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memorias de anticuario

València y las cifras de su patrimonio arquitectónico

22/09/2019 - 

VALÈNCIA. Vivimos en el mundo de las cifras. No es una afirmación con trasfondo crítico, tan sólo se trata de una constatación de la realidad: cifras económicas nos asaltan a diario desde primera hora, cifras de turistas anuales o cifras de bicicletas y patinetes circulando por la ciudad. Imposible sustraernos a ellas aunque queramos. De hecho hoy vamos a intentar  ponerle números al patrimonio histórico arquitectónico de nuestra ciudad.

Lo que hoy es València desde el punto de vista patrimonial es realmente lo que queda, después de siglos en que la construcción ha convivido con la destrucción (de hecho la primera ha sido consecuencia de la primera en muchas ocasiones) en una ciudad en constante transformación. Una transformación que ha tendido a la ocultación del patrimonio preexistente, por lo que, con demasiada frecuencia, aquello que todavía existe cuesta contemplarlo. Es una pena pero el signo de los tiempos han venido imponiendo su ley y el diseño urbanístico de la ciudad en el siglo XX y XXI ha ocultado en parte la València histórica. La visión desde la lontananza que tenía el viajero a su llegada no tiene nada que ver con la actual. El Miguelete ha desaparecido entre la maraña de edificios, y ha sido sustituido por los últimos hitos arquitectónicos del siglo XXI. Creo que fue el profesor Joaquín Bérchez, durante la carrera, quien  proyectó una espectacular fotografía antigua del siglo XIX del skyline o perfil de la ciudad si se prefiere, tomada muy posiblemente desde el campanario de la Seu, en la que podía verse decenas de torres, miramares, palomares y cúpulas que emergían por encima de las cornisas de unos edificios todavía tolerantes con la belleza.

Vista del jardín del Turia con el puente del mar en primer término

¿Nunca se han preguntado cuántas iglesias, campanarios, cúpulas, puentes… hay en la ciudad? València no tiene un único centro histórico. En realidad tiene seis, cinco de ellos absorbidos por la gran urbe aunque en otros tiempos la mayoría fueron independientes de esta. Cierto que lo que fue intramuros es hoy la que llamamos Ciutat Vella, pero no podemos olvidar los demás núcleos históricos: Patraix, Campanar, Benimaclet, Fuente de San Luis y el Cabanyal. El de Ruzafa, quizás demasiado goloso por su cercanía con el centro, es sólo un recuerdo del que nos queda como testigo la iglesia de San Valero.

La ciudad histórica, rodeada de decenas de alquerías de las que nos quedan según el inventario del ayuntamiento cuarenta y seis, en diferentes estados de conservación (algunas excelentemente recuperadas), disponía de cuatro grandes puertas orientadas hacia los respectivos puntos cardinales, de las que quedan en pie y con excelente salud, dos: la de Quart y Serranos. Desgraciadamente de las nueve puertas menores no queda ninguna y para su existencia debemos recurrir a grabados, dibujos y fotografía antigua. A toda una parte de la ciudad se accedía cruzando alguno de los puentes que conectaban los dos márgenes del Turia. Una cifra que quizás sorprenda es que València: con sus actuales 18 puentes, desde el de Mislata proyectado por Santiago Calatrava hasta el de astilleros, junto al puerto, es la ciudad española con un número mayor, y más cuando hoy por hoy no hay río que la cruce. Se habla, comúnmente, de “puentes históricos” respecto de cinco de estos, construidos en piedra entre los siglos XV y XVI: San José, Serranos, La Trinidad, Puente del Real y el Puente del Mar.

Claustro gótico del convento del Carmen

Se decía antiguamente que València era ciudad de iglesias y conventos. El dicho no es exagerado. En la actualidad existen unas sesenta iglesias y conventos, intra y extramuros, que podemos denominar históricas (del siglo XIII al XIX), algunas de estas ya desacralizadas. Se hablaba también de València, lo hizo el mismísimo Victor Hugo, como la ciudad de los campanarios, que lo es, pero creo que sería más propio y singular hablar de ciudad de cúpulas y cimborrios. No es fácil hallar un lugar con más de unas cuarenta cúpulas, cifra a la que hay que añadir numerosos cupulines como los ocho de las consiguientes capillas laterales de la Seu, y otros muchos de pequeño tamaño, ocultos a la mirada del paseante. Muchas de ellas, como en tantos pueblos de nuestras tierras muestran la tonalidad en un profundo azul que le dan las tejas vidriadas, lo que les da un signo de mediterraneidad inconfundible. Por encima de todas, en lo que al tamaño se refiere, la de las escuelas pías, proyectada y construida en el siglo XVIII que es la segunda por diámetro de España tras la de San Francisco el Grande en Madrid. Siguiendo con los rankings la segunda cúpula más antigua tras la del Escorial es la de la Iglesia del Patriarca que se levantó a finales del siglo XVI.

