Las casas hablan

Opinión

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Publicado: 21/08/2026 · 06:00
Actualizado: 21/08/2026 · 06:00
  • El chorro del Salt, en Alcoy, captado desde el trazado de la vía verde.
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Lo veía cada mañana de verano, corriendo por una vía de tren abandonada, de esas que recuerdan que hubo un tiempo en el que el interior tenía conexiones ferroviarias hacia la costa y hacia la meseta y, con ellas, oportunidades de prosperar. Era un hombre mayor, de corta estatura, pelo escaso y fino bigote. Usaba gafas. A primera hora ya le ganaba tiempo al día trabajando el pequeño huerto de su casa de campo. Desde el camino eran especialmente visibles las tomateras, aunque cultivaba otras especies de hortalizas que mi condición de urbanita me impedía identificar.

El señor, a quien saludaba todos los días, se afanaba cada mañana en el cuidado y riego de la parcela, que se elevaba un par de metros sobre el trazado de la vía. Su empeño rozaba la obcecación, lo que le hacía admirable y enternecedor. El encuentro con él era fugaz, pero lo suficientemente extenso como para percibir el orgullo que irradiaba al comprobar los avances de su trabajo. El gozo brotaba al ritmo de los tallos de la tomatera abrazándose a las cañas. Así era todas las mañanas de carreras veraniegas, esas en las que no importa correr ocho, veintisiete o trescientos catorce kilómetros.

Este verano, sin embargo, la parcelita amanecía abandonada cada mañana. Las cañas continuaban en pie, pero desaliñadas y rodeadas de malas hierbas. Pasaban los días y el señor no aparecía. El terreno parecía sumarse a las miles y miles de hectáreas que cada año se dejan de cultivar en España y en las que solo reparamos cuando los incendios nos lo recuerdan de forma irreparable. La sensación de pérdida era rotunda. Sentía como propia la ausencia de un extraño.

Hace un par de semanas, sin embargo, obstinado en bajar de los cuatro minutos por kilómetro, vi a un hombre dentro de un coche aparcado en un margen de la vía. Por un instante, me pareció que era el señor del huerto de la casa de campo. De repente, me asaltaron las dudas, resueltas apenas unos días después.

Una mañana me acercaba, corriendo, al tramo de la casa de campo cuando volví a ver el coche, lo que me puso en alerta. Unos metros más adelante, un hombre caminando por la vía, ayudado por un bastón, se paraba para hablar con una mujer. No pude resistirlo. Detuve la carrera y le pregunté, señalando el bancal que se elevaba sobre el camino, si era él. No fue necesario acabar la frase. Se limitó a afirmar con la cabeza al tiempo que crecía mi fe en la resurrección.

El señor me contó que, con el dolor de piernas que tenía, era imposible vivir en una casa de campo sembrada de escaleras. Y mucho más seguir cultivando el huerto. Por eso había decidido mudarse al pueblo. Me explicó que la casita estaba en venta y a mí, tan obnubilado por el reencuentro, me pareció incluso que con ella podía resolverse el problema de vivienda de todo el país. Cuando recuperé la claridad, me despedí y reemprendí la carrera, preguntándome si aquella sería la última vez que lo vería.

Desde entonces me he encontrado con el señor en un par de ocasiones. La última, estaba sentado sobre una piedra frente a la casa. La miraba fijamente. A mí me dio la impresión de que esperaba que la casa le dijese algo. Que le contase algún recuerdo de tantos años de vida y agricultura casera. No sé si la casa acabó respondiéndole. De lo que estoy seguro es de que me habló a mí. Me habló del paso del tiempo, del miedo a perder a quienes queremos, de la madurez y sus responsabilidades, de la complejidad de las relaciones, de que veranear en la casita de los suegros es económico pero revela el fracaso de toda una generación… Me dio, en definitiva, una lección de literatura universal mientras yo seguía corriendo por la vía.

Se preguntarán por qué les cuento esta historia. La respuesta es bastante sencilla: mi psicoanalista está de vacaciones. Y enfrentarse a la exigencia y al escrutinio de los lectores desde un artículo periodístico es, ya lo saben, lo más parecido a intentar comprenderse a uno mismo.

Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor


 

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