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‘Un héroe de nuestro tiempo’, de Lérmontov, el triunfo de la desafección

En Nórdica Libros y con prólogo de Nabokov encontramos una de las obras maestras de la literatura rusa, cinco relatos en torno a la figura de un héroe con el alma medio muerta

12/09/2022 - 

VALÈNCIA. A cada tiempo y lugar le corresponde un tipo de tragedia y una especie particular de heroísmo. En nuestro época (ahora las épocas pasan muy rápido) occidental, el héroe es quien, supuestamente, se ha construido a sí mismo partiendo de una situación no privilegiada (supuestamente, decíamos), y resiliencia y ultraconfianza mediante, ha demostrado a todo el mundo con su éxito, que con esfuerzo nada es imposible, y que por tanto, a la inversa, la culpa de que las cosas no te vayan del todo bien o directamente fatal es exclusivamente tuya, que eres un vago, un cobarde y un inútil. Por supuesto, este héroe es tan propio de la ficción como Batman, e incluso más tóxico que el hombre murciélago. Da lo mismo que la experiencia y la estadística demuestren que la excepción que confirma la regla es precisamente eso: la gente tiene necesidad de creer, y le da lo mismo que sea en un dios consolidado, en la energía o en la promesa de abundancia de las criptomonedas. En otros contextos, hoy mismo, el héroe puede ceñirse el pantalón con un cinturón explosivo o luchar a brazo partido contra el sentido común más elemental y contra la verdad más evidente a sabiendas de que sus fanáticas legiones le seguirán votando. De todo hay. La tragedia de nuestro tiempo y lugar, por otro lado, es, como explica el filósofo italiano Franco Bifo Berardi, el no ver en el futuro sino ruina, cuando antes el futuro era luminoso sinónimo de progreso, y motivo de esperanza. El futuro ahora es nuestro enemigo: no queremos que llegue. El futuro es amenaza, peligro, catástrofe inevitable, ineludible, extinción. Así no hay quien se levante por las mañanas. Levantarse por las mañanas y quitarse el pijama es a veces un acto de heroísmo. Mantenemos hasta un anacronismo de película como es un reloj del juicio final. Y la luz por las nubes. Y la inflación. En fin.

Mijaíl Y. Lérmontov tuvo que ser un genio para escribir Un héroe de nuestro tiempo (Nórdica Libros, traducción de Luis Abollado Vargas), historia tejida mediante cinco relatos interconectados a la que uno puede llegar por el tobogán de una referencia en Cape Cod, relato de Ósipov en el volumen Piedra, papel, tijera. En dicho relato, una joven pareja recoge piedras de la orilla que les recuerdan a los personajes de la novela de Lérmontov: una es el triste Grushnitski, otra la circasiana Bela, otra el afable capitán Maxim Maxímich, otra Vera, otra el doctor Werner. Ninguna es Pechorin, protagonista diabólico, aunque una sí es el teniente serbio Vúlich, creyente fatalista con una fe en el destino dura y sin fisuras como la de Abraham en Jehová. Vúlich, que se dispara en la cabeza para probar su confianza en la inevitabilidad de lo que ya está escrito en los hilos de las moiras, es una fuerza de la naturaleza, el único personaje capaz de crear una impresión en el alma de acero de Grigori Pechorin. Vúlich parece ser el triunfo de la fe ruda sobre la razón, del guerrero con anteojeras frente al hombre superfluo, el lishni chelovek (que no encarna en realidad Pechorin, tan frívolo y arrogante como trascendental). Sin embargo, el teniente sobrenatural Vúlich terminará por sucumbir a algo todavía más irracional que él. Sus últimas palabras cerrarán el círculo. Lérmontov, devoto de Pushkin, emuló al poeta hasta las últimas consecuencias, perdiendo él también la vida en un duelo, aunque en cierto modo, toda su vida no fue otra que eso, duelo. Lérmontov creía en un heroísmo antagónico al del personaje que creó con un talento amargo y magistral. Porque Pechorin, el héroe de su tiempo al que hace referencia el título, es la encarnación de la desafección por la vida, el descreimiento absoluto de cualquier autoficción inventada por la especie humana personificado. Pechorin ha nacido con todos los recursos necesarios para seducir, y ha degenerado hasta convertirse en un depredador de la emoción ajena eternamente insatisfecho. Él, a quien ahora llamaríamos erróneamente antihéroe, persigue la zanahoria de una vitalidad que ya ha perdido con una parte de su alma seccionada e irrecuperable.

Así se expresa Grigori Pechorin: “Siento en mí una insaciable avidez que devora todo cuanto halla al paso. Solo veo los sufrimientos y las alegrías de los demás en la parte que me atañen: como un alimento que sustenta mis energías espirituales. Personalmente, no soy capaz de cometer locuras bajo el influjo de las pasiones. Las circunstancias han ahogado en mi pecho la ambición, pero esta se revela de otra forma, ya que ambición equivale a ansia de poderío, y no conozco deleite mayor que supeditar a mi voluntad cuanto me rodea. Inspirar un sentimiento de amor, de fidelidad y de temor, ¿no es, acaso, el primer indicio y el máximo triunfo del poder? Ser para alguien motivo de pena o de alegría, sin que le asista a uno el menor derecho, ¿no es el supremo aliciente para nuestro orgullo? ¿Y qué es la felicidad? Orgullo satisfecho. Si me considerase el mejor y el más poderoso del mundo, sería feliz; si todos me amasen, encontraría en mi corazón fuentes inagotables de amor. El mal engendra el mal; el primer padecimiento insinúa el placer de atormentar a otro; la idea del mal no puede acudir a la mente del hombre sin implicar el deseo de ponerla en práctica. Alguien dijo que las ideas son creaciones orgánicas: cuando nacen, adquieren forma, y esta forma es acción”. Indudablemente, el protagonista de Un héroe de nuestro tiempo es uno de los eslabones de la cadena que nos ha llevado hasta los héroes de hoy. La falta de compromiso con la humanidad ha logrado sobrevivir, no solo eso: se ha fortalecido. No es que antaño fuese mejor, pero es que pensábamos aquello de que saldríamos mejores —esta idea no es exclusiva de un contexto pandémico—. La falta de sensibilidad hacia el otro se ha convertido en un rasgo digno de admirar para buena parte de nuestros contemporáneos. Pero Pechorin no estaría satisfecho. A Pechorin esto le daría igual, claro. ¿Y ahora, qué? ¿Qué es lo siguiente? ¿Qué forma tendrán nuestros héroes y heroínas del futuro? Como se dice: la manzana nunca cae lejos del árbol.

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