Como decíamos, es la nuestra también una ciudad de campanarios que conformaron un espectacular escenario antes de que se elevaran las alturas de los edificios y fueran paulatinamente mimetizándolos, cuando no directamente escondiéndolos tras ellos. Sin embargo, la mirada curiosa, de quien la tiene, siempre los acaba descubriendo y aislando del ruido arquitectónico circundante. Por encima de todos el Miguelete pero también Santa Catalina, San Nicolás, San Lorenzo, San Esteban, El Carmen, El Salvador… y así hasta algunos más de treinta, de los cuales veinte se elevan intramuros de la ciudad. Completan la estampa algunos miramares decimonónicos (muchos han desaparecido por desidia otros directamente eliminados), de los cuales tengo localizados una docena, que no son todos los que son puesto que  todavía aparecen nuevos, ocultos entre azoteas.

Cúpula de las Escuelas Pías en el barrio de Velluters

Dentro del patrimonio arquitectónico, los palacios y casas nobles de la ciudad son quizás los edificios que han sufrido una regresión más importante, arrastrados por los cambios en los gustos o directamente engullidos por construcciones más ambiciosas y modernas superpuestas a los primeros. Bajo la piqueta o el abandono han desaparecido muchos de estos entre los que se contaban algunos tan importantes como el del embajador Vich, el de Mosen Sorell o el de los Duques de Mandas del que sólo nos queda la espectacular portada renacentista instalada en el jardín de Viveros. Más de un centenar de palacios y casas nobles de los que en la actualidad se conservan la mitad (muchas más son las casas con elementos patrimonialmente relevantes en su interior). Es decir, medio centenar de edificios que podemos denominar palaciegos y otras tantas casas de hechuras nobiliarias, diseminadas por la ciudad. Destacan entre estos palacios el del Marqués de Dos Aguas, el del Marqués de Campo (Museo de la Ciudad), el palacio del Marqués de La Scala (actual diputación), el de los Catalá de Valeriola en la plaza de Nules, el de Cervellón (sede del archivo histórico municipal), de los Boïl d´Arenós (Bolsa de València,) el Palacio de los Escrivá junto al Almudín, el de Cerveró actual museo de la medicina o el de Valeriola (futura sede de la Fundación Hortensia Herrero), el de los Lassala con su fabulosa colección pictórica y su extraordinaria biblioteca, el del Marqués de Huarte (Banco Urquijo) o el de los Trenor (actual sede de Lo Rat Penat) o el de los Martínez Vallejo entre otros.

En una ocasión escuché que Valéncia era una ciudad sin a penas claustros, ante lo cual me veo en la obligación de discrepar. Cierto que nuestra catedral no lo tiene, lo cual no deja de ser una anomalía en la arquitectura comparada de esta naturaleza. Sin embargo por la ciudad hay diseminados en distintos edificios religiosos y civiles un total de doce claustros, tres de ellos góticos, cuatro renacentistas y dos neoclásicos. De los góticos destaca el de Santo Domingo, pero no hay que olvidad el de la Trinidad y el del convento del Carmen (el otro es renacentista). San Miguel de los Reyes los tiene también renacentistas, así como el del Patriarca. El del temple, recientemente restaurado, es el claustro neoclásico por excelencia. De entre los civiles, el de la antigua universidad, también neoclásico, el de la Facultad de Teología o el del embajador Vich aunque en este caso se trataría más de un patio con hechuras de claustro. Todas estas cifras están para discrepar (raro es que todos coincidamos), señalar los olvidos y completar la nómina de nuestro importante patrimonio histórico.

Detalle del plano de València obra de Anton Wyngaerde (1563)

Contamos por unidades otros edificios cuya relación se haría larga, afortunadamente. Muchos perdieron su función inicial y que nos conectan con un pasado floreciente: Atarazanas del puerto, Lonja de la seda, nuestra particular Tabacalera, un edificio del reloj afrancesado, una antigua lonja del pescado modernista, la estación de ferrocarril más antigua de España esperando reconocimiento, el antiguo mercado de abastos más grande de España, todo un hito en la nueva València, un Almudín donde se comerciaba con el grano que llegaba a la ciudad, una plaza redonda (no conozco otra en España), un mercado central, una sala hipóstila para el almacenamiento de agua, un matadero y hasta una antigua cárcel.

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