La semana previa al primer partido de Liga de la temporada 94/95, el Valencia CF, en su presentación, visitaba el estadio Vicente Calderón. La expectación era máxima. Paco Roig nos había prometido el oro y el moro. Viajaríamos miles de aficionados a la capital de España.
Por aquel entonces, el teléfono fijo, el Kronen, los lugares de culto y la improvisación nos mantenían conectados. Al mismo tiempo, seguía recogiendo en el portal de casa las Páginas Amarillas, las Azules y las Salmón.
Telefónica se había cargado la entrega personalizada de antaño. Era muy común ver a los trabajadores discontinuos, con petos amarillos, recorriendo las calles con carritos y, detrás, una furgoneta escoba reponiendo los 'víveres de papel'.
En casa éramos siete, y mi viejo solía sentir pavor en el momento en que el cartero dejaba la correspondencia. En la factura de Telefónica siempre venía algún 'regalito'. Mantuvimos en línea casi cinco aparatos. Recuerdo el 'confesionario' de la casa de mis abuelos, en Pérez Bayer. Auténtico.
Si recibías una llamada comprometida recurrías a refugiarte en alguna estancia no habitable, para que nadie de la familia escuchara una conversación subida de tono o clasificada con dos rombos. Si duraba más del tiempo permitido, ya estaban golpeando la puerta: "“corta ya que luego verás papá". Se acababa una era y entrábamos en otra que no era ni buena ni mala, solamente diferente.
En aquel desplazamiento a Madrid, un líder de los viejos Yomus —no era un trampantojo— se comunicaba con un móvil de primera generación. Fue el primero que palpé.
Han pasado más treinta años, y el teléfono móvil forma parte de nuestra nueva identidad. Atrapados a este aparato, una adicción más al bolsillo, el gasto en uso de la telefonía se ha disparado entre las familias. Para colmo, la permanencia, e incluirlos en una categoría más de la moda, el exceso es doble para los que reiteradamente usan el crédito o tiran de chequera. Una cuota fija que nos ha impuesto el cabildo del capital.
Seguiremos cayendo en la trampa, nos 'vendieron' la idea de ser propietarios y de vivir en un mundo libre. Es lo contrario. El capitalismo digital lo tiene claro: menos propietarios y más proletarios, acercándonos cada día a las tesis extremas de la parte fundamentalista del viejo comunismo.
Quizá en la próxima década la nevera sea otro elemento que dejará de estar en propiedad, y paguemos un impuesto por utilizar las carreteras. No es descabellado. De Trainspotting solo queda la banda sonora.