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Así se transforma la costa valenciana: cuatro décadas entre turismo y erosión

El crecimiento urbanístico y turístico desde 1984 ha transformado el litoral y alterado el equilibrio natural de las playas

  • Playa de El Perellonet.
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VALÈNCIA. Cuatro décadas de imágenes permiten observar lo que a simple vista cuesta percibir: la costa valenciana no es estática, sino un sistema en constante cambio. Desde mediados de los años 80 hasta hoy, la línea de playa ha avanzado en unos puntos y ha retrocedido en otros, ha ganado anchura en algunos tramos y la ha perdido de forma preocupante en distintas zonas. Para entender por qué ocurre esto, no basta con mirar el mar. Hay que analizar cómo se mueve la arena, qué papel juegan las infraestructuras hidráulicas y cómo han cambiado las condiciones del entorno natural.

En ese contexto, el visor cartográfico de la Generalitat Valenciana ofrece algunas pistas, ya que pone en perspectiva esa transformación del litoral y permite observarla con continuidad desde 1984 hasta la actualidad. Detrás de ese trabajo está el equipo dirigido por el catedrático de Ingeniería Cartográfica de la Universitat Politècnica de València (UPV), Josep Pardo. El proyecto se nutre de imágenes de satélite Landsat y constituye, en sus palabras, una base de datos sitemática que permite reconstruir con continuidad la evolución de la costa, algo que hasta ahora no era posible con ese nivel de detalle. 

Lo primero que muestran esos datos es que muchos de los comportamientos actuales no son nuevos. "Las macro tendencias generales que conocemos ya estaban anteriormente", señala Pardo. La costa valenciana funciona como un sistema dinámico en el que los sedimentos se desplazan de norte a sur. Ese flujo natural explica por qué, históricamente, hay zonas que tienden a acumular material y otras a perderlo. Sin embargo, el equilibrio se rompe cuando aparecen obstáculos. "Encontramos una cierta acumulación al norte de los grandes obstáculos, que son los puertos, y no al sur", resume Pardo.

Es decir, las infraestructuras portuarias actúan como una especie de barrera que retiene la arena, lo que favorece el crecimiento de unas playas mientras que otras quedan desabastecidas. No es un patrón nuevo, puntualiza el catedrático de la UPV, pero se ha visto agravado en las últimas décadas por la escasez de sedimentos disponibles. "Los aportes de los ríos han disminuido de forma significativa a lo largo de todo el siglo XX y lo que va del XXI", advierte Pardo. La clave está en la regulación de los ríos mediante los embalses. "El hecho de tener más pantanos ha producido que haya una menor aportación de sedimentos desde los ríos a las costas", explica.

Por tanto, si llega menos arena, el sistema pierde capacidad de regenerarse. De hecho, incluso en las zonas donde todavía se acumula material, ese proceso se ha ralentizado. "La acumulación se ve que existe, pero está siendo a un ritmo bastante menor que en décadas anteriores", apunta Pardo. Esa pérdida de ritmo es, en realidad, una señal de alerta: el sistema está entrando en déficit. A este escenario, se sima el aumento de temporales en la costa.

"El periodo desde 2014 hasta 2024 está marcado por la existencia de grandes temporales", explica Pardo. Episodios como la borrasca Gloria, en 2020, han dejado impactos muy visibles, pero no han sido casos aislados. La diferencia es que ahora esos temporales actúan sobre un litoral más frágil y, con menos sedimentos disponibles, cada episodio erosivo deja huellas más profundas y duraderas.

Cambios en las costas de los municipios

El cambio es profundo. Desde el auge del turismo en España —y especialmente en la Comunitat Valenciana— el litoral de la provincia de Valencia ha experimentado una transformación urbanística que ha alterado tanto el paisaje como el funcionamiento natural de sus playas. 

Entre los años 60 y 80 se produjo el primer gran salto: zonas de huerta y marjal dieron paso a las primeras torres de apartamentos y a una ocupación intensiva de la primera línea de costa. A partir de ahí, el modelo se ha consolidado y extendido, con nuevas fases de crecimiento vinculadas al turismo residencial y, más recientemente, al turismo nacional e internacional.

Pero esa transformación no ha sido únicamente urbanística. También ha tenido consecuencias directas sobre la dinámica litoral. La construcción de puertos, espigones y paseos marítimos ha modificado el transporte natural de sedimentos, generando un sistema desequilibrado en el que unas playas crecen mientras otras retroceden.

En ese contexto, el caso de València y su puerto resulta clave para entender el conjunto del litoral. El Puerto de València ha experimentado una expansión continuada desde los años 80, tanto en superficie como en capacidad logística, hasta convertirse en uno de los principales nodos portuarios del Mediterráneo.

  • Imagen de archivo del Puerto de València. - Foto: VALENCIAPORT

Tal y como explica el catedrático Josep Pardo, "todo lo que viene del norte se queda atrapado", lo que favorece la acumulación de sedimentos en las playas situadas al norte del puerto, pero agrava la erosión al sur. De hecho, en ese tramo "tenemos cambios muy fuertes de clara erosión", con pérdidas significativas de anchura de playa durante décadas que han obligado a realizar aportes artificiales de arena de forma recurrente.

La futura ampliación norte del puerto vuelve a situar este debate sobre la mesa. Diversos estudios y análisis apuntan a que podría intensificar ese efecto barrera, aumentando el déficit sedimentario en las playas del sur como las del Parque Natural de La Devesa de El Saler si no se acompaña de medidas correctoras. 

