Hay dos maneras de gobernar una ciudad.
La primera consiste en gobernar desde el dogma. Desde la convicción de que los vecinos deben adaptarse a la ideología del gobernante y no al revés. Durante ocho años, la izquierda valenciana aplicó exactamente esa receta: gobernar a golpe de imposición, pintando proyectos sobre el papel y obligando a los vecinos a asumir una visión de la ciudad partidista y sectaria.
La segunda forma de gobernar parte de una idea mucho más sencilla: escuchar. Escuchar a quienes viven, trabajan y construyen su vida en Valencia. Escuchar a los técnicos y gobernar con rigor, tomando decisiones pensando en las consecuencias reales para todos los ciudadanos. Ese es el modelo que representa María José Catalá.
Porque gobernar no consiste en dibujar ciudades ideales e imposibles sobre un papel. Gobernar consiste en mejorar la ciudad real, pensando en quienes viven en ella y también en los que están por llegar.
Durante más de un siglo, una barrera de hierro ha partido en dos el sur de Valencia. Las vías ferroviarias han condicionado la movilidad, han frenado oportunidades y han impedido la conexión natural entre barrios. El soterramiento del Canal de Acceso pone fin a esa anomalía histórica y abre una oportunidad extraordinaria para transformar el sur de la ciudad.
Hablamos de uno de los proyectos de regeneración urbana más importantes de las próximas décadas. Una oportunidad única para coser barrios, generar nuevas oportunidades y construir una nueva centralidad para Valencia.
Esa es precisamente la filosofía que inspira el futuro Passeig García Lorca. Porque las ciudades modernas no tienen que elegir entre sostenibilidad y funcionalidad. Las ciudades bien gobernadas son capaces de ofrecer ambas cosas.
Por eso sorprende escuchar las críticas de quienes durante años confundieron urbanismo con activismo político. Los mismos que pretendían imponer dibujos vacíos alejados de la realidad son ahora quienes cuestionan un proyecto sólido, respaldado por más de 26 estudios técnicos independientes.

La presentación del proyecto ha tenido además otro efecto: desmontar la campaña de desinformación que la izquierda llevaba meses alimentando para sacar rédito electoral. Compromís ha intentado construir toda una campaña política sobre la falsa idea de que este Ayuntamiento iba a levantar una autopista en el corazón de la ciudad. Era falso entonces y es falso ahora.
Los datos son incontestables: el nuevo Passeig García Lorca actuará sobre más de 80.000 metros cuadrados. El 88 % del espacio estará destinado a zonas verdes, espacios peatonales y movilidad ciclista. Solo un 12 % se reservará para el transporte público y las conexiones vecinales.
Cuando la oposición basa su estrategia en el miedo y la manipulación, acaba chocando contra la realidad.
Y ese 12 % es precisamente lo que diferencia una ciudad pensada para vivir de un modelo basado en una fotografía irreal que no responde a las necesidades de los vecinos. Es la garantía de que una persona mayor podrá llegar en autobús a su centro de salud, de que una ambulancia tendrá acceso rápido en caso de emergencia y de que los barrios seguirán conectados.
Porque la movilidad y la seguridad también son calidad de vida. Y porque la sostenibilidad de verdad no consiste en trasladar los problemas de una calle a otra para presumir de cifras. Consiste en resolverlos.
Estamos hablando de uno de los mayores ejes verdes de nuestra ciudad. Los estudios técnicos avalan que este modelo reducirá emisiones contaminantes y mejorará la calidad del aire en los barrios colindantes. El tráfico disminuirá un 41 % en San Vicente, un 36 % en Carrera de Malilla y un 10 % en Ausiàs March.
Esa es la diferencia entre quienes gobiernan para generar titulares y quienes gobiernan para resolver problemas.
El Passeig García Lorca es mucho más que un proyecto urbanístico: es un proyecto de ciudad. En este entorno se desarrollarán más de 8.300 viviendas y vivirán cerca de 17.000 nuevos vecinos. Familias que necesitarán colegios, centros de salud, instalaciones deportivas, transporte público y servicios de proximidad.
Por eso el proyecto incorpora cerca de 260.000 metros cuadrados destinados a nuevos equipamientos públicos. Porque no estamos construyendo una maqueta para una exposición ni una infografía para una campaña electoral. Estamos planificando una ciudad viva, preparada para crecer sin perder calidad de vida.
Los valencianos ya tuvieron la oportunidad de comparar dos modelos. Uno basado en la imposición ideológica y los eternos anuncios. Otro basado en la gestión, el rigor y los resultados.
Y eligieron cambiar. Eligieron una Valencia que avanza, que planifica y que resuelve. Eligieron el rigor del gobierno de María José Catalá.
Cuando desaparezcan las vías, Valencia ganará un gran pulmón verde, una conexión histórica entre barrios y una nueva centralidad urbana con todos los servicios. Pero el verdadero éxito será otro: demostrar que es posible transformar una ciudad sin imponer, sin dogmas y sin ocurrencias.
Porque gobernar para todos siempre será más difícil que gobernar para una pancarta. Exige escuchar más y gritar menos. Exige gestionar en lugar de hacer propaganda. Pero es, sin duda, la mejor manera de construir la Valencia del futuro.