Opinión

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EL JOVEN TURCO

Anatomía de una deserción

Publicado: 12/01/2026 ·06:00
Actualizado: 12/01/2026 · 06:00
  • El Barrio del Carmen de Valencia - Imagen de archivo.
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Andar las ciudades, como decía Walter Benjamin, es una práctica cartográfica. La ciudad que puede ser refugio y anonimato, también se transita entre huellas borradas. Caminar cuenta una historia, como una retrospectiva que da pasos hacia delante.

En València lo puedes hacer en unas pocas calles. Las que van una mañana de domingo hasta el gimnasio del Carmen, pasando por los puestos ambulantes de la plaza del Mercat, con sus dueños montando tableros sobre caballetes metálicos que ya están hartos de ir en furgoneta, comprobando que al girar la esquina el horno de Alfonso Martínez puede permitirse cerrar un domingo y no vender su coca cristina de calabaza, pasando la Lonja y enfilando hasta Bolseria que hace menos tiempo que se acostó, de lo que le queda para despertarse. Viendo cómo sube la persiana el Botijo, para actuar como bar de resistencia en el que algún local aún desayunará café con leche y tostadas a la vuelta, bordeando el mercado de Mossen Sorell cerrado, preguntándose qué quiere ser de mayor, junto la librería de segunda mano haciendo esquina cerrada antes de anunciar que vende libros en inglés y francés y a un nuevo café de especialidad. Tuerces por el edificio que compró un fondo buitre para desahuciar a sus vecinas, uno más, a pocos metros de un no edificio de viviendas públicas del que solo hay un cartel, por cierto, ya desgastado por el paso del tiempo. Un solar que convive con las personas que rodean el centro municipal de atención a migrantes, esquina entre Soguers y Jardins a pocos metros de Na Jordana. Todo, los despuntes de la València que fue, los ecos de la que no sabe qué ser, la que no acaba de nacer y la que la está condenando en el paseo hasta la sala de fitness municipal que un domingo ahora solo puede contar con una alta proporción de propósitos de enero.

Todo tiene un objetivo, aunque sea fruto de buenas intenciones pasajeras, porque andar sin rumbo es casi sospechoso. 

Y de los cambios de rumbo de València trata la exposición que visitarán los reyes en los próximos días en el Centro de Cultura Contemporánea del Carmen. De lo que en los últimos 160 años que, coincidiendo con el aniversario del diario Las Provincias, ha transformado la ciudad. El derribo de las murallas, sobre las que ha escrito mucho Miquel Nadal, que en la muestra también habla de los puentes de València que ya no son de ningún río, la planificación y el desarrollo del Ensanche de la ciudad, la Exposición Regional de València que transformó la Alameda, el Metro y la desaparición y reaparición parcial del tranvía en la ciudad, el Mestalla viejo y el ¿nuevo?, fruto de una sociedad que, como denuncia en su texto Lahuerta no supo aprender a querer lo que era, sin necesidad de sublimar sus complejos de nuevo rico, compartiendo las ínfulas que rodearon a otro hito reseñado en este resumen de nuestra trayectoria urbana; la Copa América. 

Hitos que cambiaron la ciudad que habitamos. La hicieron otra. Algunos para bien. Otros no aguantarían una revisión más crítica. Pero que en todo caso compartían un elemento en común; todos eran decididos por el ayuntamiento. Por distintos ayuntamientos, que solos o en compañía de otras administraciones y en condiciones históricas muy dispares, asumían su deber de orientar la València futura. 

Por eso es tan evidente su contraste con el último gran elemento reseñado, además de la catástrofe de la DANA, la apertura del Roig Arena. 

Un espacio que ha contado con lo público, el suelo y su acuerdo de concesión, pero que a nadie escapa que nace de una iniciativa privada y habría sido imposible sin esta. Esto no lo hace ni un miligramo peor, pero sí que retrata el momento. No por su existencia, sino porque no viene acompañado de otros grandes proyectos que contar en la exposición que se organice en el 200 aniversario. Viene acompañado de la deserción de lo público. Y de los servidores públicos que tienen la responsabilidad de dirigirlo.

Pareciera que ni siquiera queda ya la voluntad de estos por trascender. Como si se hubiera cambiado el deseo, incluso hasta ególatra, de sobrevivir a la historia. Como si hubiera sido sustituido por el de sobrevivir al día a día. 

Curiosamente en una época en lo que pasa de todo, casi todos los días. En el que nos asomamos al abismo de los autócratas. Y hartos de días históricos, costaría elegir una decisión que enmarcar de las que va a transformar la ciudad. 

Los esfuerzos están más puestos en parecer que se hace, como estrategia de supervivencia a la pregunta actual. Hace unos días el gobierno municipal reconocía por escrito que la alcaldesa se había inventado el dato de incremente de zonas verdes, que no habían crecido lo que se presumía, sino que solo había cambiado el método de contabilizarlas. Como si contaran ramas y no árboles, para hacer más aparente la cosa. En lugar de proponer un nuevo Jardín del Turia, el Corredor Verde, truca la cifra.

Y cuando el Ayuntamiento deja de fijar los hitos históricos de Valencia, no se vuelve neutral, se vuelve irrelevante. Lo público pierde capacidad de orientar y se limita a consumir el tiempo que le viene dado. Frente a eso, no se trata de acertar o errar, sino de responsabilidad. Siempre será mejor un gobierno que se equivoque al ejercer que uno que abdique de hacerlo.

Sin embargo, al consistorio le ha ocurrido como al flâneur que dibujaba Benjamin en la ciudad capitalista. Se ha convertido en un cliente, como el paseante que ha derivado hacia la fantasmagoría de la mercancía. La ciudad es un paisaje para su ojo. Escaparate en el que renuncia a intervenir. 

La deserción nunca colgará hitos en la retrospectiva. Como mucho los colgarán otros y eso supone una renuncia que ya no es suya. La del derecho que tenemos a decidir la ciudad.

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