En un contexto en el que determinados discursos contemporáneos, enmarcados en el pensamiento ‘woke’, enfatizan la identidad y la reparación histórica de colectivos que se consideran oprimidos, resulta pertinente acudir a la Historia para reflexionar sobre los riesgos de instrumentalizar la condición de víctima. En particular, conviene analizar qué ocurre cuando el liderazgo de estos grupos convierte el agravio en un argumento de legitimación del poder, sobre todo cuando el proceso de victimización es un intento político por repoblar de votos el páramo que dejó el proletariado al convertirse en clase media.
Este fenómeno no es nuevo. A lo largo del tiempo, distintas élites han canalizado el sufrimiento colectivo hacia proyectos políticos que, en ocasiones, han derivado en dinámicas excluyentes o autoritarias. La cuestión de fondo no es la legitimidad de las reivindicaciones —que en muchos casos es incuestionable—, sino el uso que se hace de ellas.
El caso de Israel, muy presente en la actualidad informativa, es ilustrativo. En primer lugar, conviene distinguir entre el Estado y el pueblo judío, cuya historia está marcada por persecuciones culminadas en el Holocausto. Sin embargo, sus élites han ido convirtiéndose, peligrosamente, en un triste reflejo de los verdugos que tanto hicieron sufrir a su pueblo.
La creación del Estado de Israel tras la Segunda Guerra Mundial respondió, en parte, al intento de ofrecer una solución política a la tragedia histórica sufrida por el pueblo judío. Se produjo en el marco del final del Mandato británico sobre Palestina y del plan de partición aprobado por la ONU. Por lo tanto, la creación del Estado israelí —o, lo que es lo mismo, la devolución de una parte de la Tierra Prometida— fue una concesión de la comunidad internacional al pueblo que había sido masacrado por el nazismo.
Lejos de solucionar problemas, aquella acción de desagravio generó un foco de conflicto en Oriente Próximo que sigue sangrando hoy. Israel no aceptó la partición de la zona y los países árabes se negaron a reconocer el nuevo Estado. La consecuencia fue una escalada de enfrentamientos entre los países musulmanes, apoyados por la URSS, e Israel y sus aliados occidentales, especialmente Estados Unidos. La zona acabó por convertirse en una reproducción a escala del tablero global de la Guerra Fría. Ni la caída del comunismo ni los acuerdos de Camp David enfriaron la tensión.
A lo largo del siglo XX, Israel aumentó su territorio a costa de Gaza y Cisjordania, al tiempo que crecía la radicalización de los países árabes. El conflicto ha dejado tras de sí decenas de miles de víctimas, prácticas abominables a ambos lados de la franja y profundas transformaciones en la economía mundial.
No hay que olvidar que, fruto del conflicto, se desató en la década de los 70 la crisis del petróleo, que tanto afectó a la economía española y, muy especialmente, a los sectores industriales valencianos. Los productores de petróleo comprendieron que la guerra no se ganaba en el áspero suelo del frente, sino en el refinado parqué de las bolsas. Es decir, aumentando el precio del crudo: el precio del barril se incrementó un 1.725 % entre 1973 y 1979.
Aquella crisis, que se llevó por delante el modelo keynesiano, recuerda mucho al momento actual. Los últimos ataques a Irán, por parte de Estados Unidos, son una prolongación de la guerra entre Israel y Hamás. Sería ominoso olvidar que el actual conflicto estalló por la brutal acción terrorista de los fanáticos palestinos. Pero la barbarie no se combate con más barbarie. Es increíble que, con todo lo que ha sufrido su pueblo, el Estado israelí no lo comprenda y siga aplicando el “ojo por ojo, diente por diente” del milenario Código de Hammurabi.
La Historia nos da lecciones sobre las consecuencias de instrumentalizar la condición de víctima: el sufrimiento legitima para atacar desde una condición de superioridad moral. Es lo que sucede cuando los líderes de las minorías se empoderan y aplican una ortodoxia moralista que deriva en intolerancia. Como señala David Rieff en su reciente obra Deseo y destino, estos movimientos se convierten en "un ejército de agraviados que creen que la nuestra es la época del ajuste de cuentas". Entonces la justicia se transforma en venganza y, por ello mismo, deja de ser justa.