Opinión

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Las VPP son cosa del PSOE

Publicado: 24/02/2026 ·06:00
Actualizado: 24/02/2026 · 06:00
  • El alcalde de Alicante, Luis Barcala.
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En Alicante gobierna el PSOE. Al menos, eso es lo que denota la actitud de un PP que ya reseñé en otra ocasión. Al escuchar al president de la Generalitat, con su calculada equidistancia hacia todo lo que ocurre en la ciudad, queda la sensación de que quien gestiona el consistorio no es su propio partido. Resulta curioso: el foco afecta también a la Generalitat, pero el Palau ha puesto las luces cortas. Conduce como si el escándalo de las VPP le fuese ajeno, tomando un desvío y escapando por la tangente.

En el imaginario colectivo —o en el relato que intentan fabricar desde Valencia y Génova— a la administración actual no le puede salpicar un caso de esta magnitud. No encaja con el retrato de "caballero blanco" que se está dibujando de Juanfran Pérez Llorca. El caso ha estallado en el peor momento posible para un PP valenciano sumido en un pleno lifting de cara a las elecciones de 2027.

Luego entran en juego las rencillas personales; esa manía hacia todo lo que huela a su propia formación en la capital de la provincia. Apostaría a que, si el asunto de las viviendas hubiese afectado a un ayuntamiento de su estricta confianza, la actitud sería otra. Habría defendido abiertamente la gestión y la figura de Luis Barcala. Sin embargo, por su frialdad, parece que el interlocutor fuera de otra formación, como si no compartieran siglas. Es una cuestión de odios íntimos, no de pulcritud.

Es llamativo que, pese a que la gestión de las VPP implica a funcionarios de diversas administraciones —incluida la suya—, el president parezca encantado con que el tiro se haya desviado hacia un alcalde de sus filas. Un sacrificio consensuado que contrasta con los respaldos, implícitos e íntimos, brindados a Carlos Mazón ante el cerco indirecto de la Dana.

  • Barcala y Pérez Llorca, juntos en un acto. -

Son casos paradójicos. Mientras el PP sigue defendiendo la honorabilidad y la "diligencia paternal" de Mazón en aquellas horas decisivas del 29 de octubre, su entorno más cercano —desde escoltas hasta asesores, salvo los más leales— le ha dejado desnudo. Aunque el actual president ha marcado distancias con su predecesor de forma ejemplar, nadie se atreve siquiera a especular con el contenido de la agenda de Mazón.

En cambio, con Luis Barcala la sensación es de orfandad: parece que solo le quedan sus catorce concejales y su equipo de confianza. A diferencia del expresident, que se daba baños de masas en comidas de partido cuando sabía que cualquier cena podía ser la última, Barcala sabe que cualquier reunión de fraternidad con sus colegas se le atragantará sin un protector de estómago.

Ahora que Iván Redondo publica su manual, debería añadir un capítulo sobre las catastróficas desdichas de estos dos perfiles contradictorios: uno que contaba con el apoyo del aparato pero el repudio de los suyos, y otro que sólo halla consuelo en el calor de su equipo más íntimo. Hubo una época en la que los outsiders levantaban pasiones; hoy, sólo parecen levantar sospechas.

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