Opinión

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EL JOVEN TURCO

Como palmeras a la espera

Publicado: 29/06/2026 · 06:00
Actualizado: 29/06/2026 · 06:00
  • El ficus del Parterre con la gasolinera detrás. Foto: KIKE TABERNER
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Comentaba Toni Sabater en sus redes sociales que en el edificio de la calle Túria que se está transformando en hotel han talado un oasis de palmeras centenarias. Hasta ese momento acompañaban desde el patio interior al Botànic. 

Durante estos días asfixiantes no hace falta muchos argumentos para entender que talar árboles en una ciudad como la nuestra debería estar reservado a causas muy justificadas. Pero al negocio no le importa la ciudad, le importa la rentabilidad. 

Probablemente en los planes de ese nuevo alojamiento no encajaban las palmeras. Como no cabían los vecinos. Son víctimas simbólicas de una operación que resume una ciudad. Y vienen a cerrar un círculo, en medio de otros muchos. 

Este hotel, antes fue un edificio de viviendas. Para poderlo transformar en el enésimo establecimiento boutique han tenido que ocurrir varias cosas: que el fondo desahuciara a 16 familias y una escoleta infantil, que el ayuntamiento rechazara frenar ese negocio comprando el edificio por tanteo y retracto o que se retrasara por PP y VOX la aprobación de la moratoria turística, convenientemente guardada en un cajón hasta que se registraron todas estas solicitudes de licencia. Una licencia, esta, a la que en un primer momento se opuso el servicio de patrimonio del Ayuntamiento, pero que en enero obtuvo la luz verde. 

Su impulsor es el mismo fondo buitre responsable de haber contratado a una empresa de desokupación para hostigar a la vecina del Carmen que se resistía a irse de su casa. Y que se sepa tienen cuatro hoteles nuevos en marcha y tres residencias universitarias. Nadie le ha votado, pero dan más forma a la ciudad que el concejal de urbanismo.

Y, mientras tanto, ¿qué le pasa a esta València?

Escribía el historietista Will Eisner, en su compendio de viñetas sobre Nueva York, que, vistas a distancia, las grandes ciudades se muestran como la suma de unos enormes edificios, una gran población y una gran superficie. Pero que, para él, eso no es lo verdaderamente real. Que la ciudad tal y como la ven sus habitantes es lo que realmente importa y su verdadero carácter se encuentra en las grietas de los suelos y alrededor de los elementos más pequeños de su arquitectura. Está donde la vida diaria se arremolina. 

En la calle Turia estaba en ese patio interior bajo esas palmeras, en la escoleta cerrada o en el rellano donde se cruzaban vecinos que, probablemente, conocían a las dependientas del horno Nou Dorita que está a unos metros. Ahora menos, pero allí aún se respira barrio, aún hay vida diaria. ¿Pero hasta cuándo? ¿Cuánto tardará en transformarse una zona que está a una avenida de Ciutat Vella, en lo que le ocurrió ya a la propia Ciutat Vella?

La turistificación, que es algo más que el turismo, no se autolimita. No dice basta y frena en el equilibrio. Y añade a la gentrificación, que supone cambiar unos residentes por otros de más poder adquisitivo, una capa más. No se trata de que vivan otros, sino que se trata de que no vive nadie. 

Todo es de paso, nada es de aquí. La ciudad deja de tener propietarios, para pasar a tener solo dueños. Gente como este especulador, al que probablemente le daría igual que la calle Túria estuviera en València o en Verona, porque no es una calle, sino una línea en la hoja de cálculo. Y a las hojas de cálculo nadie les coge cariño, nadie quiere o puede quedarse a vivir en una. 

Yo no sé si falta alguna evidencia para que este ayuntamiento mande parar. Frenar este proceso. ¿Tarde? Sí, pero mañana peor que hoy. Aún quedan algunas palmeras bajo las que cobijarnos. O, mejor dicho, aún quedan vecinos a los que no desechar, si este ayuntamiento deja de tener a los vecinos como palmeras a la espera.

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