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Tribuna libre

La cultura de lo inmediato

"Todo está diseñado para llegar rápido, para resolverse en segundos, para no esperar"

Publicado: 29/03/2026 · 06:00
Actualizado: 29/03/2026 · 06:00
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Son las 22.43. Has pedido comida hace exactamente doce minutos y ya estás mirando el móvil para comprobar por dónde va el repartidor. La aplicación dice "en camino". Cierras. La vuelves a abrir treinta segundos después. Nada ha cambiado. Pero algo dentro de ti sí: una ligera incomodidad, una impaciencia difícil de explicar. No tienes hambre urgente. No hay prisa real. Y, sin embargo, esperar se siente como una pequeña derrota.

Vivimos en la era de lo inmediato. Todo está diseñado para llegar rápido, para resolverse en segundos, para no esperar. Series completas disponibles con un clic, compras que aparecen en la puerta de casa al día siguiente, mensajes que viajan de un lado del mundo a otro en milésimas de segundo. Lo que antes implicaba tiempo, hoy exige velocidad. Y lo que antes erar normal -esperar- se ha convertido casi en un error del sistema.

Hace no tanto, ver una serie implicaba ajustarse a un horario. Sí te perdías un capítulo, había que esperar la reposición o resignarse. Comprar algo requería desplazarse, buscar, comparar. Tiempo. Incluso las conversaciones tenían pausas: uno llamaba, y no siempre encontraba al otro. Volver a llamar. La espera formaba parte de la experiencia.

 

Nos está moldeando nuestra forma de pensar: el silencio incomoda; la pausa inquieta"

 

Hoy, en cambio, la espera se ha vuelto sospechosa. Si una página web tarda más de unos segundos en cargar, la cerramos. Si un vídeo no capta nuestra atención en los primeros instantes, pasamos al siguiente. Si un pedido no llega “rápido”, sentimos que algo ha fallado, aunque llegue en menos de 24 horas como era sabido.

Esta transformación no es sólo tecnológica, es también mental. Nos estamos acostumbrando a la gratificación instantánea, a obtener lo que queremos en el momento en que lo queremos. Y nos está moldeando nuestra forma de pensar. El silencio incomoda. La pausa inquieta. El tiempo sin ocupar, sin hacer nada, es como “tiempo perdido”.

Antes, el aburrimiento era una parte de la vida cotidiana. Esperar el autobús, hacer cola, pasar una tarde sin planes. Hoy esos huecos se rellenan de inmediato: con el móvil, con redes sociales, o cualquier otro medio que evite ese vacío. Hemos eliminado casi por completo los espacios muertos… sin darnos cuenta de que en ellos también ocurrían cosas importantes. Pensar, observar, imaginar o simplemente estar.

La cultura de lo inmediato hace que esperemos respuestas rápidas casi instantáneas. Un mensaje sin contestar durante horas puede generar inquietud, interpretaciones, incluso malestar. La disponibilidad constante se ha convertido en una expectativa silenciosa.

Nunca ha sido tan fácil comunicarse y, sin embargo, nunca ha habido tanta presión por hacerlo bien y a tiempo. La inmediatez, que en principio debería facilitarnos la vida, a menudo la hace incómoda.

Vivir en modo inmediato puede crear ansiedad, impaciencia y sensación de que el tiempo nunca es suficiente. Paradójicamente, cuanto más rápido conseguimos las cosas, más rápido queremos las siguientes.

Y podría parecer que lo que se obtiene sin esfuerzo y sin espera suele perder valor con la misma rapidez con la que se consigue. Y el pequeño placer de esperar algo se diluye.

 

Ni rechazamos la tecnología ni alabamos el pasado"

 

Quizás por eso, en medio de esta velocidad constante, empiezan a surgir pequeños movimientos en dirección contraria. Personas que deciden desconectar, que buscan experiencias más lentas, que intentan recuperar el valor de la pausa. Leer sin interrupciones, pasear sin mirar el móvil, cocinar sin prisas. Actos sencillos que, en el contexto actual, parecen casi una forma de resistencia.

Ni rechazamos la tecnología ni alabamos el pasado. La primera ha traído avances indiscutibles mejorando muchísimos aspectos en todos los ámbitos de la vida cotidiana, pero hemos perdido la capacidad de esperar “sin ansias”. Y que no todo puede ser ¡¡¡YA!!!

Aprovechar las ventajas de lo inmediato sin convertirlo en necesidad constante. Recuperar espacios de pausa, aunque sean pequeños, y convertirlos en forma natural de ritmo de vida.

Porque, al final, el problema no es que la comida tarde unos minutos más en llegar, ni que un mensaje no tenga respuesta inmediata. El problema es lo que ocurre dentro de nosotros mientras esperamos.

Y quizás deberíamos preguntarnos: ¿En qué momento dejamos de saber esperar?

Tal vez la próxima vez que mires el móvil para comprobar si ha cambiado algo -cuando sabes que no lo ha hecho- puedas dejarlo al lado durante un minuto más.

No pasará nada. O mejor dicho: pasará algo poco habitual hoy en día. Nada. Y en ese nada, también hay vida.

 

Soledad Díaz

Hotelera

Miembro de la Mesa Turismo de España

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