Opinión

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TÚ DALE A UN MONO UN TECLADO

El problema de la vocación de los docentes

Publicado: 26/05/2026 · 06:00
Actualizado: 26/05/2026 · 06:00
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¿Saben por qué los analistas de datos, los auditores, los burócratas o los capataces ganan mucho más dinero que los maestros, los periodistas o los actores?

Porque no harían su trabajo si no ganasen mucho dinero. 

El ensayo Trabajos de mierda (Bullshit Jobs) de David Graeber explica que los trabajos más importantes suelen ser los que tienen peores condiciones laborales mientras que aquellos que apenas sirven para nada (burócratas, asistentes que solo dan prestigio, mandos intermedios que vigilan a gente que sabe más que ellos…) suelen estar bien pagados y considerados. ¿Por qué? Pues porque nadie aguantaría un trabajo inútil y vacío si no tuviese una buena recompensa a final de mes. Son trabajos que te agotan mentalmente sin recibir nada a cambio salvo billetes.

Algunos conceptos que nos pueden ayudar a entender esto son el "salario emocional" y el "capital simbólico" o reputación. Formas modernas de decir que, si nos gusta nuestro trabajo y nos aporta cierta felicidad, está bien pagarnos menos dinero. Una idea bastante calvinista, heredada de EEUU y el norte de Europa, que considera que solo el trabajo duro es trabajo. 

¿Voy a pagarte por disfrutar? ¿En serio? 

A más disfrute, menos sueldo, como bien saben los artistas o los periodistas, por ejemplo, cada vez más precarios por culpa del pago en salario emocional.

Hace veinte años que doy clase en la escuela pública y he visto muy pocos compañeros sin vocación. Los habrá mejores o peores, pero todos creían en lo que hacían. Y los pocos que he conocido sin ganas lo pasaban francamente mal en las aulas. Eran su pequeño infierno.

No me imagino a ese señor que se queja cuando un niño llora en un avión metido en un aula con 25 niños de ocho años. Ni a esa señora que ve un grupo de adolescentes y cambia de acera, dando Matemáticas a 30 pubertosos de 2ºESO.

Mucho menos, en clases sin aire acondicionado en verano ni calefacción en invierno.

Para dedicarte a la educación tienes que serlo por vocación. La pesadez y lentitud de los niños debe parecerte entrañable y sacarte una sonrisa. La rebeldía e intensidad de los adolescentes debe anclarte a la vida. 

Porque de otra forma, estás perdido. No podrás soportarlo.

El problema de que te guste tu trabajo es que vas tragando cada vez más pues hay recompensas intangibles que sirven de contrapeso. Pero de pronto, educadores, maestros y profesores hemos dicho basta. ¿Y eso por qué?, se pregunta mucha gente. Y la respuesta es sencilla: hemos dicho basta por la misma razón que explica que durante años vimos degradarse nuestros centros, las condiciones de trabajo y nuestro sueldo sin salir a las calles. 

Por nuestra vocación.

Porque el hecho de que nos sintamos realizados y felices educando y ayudando a niños y jóvenes, nos ha hecho aguantar situaciones indignas. Situaciones que en la empresa privada serían sancionadas pero que en la empresa pública se han normalizado: cristales rotos, grifos oxidados, centros sin accesibilidad ni ascensores, temperaturas extremas en invierno y en verano, falta de materiales para las optativas, ordenadores obsoletos que apenas arrancan, clases masificadas, falta de especialistas, burocratización excesiva...

Lo que pasa es que esa vocación que nos ha llevado a aguantar esta degradación ha superado ciertos límites y, como es lógico, se ha dado la vuelta. 

De tanto estirar el hilo, señores políticos, se rompió.

El salario emocional deja de servir si ya no eres capaz de atender correctamente a tus alumnos, que son por los que estás ahí cada mañana. Los estudiantes cuyos problemas y alegrías te llevas a casa más veces de las que deseas. Es parte de tu trabajo, sí, pero cuando la frustración supera a la sensación de trabajo bien hecho, hay un problema grave. 

El capital simbólico no sirve tampoco si hay un desprestigio del sector por parte de determinados políticos y medios afines cuya hoja de ruta pasa por ensuciar la imagen de aquellos que educan a las nuevas generaciones. Hace diez años trabajé en la Universidad de Valencia como profesor asociado cobrando 4,5 euros la hora. Años de estudio y másteres para acabar ganando la mitad que cualquier empleado sin cualificación. Esto solo tiene sentido si pensamos en lo cool que es para los españoles decir que trabajas en la Universidad. 

Es tan guay que te rebaja del sueldo un mínimo de 5 euros la hora. 

¿Pero qué prestigio tiene ser educador de infantil, maestro de primaria o profesor de instituto hoy en día? 

Gracias a determinados sectores políticos, cada vez tiene menos. Porque yo solo escucho a gente quejarse de nuestro horario laboral, como si en casa no tuviésemos que trabajar preparando clases y corrigiendo trabajos. ¿Se atreverían ustedes a salir cada día a la pizarra a dar clases de distintos temas y niveles sin tener nada preparado? 

Lo dudo.

En conclusión: hemos aguantado durante años por nuestros estudiantes y es por nuestros estudiantes que ahora salimos a la calle. Porque la vocación pide un mínimo de dignidad y este límite se ha rebasado. 

Por aquellos mismos que aguantamos, ahora hemos dicho basta.

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