Ya escribí sobre ello. Porque ya pasé la misma vergüenza. Pero el otro día volvió a ocurrir en el pleno del Ayuntamiento; la misma escena.
Esta vez no fui yo. En este caso fue la portavoz de Compromís, Papi Robles, la que pidió un minuto de silencio por una persona sin hogar que había fallecido en las calles de València. Y otra vez fue la misma. La misma persona; María José Catalá. La alcaldesa que, incapaz de rechazar claramente esa propuesta, la modificó para convertirla en un homenaje a cualquier persona fallecida en València durante el último mes.
Y no deja de ser un signo de nuestro tiempo. La Maqbara. ¿Cuántos minutos merece una vida?
Hay algunas que parecen no valer nada, ni siquiera pueden tener un homenaje propio. La invisibilidad de cuando estaban vivos no puede romperse con la muerte, porque otros podrían reparar en la cantidad de personas -cada día más- que viven en la calle de una València hospitalaria con el turista y hostil con el vulnerable. En la puerta del Rialto, plena plaza del Ayuntamiento, en el cauce del Turia, de donde pretendían expulsarles con urbanismo hostil, en la puerta del edificio de Hacienda, que aspira a convertirse en nueva sede municipal. Delante de nuestros ojos, oculto a la vista.
Hay otras que parecen valerlo todo, como la de los pilotos americanos derribados en Irán. A los que Teherán querría intercambiar al peso por 10.000 prisioneros palestinos y a los que Washington no puede permitirse no rescatar, sin asumir el coste de una impopularidad ya insoportable de su presidente.
Hay algunas que depende. Depende a qué y para qué sirvan. La de Noelia Castillo, joven que solicitó la eutanasia tras quedar parapléjica tras una traumática vida que a sus 25 años incluía una violación múltiple, el paso por centros de menores y un padre al que ella situaba en el origen de su sufrimiento y que se negó en los tribunales a dejarle morir como quería. Representado, además, por Abogados Cristianos. Sobre esa vida opinó mucha gente, que pretendía evitar que la opinión de quien de verdad podía hacerlo, ella misma, no opinará.
Y entre quienes lo hicieron están los mismos que culpan a otros menores, estos en centros de acogida, de ser los causantes de todos los males. Incluso también de la violación de Noelia. Ahí no importa que sean menores, ni que su voluntad pueda venir condicionada por las causas dolorosas que han atravesado. También la propia embajada de Estados Unidos que se lanzó a avalar una investigación contra España por este caso, mientras su presidente decía que la ingente suma de dinero que se estaban gastando en matar, impedía que su país se gastara dinero en guarderías o sanidad. Un estudio que tiene más de una década ya cifró en 45.000 las personas que mueren en ese país por no tener un seguro privado de salud, hoy deben ser más. U otro afirma que el 25% de su población pospone acudir al médico, aunque lo necesite, por no poder abonar la factura.
Hay vidas y muertes que se esconden -no entre todas las demás, sino bajo de todas ellas-, hay otras que solo importan si sirven a una batalla ideológica que no trata sobre salvar a personas -que nunca les importan en vida- y otras que pueden paralizar el mundo.
No oponerse al poderoso es un síntoma de cobardía, ¿pero no lo es más querer desprenderse de los más débiles?
La humanidad no se mide en cómo tratamos al más privilegiado, incluso en la mayor dificultad. Sino en cómo nos comportamos con el menos. Y esos, los menos, los nadie, no paralizan ni un minuto un Pleno.
Por cierto, el de antes de Semana Santa.