La próxima visita del Santo Padre León XIV a España va a llegar en un momento especialmente delicado. Nuestro país atraviesa una etapa de tensiones acumuladas plagadas de polarización política, incertidumbre económica, fracturas sociales y crecientes sensaciones de desorientación colectiva. En medio de este escenario, la figura del pontífice ya empieza a despertar algo que parecía dormido en buena parte de la ciudadanía: un anhelo compartido de esperanza.
Su presencia en España empieza a adquirir un significado simbólico más profundo como el de un intento de reconectar con valores que parecen haberse erosionado en el debate público y en la vida cotidiana. España, históricamente marcada por contrastes y resiliencias, se encuentra hoy ante una encrucijada moral y social que exige algo más que soluciones técnicas.
La crispación sigue siendo el ama de la casa. No es solo una percepción mediática, sino una experiencia palpable en conversaciones familiares, redes sociales y espacios laborales. La cohesión social anda bastante resentida y sus instituciones han perdido la credibilidad, la degradación del debate público y la desconexión con los que se consideran líderes del momento. Y es precisamente en este clima donde la figura de León XIV cobrará relevancia. Su mensaje, no lo duden, podría ir en torno a la reconciliación, dignidad humana o la cultura del encuentro en una sociedad cansada, fragmentada y, en muchos casos desencantada.
La esperanza que nos puede despertar no es posible sea ingenua ni superficial. Todo lo contrario, la necesidad de recuperar el sentido de comunidad, de reconocer al otro no como una amenaza, sino como un interlocutor válido puede ser un gran acierto. Pero también es posible que su mensaje encuentre eco en una sociedad que, pese a todo, conserva un fuerte sustrato de solidaridad. La respuesta ciudadana ante crisis recientes ha demostrado que, bajo la capa de polarización, existe una capacidad real de cooperación. La esperanza, en este sentido, no surge de la nada: se apoya en una base humana que sigue presente.
La visita de León XIV a España podría servir para poner sobre la mesa una cuestión fundamental sobre el tipo de sociedad que se desea construir, tanto en cuanto, no pienso que muchos diputados lleguen a esas alturas"
En medio de tantos desafíos y de tantas contrariedades, la familia, hoy por hoy, maltratada por los cuatro puntos cardinales, sigue emergiendo en España como un elemento clave, tema que, por cierto, unos y otros, hasta la fecha, nadie ha dado un euro por ella. La familia, lugar donde se aprende de veras qué es moral y qué es ética, se le quiere cambiar sus estructuras, roles y dinámicas internas. También, en la mayoría de los casos, es el primer lugar donde se amortiguan las crisis económicas y emocionales. Apoyar la familia implica, políticas públicas eficaces, pero también un cambio cultural que valore el cuidado, el tiempo compartido y la corresponsabilidad.
La visita de León XIV a España no resolverá por sí sola los problemas de nuestro país. Sería ingenuo pensarlo. Sin embargo, podría servir para poner sobre la mesa una cuestión fundamental sobre el tipo de sociedad que se desea construir, tanto en cuanto, no pienso que muchos diputados lleguen a esas alturas.
El futuro no está escrito. Dependerá, en gran medida, de la capacidad colectiva para escuchar, dialogar y cooperar. La esperanza que hoy se vislumbra, frágil pero real, puede convertirse en motor de cambio si encuentra terreno fértil en la sociedad.
No estaría mal que, en Cibeles o en Barcelona, surgiese la voz de Pedro que clamaba desde su primera exhortación apostólica "Dilixe te" cómo salir de las distintas formas de pobreza en las que nos encontramos. Sirvan de ejemplo: pobreza de la marginación social, pobrezas culturales, la del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad. Más aún, la pobreza de no haber calado lo suficiente en las trabas ante el niño no nacido.
Temas aparte, deseamos, ante todo, como lo suponemos, tendrá un mensaje muy claro y, como agustino, dejará todo muy claro. Esperemos que, en estos momentos de mayor tensión, siempre existe la posibilidad de recomenzar el camino. El Papa Juan Pablo II, en sus 15 días por España, armó la marimorena. De este, no esperamos menos. Su poco tiempo que lleva en la sede de Pedro nos está demostrando que aquí va a haber una buena corrida con orejas y rabo.