Opinión

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Asociaciones de montaña para arribistas

Publicado: 24/03/2026 ·06:00
Actualizado: 24/03/2026 · 06:00
  • La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yolanda Díaz.
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Quedé un día con un reputado personaje de la sociedad valenciana y, al terminar el café, con un golpe seco como los que daba Chuck Norris, me preguntó si quería algo. No me termino de acostumbrar a la fenicia idiosincrasia de nuestra tierra. Sobre todo cuando tienes como máxima vital una frase santoral que apela a ver personas y no escalones. No les voy a negar que me cabrea cuando alguien eleva una reunión informal a escalera de caracol para atravesar el umbral del interés propio. Incluso a veces, implícitamente, se palpa en la fisonomía del interlocutor la sensación ajena de la espera a que uno le pida un favor. Les posee una mezcla entre desconfianza y curiosidad; una expectación latente en la mirada descreída del que aguarda que una verdad le sea revelada.

 

Se hicieron virales las imágenes de Yolanda Díaz en la gala de los Oscar (tendría que haber ido Óscar Puente para hacer la gracia). Le llegan a decir a la vicepresidenta hace diez años que iba a pisar la alfombra roja de Hollywood y habría dicho que lo de ser actriz todavía estaba en proceso. Ha pasado una década y ha pulido sus dotes actorales hasta tal punto que ha conseguido ser candidata a la presidencia del Gobierno; eso es lo más parecido a que te den una estatuilla dorada. Todos sabemos que para prosperar en política hacen falta dosis del séptimo arte, y eso que la política es en sí un arte -el de lo posible, que dijo Cánovas-. En el oficio de escalador, de arribista, también se requiere cierta destreza interpretativa, de teatro de barrio, pero siempre hay momentos en los que uno debe encarnar a un personaje.

 

Dicen que todos tenemos una caricatura, un alter ego construido con nuestras propias inseguridades o verdaderas intenciones. Me niego a aceptarlo. Huyo de todo artificio porque el disimulo suele encender la mecha de unos fuegos artificiales que queman tu reputación y se recrean con las luces de tus propias sombras. En la fiesta de la hipocresía en la que se convierte a veces la sociedad, algunos parecen cómodos en el juego de los espejos que es el scalextric de colocarse en el sitio adecuado en el tráfico de influencias.

 

Dios creó al hombre en el sexto día. En el séptimo, mientras Dios descansaba, el hombre creó los lobbys para influir en las personas con el fin de usarlas para su propio beneficio. Un lobismo que se esconde en muchas ocasiones en ciertas asociaciones con fines lícitos, pero que pervierten sus medios por el camino. Escribía Juan Soto Ivars el pasado domingo en ABC: "Recuerdo bien la primera vez que vi venir de Cuba a un pijo de izquierdas... le había salido gratis el viaje gracias a las conexiones de diminutas asociaciones revolucionarias con el régimen tropical". Unos se meten en agrupaciones para viajar gratis y otros lo hacen para medrar. Hay una nueva asociación de jóvenes que, al mismo tiempo que agasajan en sus veladas a personajes destacados, utilizan después ese contacto para encontrar acomodo en espacios dirigidos por sus invitados. Se han debido de registrar como asociación de montañismo. Después hay otras que se convierten en cortijos; algunos donde existe tal punto de compadreo que se dan incompatibilidades de sus cargos con designaciones públicas a propuesta de partidos políticos. Menos mal que esas entidades son apolíticas, y que algunas dicen defender los interés de colectivos como los periodistas alicantinos y la precariedad del gremio, olvido de la carcoma que es compensado con la pompa y circunstancia de la alfombra roja de los Goya, a la vez que se aíslan del camino escarpado de los periodistas con paseíllos de reuniones que poco van a transformar la pobreza del colectivo que dicen defender.

 

Ciertas asociaciones se convierten en organismos simbióticos que se adhieren a huéspedes políticos para beneficiarse de su fuerza vital. Carlos Sánchez escribe en Capitalismo de amiguetes que, a lo largo de la historia, adquirir ciertos puestos políticos era una forma de coger el ascensor social. Para muchos, su etapa después de la política se convierte en una eterna luna de miel de un divorcio con su matrimonio de conveniencia anulado. Si no hubiese estado en política, Ximo Puig no sería embajador ni muchos otros estarían hoy pisando moqueta.

                  

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