Me confieso admirador del sistema electoral británico. Como Paco Camps, que escribió una tesis doctoral al respecto, dirigida por Vicente Garrido, que luego publicó como ensayo. Un sistema donde, a diferencia del español, el territorio se divide en circunscripciones electorales de un solo diputado, de manera que solo puede ganar uno, quien más votos tenga.
Esto facilita que los ciudadanos tengan claro quién es su representante en la Cámara de los Comunes y puedan exigirle que defienda sus intereses con más éxito que en España, donde se vota una lista confeccionada según el grado de lealtad al líder y al partido, a veces con cuneros y hasta paracaidistas que no saben ni dónde está la provincia a la que representan.
El sistema político británico tiene otra ventaja, y es que se puede cambiar de primer ministro sin necesidad de convocar elecciones. Esto da a los partidos una salida en caso de que su líder ya no dé más de sí, una segunda oportunidad de evitar perder el gobierno en las urnas o con una moción de censura, como le pasó a Rajoy.
Es como una moción de censura a uno mismo. El partido propone la sustitución del primer ministro, se hace una votación interna y, si sale adelante, el jefe de gobierno se presenta en el Palacio de Buckingham, presenta su dimisión y el rey nombra a quien ha sido elegido en su lugar.
Así ocurrió con Margaret Thatcher en 1990, después de once años de gobierno, cuando su popularidad cayó en picado por la poll tax y la política respecto a la UE. Le movió la silla un tal Heseltine y, aunque la Dama de Hierro ganó con holgura la votación interna del Partido Conservador, no logró los 15 puntos de diferencia que evitaban una segunda vuelta, por lo que renunció para apoyar, en la segunda votación, a John Major, que se convirtió en primer ministro.

- El ex primer ministro británico Boris Johnson.
- Foto: EP / CONTACTO / WIKTOR SZYMANOWICZ
El propio Major provocó, cinco años después, una especie de cuestión de confianza entre los suyos al dimitir como líder del partido y someterse a una votación interna que, de haber perdido, habría provocado un cambio de Gobierno. Ganó con mucha ventaja para, dos años después, sufrir una severa derrota en las urnas a manos del laborista Tony Blair.
Esta mecánica hace que el primer ministro británico no solo se enfrente a las críticas de la oposición sino que debe convencer cada día a sus compañeros de que continúa siendo el mejor líder. Como dicen que dijo Churchill, los adversarios están enfrente, y los enemigos, detrás.
Que el sistema sea más ágil no garantiza el éxito en la elección de los líderes, como se ha visto en la última década con la sucesión de premiers fallidos del Partido Conservador —Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak— que acabó con la pérdida del poder en las elecciones de julio 2024 a manos del laborista Keir Starmer, actual primer ministro al que en menos de dos años ya le están moviendo la silla los suyos.
Si tuviéramos las costumbres del Reino Unido, hace tiempo que Pedro Sánchez ya no sería presidente del Gobierno. En primer lugar, porque allí tienen un sentido de la vergüenza más desarrollado que el nuestro, con excepciones como la de Boris Johnson.
Y en segundo lugar, porque si uno se resiste a la española, como hizo Johnson, son los diputados de su propio partido los que provocan la caída del líder para poner a uno que al menos no les avergüence.

- Pedro Sánchez.
- Foto: A. PÉREZ MECA / EP
En España, lo más parecido a eso que hemos vivido es la dimisión de Adolfo Suárez en 1981, pero ni las intrigas palaciegas ni la elección de su sucesor dentro de UCD fueron transparentes.
Más reciente ha sido la dimisión de Mazón, forzada por la calle y no por los diputados de su grupo, que lo apoyaron hasta el último día. Su sustituto fue designado por el dedazo de Feijóo en lugar de por un proceso de votación interno en el PP que habría sido mucho más democrático.
Siendo el sistema parlamentario muy diferente al británico, la política española ganaría mucho adoptando esta sana y pragmática costumbre, para lo que no hay ningún impedimento constitucional, más allá de algunas formalidades como la preceptiva investidura parlamentaria.
Le vendría bien al actual partido de gobierno poder reaccionar a tiempo para cambiar a un líder amortizado que se ha convertido en una rémora y poner a otro con el que encarar las próximas elecciones. Pero eso no va a ocurrir. No por falta de mecanismos parlamentarios, sino porque los partidos se han convertido en estructuras jerárquicas donde se premia la lealtad al líder.
PS: si la solución que plantea Feijóo es pactar con Junts y con el PNV, mejor nos esperamos a las elecciones, que estos no son baratos y la factura la pagamos entre todos.