VALENCIA. Suele decirse que no hay que dejar pasar la oportunidad que ofrece una crisis para enmendar errores y trazar nuevos caminos. En el caso europeo, cualquiera que sea la escala considerada, comunitaria, estatal, regional y metropolitana, esa afirmación es más válida y necesaria que nunca. No hemos sido capaces de comprender en toda su dimensión la profundidad y la velocidad de los cambios iniciados hace ahora dos décadas. De comprender que hoy la situación es otra muy distinta a la de entonces, cualquiera de los planos que se considere: geopolítico, económico, demográfico, social y cultural. Que se ha producido un cambio de época.
Y que en este cambio Europa occidental ha de afrontar nuevos desafíos e imaginar nuevas políticas. Desafíos si cabe mayores para decenas de regiones europeas, entre las que se encuentra la Comunidad Valenciana, que integran las llamadas vieja y nueva periferia europea. Y la devastadora crisis nos ha dejado más desnudos y más a la intemperie. Ha evidenciado todas nuestras debilidades y nuestros déficit estructurales. A la crisis de la deuda y la crisis bancaria se suma la crisis de crecimiento, nuestra mayor debilidad específica a mi juicio.
Tenemos una enorme dificultad para crear empleo suficiente y decente, y las mayores dificultades e incertidumbres de futuro se presentan para el conjunto de regiones que integran la vieja periferia (Irlanda, Portugal, España, Italia y Grecia. Es el fundamento del Modelo Social Europeo, porque sin empleo no hay ingresos y por tanto no hay posibilidad de mantenerlo. Sin embargo, el proceso de globalización ha alterado por completo la división del trabajo y las repercusiones para el conjunto de la Unión, aunque hay algunas regiones y ciudades ganadoras, no son favorables.
Por cada región o ciudad europea ganadora hay muchas más perdedoras en las que las que son visibles los efectos negativos de la "carrera hacia el fondo", de la espiral descendente de pérdida de empleos en la industria, de dificultades para la agricultura, de evolución negativa de empleo estable, de reducción de salarios reales y de incremento del trabajo no declarado, temporal y precario. Y la Comunidad Valenciana, conviene no seguir engañándose y engañando a los demás, no figura entre el reducido número de regiones ganadoras.
Ante esta situación muchos ciudadanos manifiestamos un creciente sentimiento mezcla de incertidumbre, inseguridad, temor, impotencia e indignación a la vista de la velocidad de los cambios en curso, de la crisis de algunos sectores productivos, de la evolución de los mercados de trabajo, de las dificultades de incorporación de los jóvenes al mundo laboral, de las consecuencias de los recortes sociales, de la impotencia de sus respectivos parlamentos para resolver sus problemas, de los escenarios demográficos previstos a medio plazo y sus implicaciones en el mapa de pensiones o de la presencia de nuevos inmigrantes.
Sentimientos de malestar y temor que en ocasiones cristalizan en forma de explosiones sociales, en aumento de la desafección política, en actitudes que expresan rechazo al otro o en expresiones políticas de corte populista, sean estas de derechas o de izquierdas. Pese a todo, los ciudadanos siguen mirando hacia la política y hacia los parlamentos y en la medida en la que no sean capaces de dar respuesta avanzará el euroescepticismo, incluso en los países del Sur de Europa, y emergerán, con mayor o menor intensidad, expresiones de desafección o de decepción que cada vez preocupan, o debieran preocupar, más a la política. De mantenerse el actual estado de cosas, tal vez nuestro mayor problema en un futuro no lejano ya no sea de buena gobernanza sino de mera gobernabilidad.
