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tapas y rock & Roll

Valencia necesita restaurantes como El Garatge

Valencia nunca será Madrid o Barcelona si no apostamos por una “clase media” gastronómica diversa, asequible y vibrante

Por | 11/11/2016 | 3 min, 45 seg

Esto no es una crónica sobre un restaurante —es una crónica sobre la gastronomía de una ciudad. Esa ciudad se llama Valencia y desde hace no tanto la queremos vender como el “destino gastronómico de moda” (cómo nos pusimos cuando no fuimos elegidos Capital Española de la Gastronomía en 2015, frente a Cáceres); pero... ¿en realidad hay para tanto? Ricardo Gadea ya nos puso a todos un poco en vereda en aquella charla demoledora: “El turismo gastronómico en Valencia es un turismo de alpargata”.

Siempre los mismos nombres. Me consta que gran parte de los cocineros (y me consta porque me siento bastante con ellos y los escucho, cada día) están bastante hartos del papel que juegan las instituciones y la prensa en todo este circo: siempre los mismos nombres. Los nombres que ya sabemos de memoria, que estamos hartos de escuchar; ¿pero es que la gastronomía valenciana acaba ahí?

¿Qué pasa con Ernesto de Miguel, Román Navarro o Pepe Ferrer? En fin, que basta de pataleos. Todo viaje comienza con un paso y este el mío: se llama El Garatge y es un pequeño local en Escultor Alfonso Gabino, a dos pasos de la plaza Honduras y en todo el meollo de Algirós —lodazal gastronómico hasta la bandera de franquicias y porciones de pizza a un euro. El Garatge arrancó como un asador de pollos (“tapes y pollastres”) y una carta de tapas sencillas hace tan solo dos años, de la mano de Vicent Martínez y Javier Serrano. En cocina les acompañaba Jerine (filipina) un poco culpable del giro oriental. Hoy El Garatge es otra cosa.

Un local minúsculo (30 metros cuadrados, ¿cómo pueden currar en una cocina así?) cuyo centro es una barra abierta a la calle, con seis taburetes y toda la jodida ilusión del mundo. Fusión equilibrada de cocina Mediterránea y Filipina, rock 'n' roll y platos con rollo; me consta que llena muchas noches de verano. 

¿La carta? rollitos filipinos (lumpia) rellenos de verdura y salsa agridulce, pato braseado (platazo) con mango, rúcula y chili dulce o mi favorito, esas orejas de cerdo con soja y chips de chirivía. El pollo son 8 €, los rollitos, 2€ cada uno. El ticket medio andará por 20 pavos: esto necesita Valencia, además del relumbrón.

Hablo con Vicent, quiero saber; ¿cómo empezo todo esto? “Pues empezamos hace unos dos años, mi socio Javi tuvo este local y siempre le picó el gusanillo de recuperarlo. Decidimos alquilarlo, pero entonces solo tenia una barra y un montón de basura. Lo tiramos todo al suelo y empezamos de cero, a montarlo sin planificar demasiado; el concepto, la idea de restaurante y cómo iba a ser se decidía día a día.

Al final con cuatro duros, muchas visitas al desguace y algo de ayuda conseguimos lo que queríamos: un local de toda la vida pero con una vuelta de tuerca; buena comida, buena música y un ambiente divertido donde el cliente y los que curramos estemos a gusto”.

Me consta lo de la buena música: rock 'n' roll, soul, garage, blues y boogaloo cubano de los 50 , 60 y 70. ¿Quieren una muestra? Aquí mismo. Me flipa.

Más cocina: “La carta es muy corta debido al espacio y que tenemos una barra pequeñita en vez de una cocina y no damos más de sí. Pero por suerte tengo conmigo, mano a mano, a Jerine (que ademas es mi pareja) ella es filipina y conoce a la perfección el producto oriental.

Así que tenemos una cocina para dos con dos jefes de cocina, uno occidental y otra oriental; lo que hacemos es fusionar las dos culturas bajo este prisma: comida sencilla pero con buen producto fresco y simplicidad”.

Garatge. Tapes y rock 'n' roll. Ojalá (de verdad) dentro de no tanto sea jodido encontrar un taburete libre en esta barra honesta. Ojalá leer sobre vosotros en más medios. En realidad, Valencia (nuestra gastronomía) os necesita más de lo que podéis imaginar.

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