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SILLÓN OREJERO

Una distopía en la que los gobiernos han privatizado el sistema solar para las multinacionales

Universal War One fue un cómic premonitorio en 1998. Se atrevió a criticar al capitalismo de la entonces incipiente globalización y el afán de los gobiernos por privatizarlo todo en una época en la que había muy poco margen para discrepar del pensamiento único, que era el del neoliberalismo y las virtudes de la llamada mano invisible del mercado. Su obra, de seis tomos, constituye uno de los mejores cómics de ciencia ficción europeos

1/10/2018 - 

VALÈNCIA. En 1997, cuando Denis Bajram empezó a escribir el primer número de Universal War One (En España lo sacó Norma en 2003) el mundo era un lugar apacible. Todavía quedaban supervillanos, pero se les bombardeaba correctivamente. La democracia era un sistema perfecto e infalible y el capitalismo era el único sistema económico posible porque los demás no funcionaban. El mercado equilibraba la economía de forma justa e incluso científica. No había mucho espacio para discrepar de nada sin ser tachado de loco o indocumentado. Sin embargo, Bajram, este guionista parisino, le puso el cascabel al gato con un cómic crítico con la voracidad de un capitalismo que quería privatizarlo todo, por supuesto, por el bien de la civilización.

Para ello planteó una distopía de ciencia ficción, pero no muy lejos. Transcurría en el sistema solar. Una colonización espacial que parte de cuando, en el año del primer álbum de la serie, el 98, se inventa la antigravedad en La Tierra tras unos experimentos en la Estación Espacial Internacional, en la que, recordarán, solo cabían seis astronautas.

Así, el ser humano puede extenderse por el sistema solar, pero las inversiones que hace la ONU para ir haciendo habitables los planetas no tienen los retornos esperados. De modo que, ante la falta de rentabilidad de la inversión pública, como saben, solo hay una solución muy de los 90 y la primera década del siglo XXI: privatizarlo todo. La inspiración para crear ese escenario de guerra total entre humanos por el sistema solar le vino por la lectura de los típicos aguafiestas: el Le Monde Diplomatique.

El cómic cuenta cómo empresas que se hacen con el pastel se forran, tanto que al cabo de unos años pueden controlar a sus matrices terrestres y forman la CIC (Compañías Industriales de la Colonización) Tenian terminantemente prohibido asociarse, pero de facto funcionan con un consejo de administración común. Son más poderosas que la propia Tierra.

Por este motivo, los países terrestres se fusionan también todos ellos en una Federación y preparan un ejército para defenderse de la amenaza de las multinacionales que han colonizado el espacio. La concesión de la explotación de los planetas es solo de cincuenta años ¿Pero será capaz la Tierra de recuperarlas cuando ha creado un monstruo empresarial que se está forrando a su costa? Y ahí empieza la aventura.

Batallón de castigo

Los protagonistas de la historia, que dura seis tomos y es densa y cuidada, forman parte de una unidad disciplinaria del ejército. Vemos, en las primeras viñetas, que uno de sus integrantes más valientes, una mujer, está ahí porque se negó a disolver a tiros las manifestaciones derivadas de una huelga de mineros porque entre ellos había mujeres y niños.

El grupo completo debe afrontar una misión suicida. Acercarse a un muro que ha aparecido alrededor de Urano. En este punto es cuando el argumento se vuelve más interesante y complejo, porque pasa a desarrollarse a través de las leyes de la Física cuántica y sus paradojas. Lo que sigue son saltos en el tiempo y viajes a través de agujeros de gusano.

Nueva York destruida

Una de los sucesos más increíbles que sucedió mientras se iba publicando Universal War One fue el 11-S. Ocurrió que Bajram ya había dibujado lo que ocurrió con los atentados. En su ficción, un arma superpotente de las multinacionales arrasa la ciudad. Las imágenes del ataque se parecen bastante a lo que se vio en televisión, sobre todo esos planos de Manhattan que se tomaron desde el otro lado del río Hudson.

Bajram no quiso quitar esas imágenes ni corregirlas antes de la publicación. Dejó ahí su World Trade Center para no concederle a los terroristas la destrucción total, dijo. De todos modos, como reconoció en entrevistas, llegó a plantearse si idear este tipo de destrucciones y plasmarlas en una obra de ficción no estaría alimentando a terroristas que buscan planteamientos de ese tipo que llevar a la práctica.

Lo mismo que aplicó las leyes de la ciencia ficción a rajatabla e intentó que todas las hipótesis que muestra tengan base científica, en el aspecto social de la conquista del espacio no era una obra de anticipación, sino una metáfora de lo que ya estaba ocurriendo en los 90 en pleno auge de la globalización y la aplicación de políticas neoliberales.

Como explicó en el Vice francés, su obra mostró la colisión entre el dinero y la política, tal y como ocurrió en el Chile de Pinochet o en casos contemporáneos donde ocurre al revés, y citó Rusia y China, y se han producido alianzas entre las empresas y las fuerzas del orden. En su cómic quiso llevar la relación entre ambas facetas del capitalismo al extremo, un ultra-liberalismo por un lado y una ultra-seguridad por otra.

El arma de la ciencia ficción

Entre los objetivos del autor estaba la creación de imágenes imborrables que pudieran cambiar la conducta de la gente. Un ejemplo recurrente del poder de la ciencia ficción que citó para explicar este planteamiento fues el de El Planeta de los simios. Se preguntaba en las entrevistas cuánto efecto tuvo en el rechazo popular de la guerra nuclear la escena de la estatua de la libertad rota en la playa. Un recurso que él también empleó, la situó, también hecha añicos, flotando por el espacio. Quizá ahí podría haber afinado más, mostrándola primer privatizada y rentabilizada como casino y burdel de alto standing con lofts y áticos de alquiler para la gente que triunfa en la vida.

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