivos económicos e incluso éticos, por «justicia social».

«El reparto del empleo, trabajar menos para trabajar todos y todas, no es una consigna nueva, pero es cierto que, al igual que el pleno empleo, es un objetivo olvidado por la mayoría de gobiernos. La deriva actual va en la línea contraria: reducir jornadas precarizando empleos y vidas. Extensión de los contratos a tiempo parcial, incremento de la temporalidad y pérdida de peso económico de las rentas del trabajo», concluye.  

* Este artículo se publicó originalmente en el número 66 de la revista Plaza

 

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