Mi punto de vista es que muchos de estos problemas no tienen solución a escala regional y ni siquiera estatal, pero desde las regiones y los Estados también se puede y se debe hacer mucho más. A juicio de la mayor parte de expertos y de las experiencias de éxito en Europa, algunas de las áreas sobre las que se debe trabajar e introducir reformas son clara: a) políticas activas de creación de empleo; b) "equipar" a las personas, situando la educación y la formación en el centro de las políticas públicas; c) promover políticas públicas que incentiven la natalidad; d) recalibrar los sistemas de seguridad social para atender de forma adecuada tanto los viejos como los nuevos riesgos sociales; e) prolongar gradualmente la edad de jubilación; f) mejor Estado y un mercado más regulado, donde las palabras clave sean: eficiencia, eficacia, transparencia, control, evaluación, rendición de cuentas, derechos y deberes, responsabilidad y una inteligente relación público-privado; g) atender el fenómeno de la multiculturalidad; h) no desatender las cuestiones relacionadas con la seguridad de las personas y el orden público, y revisar los modelos energéticos, modelo de ciudad y modelos de cohesión territorial.
Pero la cuestión fundamental es si ese amplio programa de reformas es el que se está desarrollando y en caso de que así fuera si sería suficiente. No lo parece. Son muchas las preguntas a las que hay que dar respuesta ¿Se puede competir desde una región agraria o una región industrial europea con una región de un país emergente? ¿cómo se puede competir desden una región con derechos sociales y ambientales del siglo XXI con otra en la que todavía se trabaja en condiciones sociales equiparables a la Europa industrial de Dickens de finales del siglo XIX aunque con tecnologías del siglo XXI? ¿Es suficiente para mejorar la competitividad con las reformas de los mercados de trabajo tradicionalmente esgrimidas? ¿Puede mejorar la competitividad de una región industrial del Sur de Europa, como la valenciana, por la vía de la reducción de salarios, de precariedad laboral y de temporalidad?¿Las evidencias empíricas lo corroboran? ¿Dónde ocupar en condiciones decentes a trabajadores procedentes de sectores industriales en los que sólo algunas empresas innovadoras sobreviven? ¿Cuál es el destino laboral y vital de los jóvenes bien formados pero mal retribuidos y de más del 30% de jóvenes que han abandonado prematuramente el sistema educativo? ¿Hasta dónde llegar en la "carrera hasta el fondo"? ¿Cuántos recortes sociales son capaces de soportar los ciudadanos en Europa?
Lamentablemente, para casi todas estas cuestiones sigue habiendo más preguntas que respuestas. También en la Comunidad Valenciana ¿Qué estrategias de desarrollo regional hay que impulsar? ¿Cuáles son las opciones reales para las personas, las empresas y las regiones y ciudades que se enfrentan a esta nueva situación? ¿Qué políticas presentan mejores resultados para crear empleo y atraer actividad económica? ¿Cuáles han fracasado? ¿Hay evaluaciones al respecto? ¿Ha fracasado en su objetivo la Política Regional Europea de los últimos veinte años como se deduce del informe Barca? ¿Qué margen queda para la esfera pública en muchos países entre la política monetaria del BCE, las preferencias de los mercados financieros y las imposiciones del FMI y los países centrales de la Unión? ¿Es la escala regional y metropolitana la más adecuada para impulsar políticas eficaces? ¿Políticas imitadoras de 'sendas lentas' o de 'sendas rápidas'? ¿Qué debemos entender por territorios inteligentes o crecimiento inteligente? ¿Cómo mejorar nuestro evidente déficit de gobernanza multinivel? ¿No es posible superar la cultura de la polarización y la deslealtad institucional, dos de nuestros mayores problemas?
El papel del Estado (la Administración General del Estado, las Comunidades Autónomas y los gobiernos locales son el Estado) en esta nueva etapa es esencial para impulsar estrategias de desarrollo local y regional. Pero la pregunta fundamental que aguarda respuesta es ¿los actores políticos, en los distintos niveles del Estado, son plenamente conscientes de la dramática situación que atravesamos y de sus riesgos? Uno observa actitudes y discursos y tiene la sensación de que el grado de autismo político ha llegado a un punto de no retorno. Que la distancia existente entre los problemas reales y los discursos no guardan relación. Que en las campañas electorales la primera víctima es la verdad. Que no se nos trata como a personas adultas. Que no se abordan los graves problemas con decisión y claridad. Estaría bien que en estas fechas se impusiera un poco la cordura y el sentido de Estado. Que se nos dijera la verdad, aunque sean verdades incómodas.