Más al sur, en Cullera, se observa con claridad cómo el urbanismo turístico ha reconfigurado el territorio. Este municipio, que experimentó un fuerte crecimiento demográfico durante ese proceso de desarrollo urbanístico —superando los 20.000 habitantes a mediados de los 80—, presenta hoy un paisaje marcado por la separación entre el núcleo tradicional y la franja litoral. La conocida muntanya de les Raboses actúa como frontera física: hacia el interior, el casco histórico; hacia el mar, una extensa fachada de apartamentos ligada al turismo de sol y playa.

En términos litorales, Cullera también refleja la influencia de la intervención humana. La retirada de algunos espigones en las últimas décadas ha permitido una redistribución de sedimentos, favoreciendo el ensanchamiento de determinadas playas. "Esas playas han ido ganando sedimento en este periodo", señala Pardo. Sin embargo, esa aparente mejora convive con señales de alerta: al norte del cabo, donde por configuración natural debería acumularse arena, también se ha detectado erosión, incluso en sistemas dunares. La explicación es global: "Todo el sistema está muy pobre de sedimentos".

Ese déficit se hace especialmente evidente al sur de Cullera, en continuidad con Tavernes de la Valldigna, uno de los puntos más críticos del litoral valenciano. Allí, la presión urbanística sobre la primera línea de costa —con edificaciones muy próximas al mar— se combina con una intensa regresión. “Es uno de los puntos más negros”, advierte Pardo, hasta el punto de que “las olas han alcanzado los edificios directamente”. La desaparición de dunas, la interrupción del transporte sedimentario y la influencia de infraestructuras cercanas han dejado estas playas especialmente expuestas.

En Tavernes y municipios próximos como Xeraco, el modelo turístico ha sido más local, vinculado en gran medida a segundas residencias de población valenciana. Aun así, el crecimiento urbanístico ha sido notable y visible en la cartografía, con una ocupación progresiva del frente litoral que, en muchos casos, ha sustituido espacios naturales clave.

En la Safor, el caso de Gandia ilustra otra de las grandes transformaciones del litoral valenciano. La ciudad, con un importante peso demográfico y económico, ha desarrollado su expansión turística en el Grau de Gandia, separado del núcleo histórico. Lo que fue un enclave marítimo y pesquero se ha convertido en uno de los principales destinos de sol y playa del Mediterráneo español, con una fuerte presencia de segunda residencia y turismo nacional, aunque en los últimos años se trabaja también en diversificar hacia un turismo internacional.

Desde el punto de vista litoral, Gandia también está condicionada por el efecto barrera de las infraestructuras. Al igual que ocurre con el puerto de Valencia, la retención de sedimentos al norte favorece playas más anchas, pero contribuye a agravar la erosión en los tramos situados al sur. Es un ejemplo claro de cómo “el crecimiento de una playa implica, en muchos casos, el deterioro de la siguiente”.

En el extremo sur de la provincia, el caso de Oliva introduce otro matiz en la transformación del litoral: el paso de un paisaje agrícola a un modelo turístico más selectivo. La urbanización de Oliva Nova es especialmente ilustrativa. En las imágenes de mediados de los años 80, ese espacio aparece ocupado casi en su totalidad por campos de cultivo; hoy, en cambio, se ha convertido en un complejo turístico-residencial con campo de golf, viviendas de alto nivel y una fuerte presencia de residentes tanto nacionales como internacionales.

A diferencia de otros municipios más ligados al turismo masivo de apartamentos, Oliva Nova responde a un modelo más exclusivo, vinculado a estancias de mayor poder adquisitivo y con un peso notable de compradores extranjeros —entre los que, durante años, han destacado perfiles procedentes de países como Rusia—. 

 

Más al norte, en Canet d’en Berenguer, la construcción del puerto deportivo generó inicialmente el efecto contrario: un notable ensanchamiento de la playa situada al norte de la infraestructura. “Favorece la formación y el ensanchamiento muy significativo de la playa”, explica Pardo. Sin embargo, esa dinámica positiva también se está frenando. “Allá donde había acumulación está dejando de haber esa clara acumulación”, advierte, en línea con la tendencia general de pérdida de sedimentos en todo el sistema.

En este municipio el cambio urbanístico llegó más tarde, tanto en el casco antiguo como en la línea de costa, y todo ello se hace especialmente en la comparación de hace 40 años, cuando Canet d'en Berenguer era una localidad muy pequeña y con apenas pocos bloques de apartamenos en la playa.

Cambio climático, falta de sedimento... ¿Hacia dónde vamos?

De cara al futuro, el escenario plantea más preguntas que respuestas. Parte del sedimento que falta está retenido en los embalses. "La mayoría del sedimento se ha tenido que estar quedando en el fondo de los pantanos", señala Pardo. Recuperarlo podría ser una vía, pero implica riesgos técnicos y ambientales. También se estudian fórmulas para favorecer el transporte natural, como liberar caudales en momentos concretos, aunque "se hace con mucho cuidado" para evitar daños.

Más allá de medidas concretas, Pardo insiste en que el problema exige un cambio de enfoque. "Hemos rellenado nuestras costas de obstáculos al transporte natural de sedimentos", advierte. Frente a ello, plantea la necesidad de soluciones globales, como trasladar arena de unas zonas a otras de forma planificada, en lugar de seguir acumulando en unas y perdiendo en otras. 

El reto es urgente porque la tendencia no apunta a una mejora. "Vamos hacia una realidad en la que la playa va a sufrir más agresiones", afirma, en referencia al aumento del nivel del mar y de los temporales. Si a eso se suma la falta de sedimentos, el riesgo es evidente: poner en jaque uno de los principales recursos naturales y económicos del territorio valenciano.

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