Opinión

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LA ENCRUCIJADA

La consciencia más allá de la vida

Publicado: 13/01/2026 ·06:00
Actualizado: 13/01/2026 · 06:00
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En estos tiempos de incertidumbres e inseguridades, de colonialismos reinventados, de extorsiones a manos de encorbatados con pistola y de tecnologías sin reglas éticas, se acelera otra tendencia, alentada en parte por las anteriores: la divulgación de una nueva consideración del final de la vida. Una modesta búsqueda por Internet permite identificar, únicamente en castellano, hasta 28 títulos de otros tantos libros sobre esta materia, de los cuales más de la mitad editados en los dos últimos años.

Suele argumentarse en estas publicaciones que la muerte detiene el cerebro, pero no la consciencia personal. Esa consciencia local, en el momento final de la existencia, se incorporaría hipotéticamente a otra de alcance general que posibilitaría al individuo seguir siendo consciente de su existencia, aunque sin poder reconectarse con la anterior materialidad de ésta. Tales posiciones, moldeadoras de un “alma” laica, se basan en diversas fuentes que van desde el chamanismo a la física cuántica, pasando por el misticismo. 

Más notables, no obstante, son las que se fundamentan en las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM) sentidas por quienes han regresado a la vida gracias a maniobras clínicas de recuperación vital. Experiencias, algunas ya conocidas, en las que el sujeto contempla las maniobras de los médicos, como si levitara sobre sí mismo; o bien aquéllas en las que se recuerdan episodios significativos de pasadas relaciones con otras personas. En todas ellas se subraya un factor común: se recuerdan como momentos de paz y serenidad. Experiencias, en fin, que, según se sostiene, a menudo han modificado la conducta de los sujetos, una vez reincorporados a su vida normal: así lo indicaría su propensión hacia la espiritualidad y un estilo de vida más sencillo y empático, entre otros hábitos conductuales.

Lo anterior no tendría mayor consideración que un recurso a la autoayuda, frente a la angustia que despierta la idea de la muerte, si no fuera porque han surgido, entre las mencionadas publicaciones, algunas escritas por médicos que han atendido a pacientes que las han experimentado. Tampoco conseguirían la consistencia necesaria para atenderlas si no fuera porque ya se publicitan investigaciones clínicas internacionales dispuestas a escudriñar el alcance de las ECM, aunque se reconozca el escaso número de observaciones conocido y la dificultad de aplicarles un método científico riguroso. 

Las anteriores circunstancias coinciden con la eclosión del envejecimiento de la población en la parte más avanzada del mundo y, aunque con un enfoque distinto, con las experimentaciones sobre la longevidad. Sin ir más lejos, las llevadas a cabo en el laboratorio Altos Lab de California, que cuenta con la dedicación, entre otros, del español Juan Carlos Izpisúa y de varios premios Nobel: un lugar que avanza en el rejuvenecimiento biológico de células y tejidos, financiado por algunos milmillonarios como  Jeff Bezos y Yuri Milner. 

La relevancia de este conjunto de fenómenos que pretenden desplazar el final de las personas, o incitarles a pensar que su desaparición no constituye un hecho definitivo, se afianza cuando observamos otras circunstancias de nuestra realidad actual. En concreto, el deterioro, a largo plazo, de la vocación social de los seres humanos y la correspondiente extensión de su aislamiento. Cada vez se dedica más tiempo a las redes digitales, en buena parte sin que sea en contacto interactivo y simultáneo con otras personas; tendencia agravada por la presencia de la inteligencia artificial. Las plataformas digitales, con su oferta de películas, series y juegos nos encierran en nuestros hogares, alejándonos de cines y otros espectáculos colectivos. La compra online se multiplica, restando presencia a la comunicación directa entre comprador y vendedor, así como al shopping compartido con familiares y amigos. El teletrabajo extiende sus raíces, generando distanciamiento entre los trabajadores a medida que se desvanecen las ocasiones de encontrarse cara a cara. El envejecimiento de la población acentúa el número de hogares en los que vive una única persona. La población crece en las grandes ciudades, creando espacios de anonimato en éstas y de soledad en las áreas despobladas. 

Llegados a este punto gana perspectiva el proceso, ya descrito, de quienes abogan por la persistencia de la consciencia más allá del final alcanzado por el cuerpo humano y de quienes se sienten altamente seguros sobre el curso de su vida porque tienen a los mejores científicos pegados a su chequera. Si somos más individualistas porque la atmósfera digital y la antipolítica nos empuja a ello, ¿qué será de la cohesión, la empatía, la solidaridad o la simple compasión humanas si se enraíza la convicción de que existe un más allá automático? Será, probablemente, un nuevo paso hacia la deshumanización: con mayor motivo, cuando su disfrute no precisa el cumplimiento de los patrones morales que introducen las religiones como condición para aspirar a un destino salvífico. 

Cuando se empodera al individuo en una dirección que le dispensa de aceptar una ética mínima de compromiso social, cabe esperar el deterioro de su sociabilidad y el acrecentamiento de su egoísmo. Dicho de otra forma: que se produzca la degradación o la esterilización de lo que entendemos, todavía, como semillas de una sociedad civilizada y civilizatoria. 

Por ello es notable la responsabilidad de los científicos e investigadores ante las consecuencias de sus trabajos sobre la vida y la muerte. O sobre las consecuencias de los proyectos científicos de quienes, desde su alcoba en la plutocracia, observan con displicencia el dolor humano presente más allá de sí mismos. Una responsabilidad que también deberían sentir quienes, con sus publicaciones oportunistas, se aprovechan del estado de ánimo de un tiempo acosado por las incertezas, con personas deseosas de encontrar pilares de seguridad y esperanza que alivien sus miedos y ansiedades.

El nuevo Estado del Bienestar también va de esto: de combatir las nuevas desigualdades del siglo XXI en el acceso a la salud y en denunciar las frívolas promesas de esa consciencia ilimitada fundamentada apenas en unos centenares de testimonios, cuando no sobre lenguajes esotéricos disfrazados de ciencia.  

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