Opinión

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Churras con Meninas

El museo del buen jamón

Publicado: 09/02/2026 ·06:00
Actualizado: 09/02/2026 · 06:00
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VALÈNCIA. Como muchos, yo también he aprovechado el mes de enero para hacer una escapada exprés a la nieve. No a esquiar, algo que impide mi sentido del ridículo y, sobre todo, mis escasas habilidades deportivas, sino a pasear por un pueblo de esos que llaman ‘con encanto’ y lucir ese gorro de lana que solo ve la luz maleta mediante.

Una vez hecha la primera inspección del terreno, el cuerpo pedía algo caliente, así que buscamos el bar más cercano. Se pide en barra. Mi acompañante, J., guarda la mesa y me encarga un café con leche de soja. Miro a mi alrededor -calendario sexy, servilletas con chistes- y puedo adivinar que no tendrán, pero por no alargar la cosa y ahorrarme el debate pregunto sin rechistar. 

La cara del camarero me puso en mi sitio; no con desdén, más bien desde la ternura. Le quiero contar que no ha sido cosa mía, que yo ya me lo imaginaba, que ha sido cosa de J., pero me limito a repreguntar cabizbajo: ¿Y desnatada? Normal o sin lactosa, me responde. Pues normal, claro. Dos cafés con leche sin apellidos y unas tostadas con jamón, ya que estamos. De diez el jamón, por cierto. Os recomendaría el sitio pero, si os soy sincero, no recuerdo cómo se llama y casi que mejor, no vaya a ser que se gentrifique.

Lo de la leche de soja nos da para divagar un rato sobre los lugares ‘de verdad’ -ya me entienden-, los no-lugares, el continente y el contenido. “La cuestión es que este bar daba lo que se esperaba de él. Ni más ni menos”, sentencio a la salida. Y ahí no cabe decepción. Quizá ese sitio no sea para ti, pero nadie puede decir que te han intentado dar gato por liebre. 

Y es que las expectativas las carga el diablo. También pasa en cultura. Uno espera que le sorprendan cuando visita una exposición o ve una obra de teatro, pero no que le desconcierten. Conocer las reglas del juego no es poco importante y me temo que en esa línea, la del desconcierto, bailan demasiados proyectos que andan sin hoja de ruta y se mueven al sol que más calienta. 

Leo con atención las informaciones sobre el futuro del Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat (MuVIM), que previsiblemente se reformulará para ser hogar de la colección de arte de la Diputació de València, y lo comento con J., visitante ocasional de los museos y ajeno a las intrigas palaciegas, y me pregunta sin perder ripio: “Allí hacían Fragments, ¿no?”.

“Sí, bueno…”. Me dispongo a ubicarle en tres frases rápidas pero me cuesta aclararle si en el MuVIM tienen leche de soja, entera o sin lactosa. “Hicieron aquella exposición, la de La modernidad republicana en València, ¿te acuerdas?”. Se acuerda, sí, tanto que me apunta que de eso hace ya diez años. Joder, cómo pasa el tiempo, J.

- ¿Y qué hay ahora? 

- Una exposición del Santo Cáliz.

- Ah.

Sé que la cuestión artística no es la única que está sobre la mesa cuando uno habla del futuro -o presente- del MuVIM, pero precisamente por eso hoy me permito ocuparme únicamente de ella. Y, sí, es claramente mejorable. El museo, “consagrado a preservar y dar a conocer las ideas y valores que han hecho posible el mundo moderno”, reza su carta de presentación, ha sido objeto de demasiados vaivenes e injerencias, algunas bien documentadas, un viaje del que, me temo, no ha terminado sobreponiéndose.

Quizá por esto el visitante general describe el MuVIM con aquello que allí ha visto por última vez pero no logra explicar qué es en su conjunto, una identidad que se ha ido desvaneciendo con el tiempo a golpe de personalismos y falta de visión de conjunto. Unos por otros, la casa sin barrer. Esto no quiere decir que no haya presentado propuestas interesantes -alguna- en estos últimos años, pero también, me temo, algunas desconcertantes, aunque pasen de puntillas ante la falta, seamos honestos, de una masa crítica valenciana que trascienda los corrillos.

De la extraña deriva artística del museo deben dar cuenta sus gestores -los que están de paso y lo que no- y, en todo caso, poner sobre la mesa un proyecto que de verdad tome el pulso cultural en su campo de actuación, sin excusas. Y que lo expliquen, a poder ser. Porque difícilmente se puede defender hoy el proyecto artístico del museo. Cabe mejora, ambición y, sobre todo, orden. 

Que la Diputació de Valencia tiene una colección de arte más que notable es un hecho, como lo es que está infrautilizada. Sea como escaparate de la colección provincial o no, que el museo encuentre un sentido estable no puede ser más que una buena noticia para el circuito cultural de la ciudad. Porque, al final, la mejor y única defensa del MuVIM será su proyecto cultural. Si el jamón es bueno, no hay peros.

 

PD: Por si tenéis curiosidad, aquí va el chiste de mi servilleta:

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